Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 20. EL ECO DEL ACERO
La antigua fábrica de fundición de acero del sector cuatro se alzaba en la periferia como el esqueleto negro de un gigante industrial abandonado. La niebla de las tres y media de la mañana envolvía las naves de chapa oxidada, amortiguando los sonidos de la noche profunda.
Luke detuvo su vehículo a doscientos metros de la entrada principal, apagando los faros de inmediato para no alertar a los vigilantes. Se bajó protegiendo su brazo izquierdo, el cual colgaba inmóvil dentro del cabestrillo negro, llevando sobre los hombros, a modo de capa, un abrigo oscuro para protegerse del frío sin forzar la extremidad herida. Caminó sigilosamente hacia la parte trasera de un cobertizo de herramientas. Allí, ocultos entre las sombras de la estructura, lo esperaban el detective García y tres agentes camuflados de la policía judicial.
Antes de que pudiera acercarse a la línea de agentes, el Comisario Torres lo abordó desde la oscuridad, deteniéndolo con una mano firme en el pecho sano.
—Te advertí por teléfono que te quedaras en el ático, Luke —susurró Torres en un tono severo y autoritario—. Esto es un operativo policial oficial. Con ese brazo herido solo eres un blanco fácil ahí dentro. Quédate aquí atrás con la reserva.
—Ahorrémonos las reprimendas, Torres. Gerald y Karen son la familia de la mujer que amo. No me voy a quedar de brazos cruzados —respondió Luke, con su voz barítona vibrando con una frialdad cortante que demostraba que no daría un paso atrás.
El inspector de policía a cargo del asalto intervino, señalando un plano digital en una tableta portátil de baja luminosidad para no delatar su posición.
—La señal del teléfono de prepago interceptada por satélite está fija en la planta superior de la nave central, justo donde solían estar las oficinas de control técnico —explicó el oficial—. El perímetro exterior está cubierto por nuestros coches camuflados. Mis hombres han detectado a dos vigilantes armados en los accesos de la planta baja. Parecen mercenarios profesionales contratados con el dinero de las cajas fuertes. Gerald y Karen deben estar con ellos arriba. El asalto va a ser inmediato; no podemos arriesgarnos a que amanezca y cambien de paradero.
Luke asintió, apretando los dientes. La limitación física de su hombro herido le impedía empuñar un arma o participar en la primera línea de choque, pero su presencia infundía una presión psicológica brutal que obligaba a los oficiales a actuar con la máxima precisión matemática.
—Entramos en tres, dos, uno... —ordenó el inspector por el comunicador de oído.
El asalto fue un despliegue de fuerza limpia y coordinada. La puerta lateral de la nave fue derribada con un ariete hidráulico que resonó como un trueno en el silencio del polígono industrial.
¡Pfft! ¡Pfft!
Los sonidos ahogados de los silenciadores de la policía respondieron al fuego improvisado de uno de los vigilantes de la entrada. Uno de los matones cayó al suelo herido en la pierna, soltando su fusil de asalto, mientras el segundo se rindió de inmediato levantando las manos ante la oleada de agentes que invadieron el vestíbulo con linternas acopladas a sus chalecos antibalas.
—¡Despejado abajo! ¡Subiendo a las oficinas de control! —gritó el inspector por el radio.
Luke y García siguieron los pasos del equipo policial por las escaleras de caracol de metal oxidado que crujían a cada paso. El hedor a hierro viejo, humedad y pólvora quemada inundaba el aire. Al llegar a la puerta de la oficina principal, dos agentes la tiraron abajo de una patada limpia, entrando con las armas en alto. El último matón que custodiaba la entrada fue reducido contra el suelo antes de que pudiera apretar el gátillo.
Dentro del cubículo desolado, iluminado únicamente por un foco halógeno amarillento colgado del techo, la imagen hizo que a Luke se le encogiera el corazón.
Gerald y Karen estaban atados a las sillas de madera, tal como mostraban las terribles fotografías del chantaje en el restaurante. Sus rostros ancianos reflejaban un cansancio extremo y las lágrimas de terror habían surcado el polvo de sus mejillas, pero estaban vivos. Al ver aparecer los uniformes de la policía y el rostro conocido de Luke detrás de ellos, un sollozo de puro alivio escapó de las gargantas tapadas por la gruesa cinta americana.
—¡Están a salvo! —anunció García, corriendo con una navaja táctica para cortar con cuidado las bridas de plástico de las muñecas de los ancianos—. Tranquilos, don Gerald, doña Karen. Katerina está a salvo en el ático y nosotros os tenemos. Ya pasó la pesadilla.
Luke se acercó a paso rápido. Olvidándose por completo de las recomendaciones médicas, usó la fuerza de su mano derecha sana para ayudar a Karen a ponerse en pie, pero al sostener el peso de la anciana que tambaleaba por el entumecimiento, un tirón violento y punzante le recorrió el hombro izquierdo. Luke ahogó un gemido en la garganta al sentir cómo los puntos de sutura cedían bajo la presión, seguidos de inmediato por una intensa sensación de calor húmedo que comenzó a empapar rápidamente el vendaje y la camisa bajo su abrigo. No le importó. Apretó los dientes y abrazó a la madre de Katerina con una delicadeza extrema mientras la anciana temblaba contra su pecho sano.
—Gracias, muchacho... gracias por venir —susurró Gerald con la voz ronca por la falta de agua, acariciándose las muñecas marcadas—. Nos dijeron que si Katerina no firmaba hoy por la mañana en el juzgado... nos matarían aquí mismo y tirarían los cuerpos al río.
El inspector de policía regresó de inspeccionar las habitaciones contiguas de la planta alta, trayendo en la mano un ordenador portátil que profesaba seguir encendido sobre una mesa de camping y varios teléfonos de prepago destruidos sobre el suelo de cemento. Su rostro no era de triunfo; reflejaba una honda preocupación corporativa.
—Abogado, tenemos un problema grave —sentenció el inspector, llamando la atención de Luke mientras los paramédicos entraban a revisar a los ancianos—. Registramos toda la fundición. Detuvimos a los tres matones que cuidaban a los señores, pero Leo y Laya no están aquí. Jamás estuvieron en esta nave industrial.
Luke se tensó por completo, ignorando el dolor punzante de su hombro ensangrentado.
—¿Qué quieres decir con que no están aquí? Las fotos del chantaje se tomaron en este lugar exacto.
—Sí, pero las tomaron los mercenarios y se las enviaron a Laya por una red de mensería encriptada —explicó García, acercándose a analizar la pantalla del ordenador portátil que los villanos habían dejado atrás—. Mire esto, Luke. Hay un mensaje enviado hace exactamente veinticuatro minutos a la tableta de Laya con la confirmación de que los señores seguían atados y el perímetro estaba tranquilo. Laya y Leo están operando desde un punto ciego de la ciudad que no podemos rastrear por satélite. Usaron esta fábrica como un zulo-señuelo para mantenernos ocupados mientras ellos preparan la estocada final.
Luke clavó sus ojos oscuros en el monitor. En la pantalla del portátil abandonado había un archivo PDF abierto con los horarios detallados del Juzgado de Familia de esa misma mañana, incluyendo el número de sala, el nombre del magistrado y la hora exacta de la citación de Katerina: las 9:00 AM.
—No les importa que rescatemos a los padres, porque asumían que no lo lograríamos antes de que abriera el tribunal —dedujo Luke, con su mente analítica trabajando a mil por hora en medio de la madrugada—. El plan de Laya sigue siendo el mismo. Ellos no van a huir del país todavía. Van a presentarse en el juzgado a primera hora para emboscar a Katerina en el vestíbulo público, justo antes de entrar a la sala, usando la presión del vídeo sin pixelar o la supuesta amenaza de muerte de sus padres para obligarla a firmar la retirada frente al juez.
Luke miró el reloj digital de su muñeca derecha. Eran las cuatro y media de la mañana. Quedaban menos de cinco horas para que el tribunal de familia abriera sus puertas al público.
—Trasladen a Gerald y a Karen de inmediato a la misma clínica privada donde está ingresada Monique, bajo la máxima protección policial encubierta —ordenó Luke al inspector, con una voz que transmitía una autoridad implacable—. García, ven conmigo en el coche. Regresamos al ático a toda velocidad. Katerina va a despertarse pronto y tengo que ser yo quien le cuente toda la verdad antes de que nos pongamos los trajes ejecutivos. El lunes por la mañana ha llegado, y esta vez vamos a cazar a esos dos miserables en el propio templo de la ley.