Oriana despierta en el cuerpo de la mujer que, en una historia que conoce demasiado bien, destruyó la vida de un poderoso duque. Ahora, atrapada en una nobleza en ruinas y con un padre al borde del colapso, decide no seguir el camino que ya estaba escrito para ella.
Sin buscar redención ni protagonismo, empieza de nuevo desde lo más simple: trabajar, crear, sobrevivir y pagar las deudas de una vida que ya no siente suya. Pero el destino no se queda quieto. El mismo duque al que una vez hirió comienza a mirarla con sospecha, luego con interés, como si algo en ella no encajara con el pasado que recuerda.
Sin embargo, cuanto más intenta escapar del rol que le fue asignado, más se acerca a un futuro que nadie en esa historia original llegó a ver venir.
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Capitulo 2
El sonido fue lo primero que escuchó.
Cristal rompiéndose.
Luego voces.
—¡Lady Priscilla, por favor tranquilícese!.
—¡No pienso volver a verlo, ¿cuántas veces debo repetirlo?!.
Oriana abrió los ojos de golpe y un dolor fuerte le atravesó la cabeza. El pecho le subía y bajaba rápido mientras intentaba entender dónde estaba. El techo encima de ella era enorme, decorado con molduras doradas y una lámpara demasiado elegante para cualquier lugar que hubiera visto antes.
Parpadeó varias veces.
No era su habitación.
Tampoco el hospital.
Se incorporó lentamente sobre la cama y sintió algo extraño apenas levantó la mano. Su piel se veía distinta. Más blanca, más fina. El cabello largo cayó sobre sus hombros como una cascada oscura y eso bastó para que el cuerpo entero se le congelara.
—No… —murmuró bajito.
La puerta se abrió de golpe y una mujer con uniforme de sirvienta entró apresurada.
—¡Lady Priscilla, gracias al cielo despertó! Pensé que realmente había perdido el conocimiento para siempre.
Oriana sintió el estómago hundirse apenas escuchó ese nombre.
Priscilla.
La sirvienta se acercó enseguida.
—¿Se siente mal?, llamaré al médico.
—Espera… —la voz salió ronca—. ¿Qué día es hoy?.
La mujer frunció el ceño.
—¿Qué día…?.
—Solo respóndeme.
—Es 14 de junio.
Oriana dejó de respirar un segundo.
14 de junio.
El día después de que Priscilla abandonaba al duque.
Recordaba perfectamente ese capítulo.
Recordaba las palabras crueles, la humillación pública, la forma en que toda la nobleza comenzó a despreciarla después de romper el compromiso con Ender Hall cuando él perdió la vista.
La cabeza le comenzó a doler peor.
Las escenas aparecieron una detrás de otra dentro de su mente; la novela, los personajes, Ender sentado solo en aquella habitación oscura mientras Priscilla le decía que no pensaba desperdiciar su juventud junto a un hombre ciego.
Oriana sintió náuseas.
—Dios mío… —susurró.
La sirvienta seguía observándola preocupada.
—Lady Priscilla, realmente llamaré al médico.
—No, no necesito uno.
—Pero usted se golpeó al desmayarse y desde ayer está actuando muy extraño.
Ayer.
Claro.
La ruptura acababa de ocurrir.
Oriana se llevó una mano a la frente intentando respirar despacio. Todo se sentía demasiado real; el peso de las sábanas, el perfume suave en la habitación, el dolor en el cuerpo.
No estaba soñando.
Murió.
Y ahora estaba dentro de la novela.
La sirvienta habló otra vez, esta vez más bajito.
—El barón preguntó por usted hace un momento.
Oriana levantó la cabeza.
El padre de Priscilla.
Dorian Van.
En la novela casi no aparecía demasiado porque pasaba la mayor parte del tiempo enfermo y ocupado intentando salvar a la familia de las deudas. La Priscilla original apenas le prestaba atención.
—¿Dónde está él?.
—En el despacho, aunque… —la mujer dudó un poco—. No se encuentra bien hoy.
Eso también lo recordaba.
Las deudas.
La caída de la familia.
Los acreedores.
Todo comenzaba justo después de la ruptura.
Oriana salió de la cama lentamente y casi perdió el equilibrio al ponerse de pie. La sirvienta corrió a sostenerla.
—Lady Priscilla, despacio.
—Estoy bien… creo.
Caminar con aquel cuerpo se sentía raro. Era como usar zapatos nuevos que todavía no terminaban de ajustarse. La habitación era enorme comparada con su antiguo apartamento, pero aun así había algo triste en ella. Los muebles eran elegantes aunque descuidados y las flores cerca de la ventana estaban secas.
La mansión entera parecía agotada.
Mientras caminaban por el pasillo, dos sirvientas comenzaron a susurrar apenas la vieron pasar.
—Escuché que el duque no dijo ni una palabra cuando ella rompió el compromiso.
—Yo escuché que destruyó una copa después de que se marchó.
—Shh, baja la voz.
Oriana sintió vergüenza ajena.
Sí, Priscilla había sido terrible.
Cuando llegaron al despacho, la sirvienta golpeó suavemente la puerta.
—Mi lord, lady Priscilla está aquí.
Hubo silencio unos segundos antes de escuchar una voz cansada.
—Hazla pasar.
Oriana entró despacio.
El hombre detrás del escritorio levantó la mirada de inmediato. Dorian Van era más joven de lo que ella imaginaba cuando leyó la novela, quizá porque la enfermedad lo hacía verse agotado. Tenía ojeras marcadas, el cabello largo y oscuro desordenado y varios documentos acumulados frente a él.
Pero aun así, apenas vio a su hija, sus ojos cambiaron enseguida.
—Priscilla, escuché que te desmayaste.
La preocupación en su voz fue tan sincera que Oriana se quedó quieta.
—Estoy bien.
—Eso claramente es mentira, tienes el rostro pálido.
Él intentó levantarse rápido de la silla y terminó tosiendo fuerte antes de apoyarse en el escritorio. Oriana reaccionó casi por impulso y caminó hacia él.
—No se levante tan rápido.
Dorian la miró sorprendido.
Ella también se sorprendió.
Porque aquel gesto salió natural.
El barón sonrió apenas.
—Ahora eres tú quien me regaña.
Oriana bajó la mirada incómoda.
No sabía cómo actuar frente a él. No era su padre, pero aun así… la forma en que la miraba dolía un poco.
Como si realmente quisiera a su hija.
Dorian suspiró cansado antes de volver a sentarse.
—Escuché rumores de la capital esta mañana.
Claro que los escuchó.
Toda la nobleza debía estar hablando del escándalo.
—Padre…
—No voy a preguntarte por qué terminaste el compromiso —dijo él con calma—. Si ya tomaste esa decisión, discutir no cambiará nada.
Oriana sintió un nudo en la garganta.
Porque no había enojo en su voz.
Solo cansancio.
—Debes saber algo, Priscilla —continuó él mientras acomodaba unos documentos—. La situación de la familia empeoró estos meses. Pensaba resolver parte de las deudas con ese matrimonio, pero encontraremos otra solución.
Ella observó los papeles sobre el escritorio. Sellos. Contratos. Números.
Deudas enormes.
Y de repente entendió algo importante.
La novela jamás explicó realmente cuánto luchó Dorian Van para proteger a su hija.
Todo siempre estaba contado desde el lado del duque.
Oriana recordó a su propia familia y bajó la mirada.
No quería volver a vivir sintiéndose inútil.
No quería pasar otra vida esperando que todo terminara.
Dorian la observó en silencio.
—¿Te arrepientes?.
Ella levantó la cabeza.
—¿De qué?.
—De haber roto el compromiso.
Oriana tardó unos segundos en responder.
—No… pero sí me arrepiento de muchas otras cosas.
El barón pareció confundido por la respuesta.
Y honestamente, ella también.
Porque hablaba como Oriana y como Priscilla al mismo tiempo.
Dorian dejó escapar una pequeña risa cansada.
—Últimamente hablas extraño.
—Tal vez me golpeé muy fuerte la cabeza.
—O tal vez al fin estás creciendo.
Ella sonrió apenas.
Después de salir del despacho, caminó sola por la mansión durante varios minutos. Los sirvientes seguían observándola raro, como si esperaran otro ataque de arrogancia en cualquier momento.
La Priscilla original tenía un carácter horrible.
Eso también lo recordaba.
Llegó hasta una cocina vieja al fondo del primer piso. Estaba prácticamente abandonada, llena de cajas, utensilios cubiertos de polvo y una ventana rota dejando entrar aire frío.
Pero apenas Oriana entró, algo dentro de ella se calmó un poco.
Cocinas. Harina. Azúcar.
Eso sí lo entendía.
Se acercó lentamente a una mesa de trabajo y pasó la mano por encima.
Polvo. Mucho polvo. Detrás escuchó una voz.
—Lady Priscilla… ¿qué hace aquí?.
Era un cocinero mayor observándola completamente confundido.
—Estoy pensando.
—Eso me preocupa un poco.
Ella terminó riéndose bajito.
—A mí también.
El hombre seguía mirándola raro.
—¿Necesita algo?.
Oriana observó los estantes vacíos unos segundos antes de hablar.
—¿Todavía queda harina en esta casa?.
—Un poco.
—¿Mantequilla?.
—Muy poca.
—¿Huevos?.
—Si las gallinas no huyeron de las deudas, sí.
Ella soltó una risa más sincera esta vez.
El cocinero abrió un poco los ojos.
Probablemente aquella mujer jamás se había reído así frente al personal.
Oriana respiró profundo.
—Quiero usar esta cocina.
—¿Perdón?.
—Y quiero vender postres.
Silencio.
El hombre pestañeó varias veces.
—Lady Priscilla… ¿usted sabe cocinar?
—Sí.
—¿De verdad?.
—Eso dolió un poco.
—Disculpe, pero hace dos meses incendió agua caliente.
—Fue una situación complicada.
El cocinero terminó riéndose pese a intentar contenerse.
Y esa pequeña reacción hizo que algo dentro de Oriana se sintiera más ligero.
Porque hacía muchísimo tiempo que no hablaba con alguien de forma tan normal.
El hombre cruzó los brazos.
—¿Y qué clase de postres piensa vender?.
Ella miró la cocina otra vez.
Luego sonrió despacio.
—Los que hagan que la gente quiera volver mañana.