Miranda Moreno tiene un objetivo del que no piensa desviarse: casarse con el hombre más poderoso del país. Lo que comienza como un plan cuidadosamente calculado podría convertirse en el mayor riesgo de su vida, porque el poder siempre tiene un precio... y el corazón no sigue estrategias.
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Capitulo 17 — Confesiones en familia
...
Antes de salir, se volvió una última vez.
—Fue un placer conocerlo...
Hizo una breve pausa.
—Y si pudiera repetir aquel beso... lo haría una y mil veces.
Los ojos de Cristóbal permanecían fijos en ella.
Miranda sonrió con tristeza.
—Para mí no fue un error...
Bajó la mirada.
—Solo una tonta que casi se enamo...
Se interrumpió de inmediato.
—Olvídelo.
Abrió la puerta y salió de la casa.
En cuanto cruzó el umbral, una discreta sonrisa de triunfo apareció en sus labios.
"Ya sembré la duda...", pensó.
"Ahora te tocará a ti luchar contra tus propios sentimientos."
......................
Dentro de la casa, Cristóbal permaneció inmóvil unos segundos.
Finalmente tomó el teléfono y marcó un número.
—Jorge.
—Sí, señor.
—Hay una señorita esperando afuera. Llévala a la dirección que ella te indique y asegúrate de que llegue bien.
—Enseguida, señor.
Cristóbal colgó la llamada.
Se acercó al ventanal y observó la silueta de Miranda bajo el porche.
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A la mañana siguiente, Cristóbal se levantó mucho más temprano de lo habitual.
Después de ducharse y vestirse, condujo directamente hasta la casa de Alejandro.
Al llegar, tocó el timbre.
Fue Isabel quien abrió la puerta.
—¡Cristóbal! Qué sorpresa.
Le dio un cariñoso abrazo antes de hacerlo pasar.
En el comedor, Alejandro desayunaba junto a Sofía y Mateo.
Los dos niños se levantaron enseguida al verlo.
—¡Tío Cristóbal! —exclamaron al unísono.
Él sonrió con afecto, saludándolos antes de sentarse con ellos.
Era raro verlo allí y más a esa hora.
Normalmente estaba camino a la empresa.
Después de unos minutos de conversación, Sofía y Mateo se despidieron para ir al colegio.
Cuando la puerta se cerró, los tres adultos quedaron solos en el comedor.
Isabel apoyó los codos sobre la mesa y sonrió con picardía.
—A ver, cuñado... ¿cómo se llama?
Cristóbal miró a Alejandro.
—Eres un chismoso.
Isabel abrió mucho los ojos.
—¡Así que tú sabes y no me has dicho nada!
Alejandro levantó ambas manos.
—Todavía no sabía si era prudente contarlo.
Luego miró fijamente a su hermano.
—Ahora sí. Habla.
Hizo una pausa.
—Y respétame, soy tu hermano mayor. ¿Qué sucedió para que estés aquí tan temprano?
Cristóbal suspiró profundamente.
Por primera vez en años, necesitaba un consejo.
Les contó el almuerzo que compartieron, el beso inesperado, la tormenta de la tarde, el ataque de pánico, cómo terminó llevándola a su casa para que se cambiara de ropa y, finalmente, la conversación que habían tenido.
Cuando terminó, el silencio invadió el comedor.
Isabel fue la primera en reaccionar.
Lo miró con incredulidad.
—Eres un idiota.
Cristóbal arqueó una ceja.
—Gracias por tu sinceridad.
—Te lo digo en serio.
Isabel negó con la cabeza.
—Esa muchacha debe estar muy ofendida después de todo lo que le dijiste.
—Solo intenté hacer lo correcto...
—¿Lo correcto?
Lo interrumpió.
—Le dices que tú también querías besarla y cinco segundos después le explicas por qué no puede pasar nada entre ustedes.
Cristóbal bajó la mirada.
—Pensé que era lo mejor.
—La edad es solo un número, Cristóbal.
Alejandro, que había permanecido en silencio, sonrió ligeramente.
—Acabas de espantar a mi futura cuñadita.
Cristóbal soltó una pequeña risa.
—Nicolás, sal de ese cuerpo.
Los tres rieron.
Isabel volvió a ponerse seria.
—Si de verdad te gusta esa chica, deja de buscar motivos para alejarla.
Cristóbal guardó silencio.
Ella continuó:
—Conquístala.
Cristóbal la observó con atención.
—¿No crees que es demasiado pronto?
Isabel sonrió con dulzura.
—¿Pronto para qué?
Tomó la mano de Alejandro.
—Si las cosas funcionan, tendrán toda una vida para conocerse. Pero si no haces nada, otro hombre podría llegar antes que tú.
Cristóbal apoyó la espalda en la silla y dejó escapar un largo suspiro.
Por primera vez, empezaba a preguntarse si realmente había cometido un error al intentar alejar a Miranda.
Y esa idea le inquietaba mucho más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
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Mientras tanto, Miranda hizo una parada antes de dirigirse a la empresa.
Entró en una pequeña lavandería del centro de la ciudad llevando cuidadosamente doblada la ropa que Cristóbal le había prestado.
La encargada la recibió con una sonrisa.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?
—Necesito que esta ropa quede impecable. Es muy importante para mí.
La mujer tomó las prendas y las observó.
—Podemos tenerlas listas para mañana.
Miranda negó con la cabeza.
—Las necesito hoy, por favor.
—Lo siento, señorita, tenemos mucho trabajo.
Miranda insistió con amabilidad durante varios minutos.
—Se lo agradecería muchísimo. Prometo pagar el recargo que sea necesario.
La encargada terminó cediendo.
—Está bien. Haré una excepción.
Miranda sonrió aliviada.
—Muchas gracias.
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Una hora después, las prendas estaban perfectamente limpias, planchadas y dobladas.
Miranda las guardó con cuidado en una bolsa y tomó un taxi rumbo al Grupo Bravo de Saravia.
Al llegar al edificio, se dirigió a la recepción.
—Buenos días.
La recepcionista levantó la vista.
—Buenos días, señorita Moreno.
—¿Podría avisarle a la señora Laura Herrera que deseo hablar con ella, por favor?
—Con mucho gusto.
La recepcionista tomó el teléfono interno para comunicarle a la asistente del presidente que Miranda la esperaba en recepción.
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Unos minutos después, el ascensor se abrió y Laura apareció en el vestíbulo.
Miranda la reconoció de inmediato por las fotografías que había visto en la página corporativa del Grupo Bravo de Saravia.
Laura, en cambio, no pudo evitar observarla con curiosidad.
"Así que ella es la señorita Miranda Moreno...", pensó.
Era una joven realmente hermosa, de porte elegante y una belleza natural que llamaba la atención sin esfuerzo.
Por primera vez comprendió por qué su jefe llevaba unos días tan distraído.
Se acercó con una sonrisa profesional.
—¿Señorita Miranda Moreno?
—Sí. Mucho gusto. Usted debe ser la señora Laura Herrera.
Ambas estrecharon sus manos.
—Es un placer conocerla.
—El gusto es mío.
Miranda levantó la bolsa que llevaba consigo.
—En realidad, quería pedirle un favor.
Laura la miró con atención.
—Claro, dígame.
—Aquí está la ropa que el señor Bravo de Saravia me prestó anoche.
Se la entregó con cuidado.
—¿Podría devolvérsela de mi parte?
Laura recibió la bolsa.
—Por supuesto.
Miranda sonrió con amabilidad.
—Y... si fuera tan amable, dele las gracias por todo lo que hizo por mí.
Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Ah, y si no es mucha molestia... preferiría que esto quedara entre nosotras. No quisiera que los demás empleados comiencen a hacer comentarios.
Laura comprendió de inmediato.
—Puede estar tranquila. No saldrá de mí.
—Muchas gracias.
Miranda inclinó ligeramente la cabeza en señal de agradecimiento.
Sin añadir nada más, caminó hacia los ascensores.
Las puertas se abrieron y entró con paso tranquilo.
El documento prenupcial de separación de bienes.
Nicolás no creé en ti
Valentina tampoco creé en ti y hará lo que sea por defender a su hermano de tus garras.
Cristóbal te la llevastes a tú casa y ella no va a desaprovechar esa oportunidad.