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Susurros Del Más Allá.

Susurros Del Más Allá.

Status: En proceso
Genre:Sirena / Terror / Pacto con el demonio / Maldición
Popularitas:582
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

En el pueblo costero de Mar Azul, una antigua maldición ha permanecido oculta durante siglos: cada luna llena, una sirena de belleza deslumbrante pero esencia demoníaca emerge de las aguas, trayendo consigo desgracia, locura y muerte. Nadie se atreve a hablar de ella, pero sus susurros llegan a los oídos de quienes tienen el destino marcado. Cuando Lyssa, una joven con la capacidad de escuchar voces del más allá, llega al pueblo para investigar la desaparición de su madre, se cruza con Christhian, un hombre atormentado por un pasado oscuro y un vínculo inevitable con la criatura marina. Entre ellos nace una atracción peligrosa, mezcla de amor y odio, pasión y recelo. Pero la sirena no está dispuesta a compartir lo que considera suyo: es posesiva, cruel y ha tejido una red de hechizos que atrapa a quienes se acercan a lo que ella reclama. Lo que empieza como una investigación se convierte en una lucha por la supervivencia y el alma. La maldición no es solo una leyenda.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: Luna llena.

El cielo sobre Mar Azul se había transformado en un manto de terciopelo oscuro, salpicado de pocas estrellas que parecían tener miedo de brillar con fuerza. Pero lo que dominaba todo el horizonte, lo que bañaba cada rincón del pueblo con una luz extraña, inquietante y rojiza, era la luna llena. No era la luz plateada y suave de otras noches; esta vez, el astro brillaba con un tono oscuro, casi sangriento, colgado en lo alto como un ojo inmenso que vigilaba todo lo que ocurría abajo.

Desde el atardecer, el aire había cambiado por completo. Ya no soplaba la brisa fresca habitual, sino una corriente densa, cargada de humedad, de sal y de un olor metálico, como a sangre vieja y algas podridas. El mar, que siempre rugía, ahora estaba extrañamente silencioso, con unas aguas negras y brillantes que parecían absorber toda la luz, moviéndose con una lentitud pesada, como la respiración lenta y profunda de una bestia que despierta después de un largo sueño.

Lyssa lo sintió en cuanto el sol se escondió tras el acantilado. La marca en su muñeca ardía con un fuego que no se apagaba, latiendo al mismo ritmo que su corazón, que golpeaba desbocado contra sus costillas. Los susurros, que antes eran murmullos lejanos o órdenes confusas, ahora se habían convertido en un canto único, potente y envolvente, que llenaba todo el espacio, que entraba por los oídos y se instalaba en la mente, nublando el juicio, invitando a obedecer.

«Luna llena… Noche de poder… Noche mía… Salgo de las profundidades… Todo es mío… Todo me obedece…»

Salió de la posada, porque sabía que no podía quedarse encerrada. Las paredes no eran barrera suficiente. En la calle, vio a los vecinos cerrando puertas y ventanas con desesperación, atrancándolas con maderas y clavos, como si fueran a soportar un huracán o un ataque de enemigos. Sus caras, iluminadas por la luz rojiza, eran máscaras de puro terror. Nadie hablaba, nadie se miraba. Solo se escondían, temblando, sabiendo lo que esa noche significaba.

—Es hoy —dijo una voz grave a su lado.

Lyssa se giró de golpe. Christhian estaba allí, parado en la sombra de un muro, envuelto en su capa oscura, que parecía fundirse con la noche. Se veía más pálido que nunca, con la mandíbula tensa y los ojos brillando con una mezcla de dolor y resignación. Su mano derecha apretaba con fuerza su propia muñeca, donde la misma marca que ella llevaba debía estar ardiendo con la misma intensidad.

—Hoy es la noche —repitió él, mirando hacia arriba, hacia esa luna roja que parecía observarlos con malicia—. La noche en que ella es libre. La noche en que su poder no tiene límites. Cuando la luna está llena y de ese color… Serena no se queda en el fondo del mar. Sube. Camina entre nosotros. Y todo lo que toca, todo lo que ve, cae bajo su voluntad absoluta.

Lyssa se acercó a él, sintiendo cómo la energía entre ambos vibraba con fuerza, tirando de ellos hacia unirse, pero también advirtiéndoles del peligro mortal que se acercaba.

—¿Qué va a hacer? —preguntó ella en un susurro—. ¿Por qué viene? ¿Qué busca?

Christhian bajó la mirada hacia ella, y Lyssa vio en sus ojos el reflejo de siglos de miedo y servidumbre.

—Busca lo que es suyo. Busca reforzar su dominio. Esta noche, la magia del mar se derrama sobre la tierra. Puede entrar en las casas, puede meterse en las mentes, puede obligar a cualquiera a hacer lo que ella quiera. El pueblo entero es su reino esta noche. Y nosotros… —se detuvo, tragando saliva con dificultad, y apretó más fuerte la mano de ella— nosotros somos lo principal. Sabe que tú eres la única que puede cambiar las cosas. Sabe que yo ya no soy el mismo desde que llegaste. Esta noche vendrá a por nosotros. Querrá asegurarse de que entendamos quién manda. Querrá separarnos, destruirnos o unirnos a ella para siempre, sin posibilidad de escape.

De repente, un sonido nuevo, distinto, hizo que el aire vibrara. No era el viento, ni el mar, ni los susurros. Era música. Una melodía dulce, triste y terriblemente hermosa, que parecía flotar sobre el agua y deslizarse por las calles, entrando en cada rincón, en cada oído. Era un canto. La voz de la sirena.

Al escucharla, Lyssa sintió que sus piernas se aflojaban. Una sensación de paz falsa, de felicidad engañosa, intentó apoderarse de su mente, borrar el miedo, borrar la preocupación, dejándole solo el deseo de ir hacia esa voz, de entregarle todo lo que tenía. Christhian la sujetó del brazo con fuerza, sacudiéndola bruscamente.

—¡No la escuches! —le gritó, con voz tensa y urgente—. ¡Lucha contra ello! Eso es lo primero que hace. Su canto nubla la razón, borra la voluntad. Si te dejas llevar, caminarás hasta el agua sin darte cuenta y nunca volverás.

Lyssa se aferró a él, clavando las uñas en su brazo, luchando contra esa dulce atracción que le pedía que corriera hacia el mar. Cerró los ojos y se concentró en el tacto de él, en su calor, en el dolor de su propia marca. Poco a poco, la niebla en su cabeza se despejó.

—Ahí viene —susurró Christhian, señalando con la mano temblorosa hacia el final de la calle, donde la arena oscura se encontraba con el agua.

Desde la oscuridad de las olas, bajo esa luna roja y terrible, emergió una figura. Primero fue el brillo de la piel pálida, luego la cabellera larga y negra que flotaba alrededor de ella como una nube viva, y finalmente, su cuerpo esbelto y hermoso, que se elevó sobre el agua como si no pesara, como si la propia espuma la sostuviera.

Era ella. Serena.

En la luz de la luna, su belleza era aún más deslumbrante y aterradora que en el reflejo. Sus rasgos eran perfectos, sus labios rojos curvados en una sonrisa de triunfo absoluto, y esos ojos… esos ojos enormes, brillantes, de luz venenosa, que lo veían todo. Ya no estaban ocultos bajo el agua. Ahora estaban fijos en ellos, en Lyssa y en Christhian, con una intensidad que hacía que el aire hirviera.

No caminaba; se deslizaba sobre la arena húmeda, dejando tras de sí un rastro de agua que brillaba como plata fundida. Su cola, larga y poderosa, cubierta de escamas oscuras y afiladas que captaban la luz rojiza, se movía con elegancia mortal detrás de ella, salpicando gotas que, al caer en la tierra, se convertían en humo negro.

A su paso, todo cambiaba. Las puertas de las casas que estaban cerradas empezaron a abrirse solas, chirriando, obligadas por su voluntad. La gente, escondida dentro, gritaba ahogadamente, pero sus voces no salían. Las sombras de las calles se alargaron, cobraron vida, convirtiéndose en formas etéreas, en manos oscuras que salían de las paredes y se extendían hacia ellos, obedientes a su dueña.

El poder de la sirena llenaba todo. Se sentía en la piel, en los huesos, en la mente. Era una presión inmensa, como si el aire se volviera pesado, casi sólido, aplastando todo lo que no fuera ella.

—Por fin —dijo Serena. Su voz no fue un grito, ni un susurro. Fue una resonancia profunda que llenó todo el pueblo, que hizo temblar los cristales y retumbar en el pecho de Lyssa—. La noche más hermosa de todas. La noche en que todo vuelve a su lugar.

Se detuvo a unos metros de ellos, recortada contra el mar negro y la luna roja. Su mirada pasó de Christhian a Lyssa, y esa sonrisa se ensanchó, llena de una malicia que conocía todos los secretos.

—Mi querido Christhian —dijo ella, con una ternura falsa y venenosa, extendiendo una mano pálida y adornada con conchas y huesos—. Mi tesoro. Mi compañero. Te he echado de menos estos días. Has estado muy ocupado… jugando con fuego. Y tú… —sus ojos se clavaron en Lyssa, y la temperatura bajó bruscamente, helando el aire— tú, niña de la sangre maldita. La que cree que puede cambiar lo que está escrito. La que se atreve a tocar lo que es mío.

Christhian dio un paso al frente, interponiéndose entre Lyssa y la criatura, con los puños apretados y el cuerpo rígido, temblando por el esfuerzo de resistir a su presencia.

—Aléjate de ella —dijo él, con voz que intentaba ser firme, aunque se quebraba por el miedo—. Ella no tiene nada que ver contigo. Deja el pueblo en paz. Esta noche te llevas lo que quieras, pero déjala irse.

Serena soltó una risa que hizo que las sombras a su alrededor se agitaran con violencia. Se echó hacia atrás, divertida, y luego volvió a mirarlos con una furia fría y aterradora.

—¿Pedir tú las condiciones? ¿Tú, que respiras solo porque yo te lo permito? —siseó ella, y el agua a sus pies se agitó furiosa—. Esta noche soy la dueña de todo, Christhian. El mar es mío, la tierra es mía, el aire es mío… y vosotros dos también sois míos. Pensaste que podías esconderte, pensaste que ella podría salvarte… ¡Qué dulce ingenuidad! Esta noche veréis de verdad lo que soy capaz de hacer. Esta noche entenderéis que no hay escapatoria, que no hay fuerza mayor que la mía.

Levantó ambas manos hacia la luna llena, y de sus dedos salieron rayos de luz rojiza que subieron al cielo y luego cayeron como redes sobre todo el pueblo. Al instante, se escucharon gritos ahogados en todas las casas, el sonido de muebles arrastrados, de puertas rompiéndose. El poder de la sirena se extendía, tocando a cada habitante, haciéndolos parte de su juego, de su dominio.

—¡Mírenme! —ordenó ella, y su voz retumbó como un trueno—. Esta noche no hay secretos. Esta noche no hay libertad. Vosotros dos, aquí parados, creyendo en vuestro pequeño vínculo, creyendo que el amor puede vencer… ¡Os demostraré que el amor es solo otra forma de cadena!

Sus ojos brillaron con una intensidad cegadora, y la marca en la muñeca de Lyssa estalló en dolor, como si le clavaran mil agujas al rojo vivo. Vio cómo Christhian se doblaba un poco, apretando su propia muñeca, con el rostro desencajado por el sufrimiento que ella les imponía con solo la voluntad.

—Esta noche empieza la verdadera prueba —anunció Serena, deslizándose un paso más hacia ellos, tan hermosa y tan monstruosa que Lyssa apenas podía mirarla—. La luna está llena, mi poder es infinito… y vosotros estáis solos contra mí. Veremos cuánto aguantáis. Veremos si ese lazo que os une es lo bastante fuerte para no romperse cuando yo empiece a separaros, a destruiros, a jugar con vuestros sentimientos hasta que solo quede lo que yo quiero que quede: sumisión, dolor… y amor solo por mí.

El viento aulló con fuerza, arrastrando su risa triunfal por todo el pueblo, mientras las aguas negras del mar subían, subían, amenazando con cubrirlo todo, bajo esa luna roja y maldita que presagiaba la noche más larga, más oscura y más peligrosa que jamás hubieran vivido.

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