Dos hombres, un amor inmenso y el sueño de ser papás. Él es un hombre trans, y juntos llevarán a su bebé en el corazón y en el vientre. No importa lo que digan los demás: esta familia se construye solo nosotros dos.
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Solo nosotros dos Capítulo 13: El primer paso, nuestro primer viaje
Pasaron los meses y llegó el día que tanto esperaban: Luca dio sus primeros pasos. No fue en el parque, ni ante toda la familia, sino en la sala de su casa, en una tarde cualquiera de lluvia. Mateo estaba arrodillado a unos pasos, extendiendo los brazos, y Lucas estaba detrás del pequeño, listo para sostenerlo si se caía.
—Vení, mi amor —le decía Mateo con voz suave—. Vení con papá.
Luca los miró a los dos, movió sus piececitos inseguros, soltó la mano del sofá y dio dos pasos cortitos, antes de caer sentado en los brazos de Mateo. Los tres soltaron la risa al mismo tiempo, y Lucas se arrodilló junto a ellos, abrazándolos con los ojos brillantes.
—Lo hiciste —dijo Lucas, besando la cabeza de su hijo—. Nuestro gran valiente.
Esa misma semana decidieron que era hora de hacer su primer viaje juntos, ir a la casa de la costa que tenían los abuelos de Lucas, unos kilómetros fuera de Montevideo. Sería la primera vez que saldrían de la ciudad los tres, y aunque empacaron todo lo que pudieron, sabían que sería distinto a cuando viajaban solo ellos dos.
El camino fue una mezcla de risas y paradas cortas: Luca se ponía nervioso si viajaba mucho tiempo seguido, así que se detuvieron varias veces para sacarlo del coche, darle agua y dejar que mirara los campos verdes que pasaban por la ventana. Mateo iba en el asiento de al lado, girándose todo el tiempo para hablarle, cantarle y hacerle muecas hasta que el niño soltaba sus risitas.
Al llegar, el aire olía a mar y a pino. Los abuelos los esperaban en la puerta, y corrieron a recibir a Luca como si fuera el mayor tesoro. Pero al día siguiente, cuando fueron a caminar por la playa, se encontraron con una situación que ya conocían. Un grupo de personas que estaban cerca se quedaron mirando, y una mujer dijo lo suficientemente alto para que ellos la escucharan:
—Pobrecito el niño, no sabe ni quiénes son sus padres de verdad.
Esta vez no se detuvieron, ni se pusieron tristes. Lucas tomó la mano de Mateo, y Mateo levantó a Luca en brazos para que viera el mar.
—No necesitamos explicarle nada a nadie —dijo Mateo con calma—. Él sabe quiénes somos: somos los que lo abrazamos cuando tiene frío, los que le cantamos cuando llora, los que lo amamos más que a nada. Eso es lo único verdadero.
Caminaron hasta la orilla, y Lucas agarró la manita de Luca para que tocara el agua fría. El niño se asustó al principio, pero luego sonrió y quiso volver a hacerlo. Pasaron toda la tarde ahí: construyeron castillos de arena que las olas se llevaban, buscaron conchas pequeñas y se sentaron a ver el sol caer detrás del agua.
Esa noche, cuando Luca se durmió en la cuna que habían puesto en el cuarto de huéspedes, salieron al porche a mirar las estrellas. El mar hacía un sonido suave y constante, como si les cantara una canción.
—¿Te imaginas cuando sea más grande? —preguntó Lucas—. Cuando corra por aquí solo, cuando se meta al agua sin miedo…
—Me lo imagino todo —respondió Mateo, recostándose en su hombro—. Y me imagino también que habrá más comentarios, más miradas, más preguntas. Pero mientras estemos juntos, nada nos va a detener. Lo criamos con la verdad, con el amor, y eso es más fuerte que todo lo demás.
Lucas lo abrazó más fuerte.
—Siempre seremos su hogar. No importa a dónde vayamos, no importa lo que pase: somos nosotros tres, y empezamos siempre por nosotros dos.