Todo Por Mi Infancia
Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.
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Capítulo 6: La decisión
No dormí en toda la noche.
Daba vueltas en el colchón mirando el techo con goteras. A mi lado Tomás de 13 roncaba bajito. Al frente Luna de 11 abrazaba su muñeca rota como si fuera lo único que tenía. Los dos con 11 y 13 años, dependiendo de mí desde que tenía 15.
Gael me había dicho "Los tres. Tú, Tomás y Luna. Conmigo".
Sonaba fácil. Casa grande, comida todos los días, pieza pa' cada uno. Tomás podría estudiar sin hambre. Luna no pasaría frío. Yo podría respirar un poco.
Pero también sonaba peligroso. La casa de Gael era de la mafia. Habían tipos raros entrando y saliendo. Armas en cajones. Llamados a las 3 de la mañana. Si me iba con mis hermanos, los metía en eso.
A las 6 de la mañana tomé una decisión.
Fui a la tienda temprano. Gael ya estaba afuera, apoyado en la pared, fumando. Cuando me vio, apagó el cigarro altiro. No dijo nada. Esperó.
"Voy a aceptar", le dije. La voz me temblaba. "Pero con condiciones".
Él arqueó una ceja. "¿Condiciones?"
"Uno: Tomás de 13 y Luna de 11 no se meten en tus problemas. Nada de mafia, nada de balas. Ellos van al colegio, punto. Dos: Yo trabajo. No quiero ser mantenido. Puedo ordenar, limpiar, lo que sea. Tres: Si un día esto sale mal, los sacai de ahí. A los tres".
Gael me miró largo. Después asintió una vez. "Acepto las tres. Tomás y Luna van a estar seguros. Te lo juro, Isaac".
Se me hizo un nudo en la garganta. "¿Cuándo?"
"Hoy".
A las 3 de la tarde volví a la casa con una caja de cartón. Tomás me miró raro. "¿A dónde vamos, Isaac?"
Me agaché a su altura. Tomás tiene 13, pero todavía es mi hermano chico. "Nos vamos a otra casa, Tomi. Una más grande. Con comida caliente todos los días. Y pieza pa' ti".
Luna de 11 soltó la muñeca. "¿Y mamá?"
Me dolió. "Mamá no va a volver, Luna. Pero vamos a estar bien. Los tres. Yo, tú y Tomás".
Luna me tomó la mano. Tomás agarró su mochila. No preguntaron más. Confían en mí.
Cuando llegamos a la casa de Gael, era el doble de grande que la nuestra. Paredes sin humedad. Luz que no se cortaba. Olía a madera limpia.
Gael nos abrió. Nos miró a los tres. "Bienvenidos".
Nos mostró las piezas. Una pa' Tomás, con una cama nueva. Otra pa' Luna, con cortinas celestes. Y una pa' mí, al lado de la de ellos.
Luna corrió a tirarse a la cama. Tomás se quedó parado, tocando el colchón como si no creyera que era real.
Esa noche cenamos los cuatro en una mesa grande. Sopa caliente, pan, jugo. Luna se repitió dos veces. Tomás sonrió por primera vez en semanas.
Cuando todos durmieron, Gael me encontró en la cocina. "¿Te arrepientes?"
Negué con la cabeza. Miré la puerta de la pieza de Tomás y Luna. "Por ellos, no".
Gael no dijo nada. Solo se quedó a mi lado, en silencio. Y por primera vez en 2 años, a los 17, no me sentí solo cargando con todo.
A los 17 decidí arriesgarlo todo por mis hermanos.
Tomás de 13 y Luna de 11 ahora tenían una casa.
Y yo... yo tenía a Gael.