Valeria Ríos lo dio todo por su matrimonio con Rodrigo Montero: su juventud, su paciencia y su dignidad. Durante años soportó las humillaciones de Carmen, su suegra, que la tachaba de estéril y de mala suerte. Resistió la indiferencia de un esposo que prefería las noches de trabajo al calor de su hogar. Tragó lágrimas mientras Valentina, la examante de Rodrigo, se paseaba por su vida dejando destrucción a cada paso.
Hasta que un día, Valeria descubre lo que su cuerpo ya sabía: tiene leucemia.
Enferma, sola y sin fuerzas para seguir fingiendo, Valeria toma la decisión más difícil de su vida: pedirle el divorcio a Rodrigo. Pero lo que comienza como un acto de rendición se transforma en el inicio de su verdadera historia.
Julián Navarro —brillante médico especialista, heredero de una familia acaudalada y desesperadamente torpe en cuestiones del corazón— lleva años enamorado en silencio de Valeria. Cuando ella se derrumba, él se convierte en su pilar: la acompaña a las quimioterapias, pelea con el sistema para conseguirle un donante de médula, y le demuestra con hechos que el amor no se proclama a gritos sino que se construye en los detalles.
Mientras tanto, Rodrigo descubre demasiado tarde el precio de dar por sentado a quien más lo amaba. La ruina económica, la traición de Valentina, los secretos familiares que explotan uno tras otro y la revelación de que Valeria estuvo muriendo frente a sus ojos sin que él lo notara le destrozan la arrogancia que alguna vez confundió con fortaleza.
A su alrededor, vidas paralelas se entrelazan con la suya: Martín y Sofía, un matrimonio congelado por el orgullo, encuentran la chispa gracias al ultimátum adorablemente absurdo de su hijo Mateo; Daniel, un hombre marcado por la culpa, lucha por recuperar la relación con Nicolás, el hijo que no supo criar; y Carmen enfrenta la devastadora verdad de que su crueldad destruyó lo único valioso que tenía su familia.
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Cap. 8
El auto avanzó despacio alejándose del barrio donde vivía Valentina. Afuera, el cielo de mediodía estaba cubierto de nubes. La masa gris colgaba baja, como si también quisiera aplastar el ánimo de Valeria, que desde hacía rato tenía el pecho apretado.
Iba sentada en silencio en el asiento trasero, con la cabeza apoyada contra el vidrio de la ventanilla. El cuerpo le pesaba más que nunca ese día.
No solo por la enfermedad que avanzaba, sino porque el corazón no dejaba de obligarla a aceptar lo que no quería ver.
Rodrigo. Su atención volcada en Valentina y Nicolás. La sonrisa cálida que ya no le pertenecía.
Cerró los ojos intentando calmarse, pero cuanto más lo intentaba, más se le cerraba el pecho. La respiración se le acortó y la garganta empezó a picarle.
Y entonces, unos segundos después:
Un acceso de tos la sacudió de golpe. Se cubrió la boca con ambas manos.
Bernardo miró de inmediato por el retrovisor.
—¿Señora Valeria?
La tos fue a peor. El cuerpo se le encorvó por la presión en el pecho, y la sensación cálida volvió a aparecer.
Sangre fresca le brotó de la nariz. Gota tras gota, cayendo sobre el dorso de su mano.
Bernardo entró en pánico.
—¡Dios mío, señora! —Frenó de inmediato y orilló el auto—. ¿Le está sangrando la nariz?
Valeria sacó un pañuelo del bolso y se cubrió la nariz lo más rápido que pudo.
—Estoy bien, Bernardo…
—¿Cómo va a estar bien? ¡Mire cuánta sangre! —La voz del chofer temblaba de preocupación.
El hombre bajó del asiento del conductor y abrió la puerta trasera con la cara descompuesta.
—¿Está mareada? ¿Le falta el aire? Vamos al hospital, señora.
Valeria negó con la cabeza al instante.
—No es necesario.
—Pero está pálida como un papel.
—Solo estoy agotada. —La respuesta le sonó débil hasta a ella misma.
Bernardo la miró sin terminar de creerle. No era la primera vez. Desde hacía semanas, había empezado a notar que Valeria se veía cada vez peor. A veces se quedaba callada en el auto con los ojos cerrados. A veces su palidez era la de alguien verdaderamente enfermo.
Y ahora, esta hemorragia…
No podía ser solo cansancio.
—Cuando el cuerpo avisa, hay que hacerle caso, señora —dijo Bernardo en voz baja—. Me preocupa que sea algo serio.
El corazón de Valeria se encogió.
¿Algo serio? Si Bernardo supiera…
Sonrió apenas mientras se limpiaba la nariz despacio.
—Está exagerando, Bernardo.
—No exagero, señora. —El chofer hablaba con una sinceridad que no admitía réplica—. ¿Y si le pasa algo peor?
Valeria desvió la mirada hacia la ventanilla. Los ojos le ardieron otra vez. A veces, la preocupación sencilla de un extraño se sentía más cálida que la de su propio marido.
—Mejor vamos directo al hospital, señora —insistió Bernardo—. Yo paso por su suegra a la terminal.
—No, Bernardo.
—Pero…
—Le dije que estoy bien —lo cortó Valeria sin querer. Su voz subió un poco de tono.
Bernardo se calló al instante.
Valeria soltó el aire despacio y agachó la cabeza.
—Perdón… —Estaba demasiado sensible últimamente. El cuerpo dolía, el corazón también.
—Solo estoy cansada —añadió en un hilo de voz—. Ya se me va a pasar.
Bernardo la observó un buen rato. La mujer sonreía, pero sus ojos estaban exhaustos. Y algo dentro de él le decía que Valeria les ocultaba algo.
—¿Segura que no quiere que la revisen? —preguntó una última vez, con mucho cuidado.
Valeria asintió apenas.
—Segura.
Aunque la realidad era que venía directamente del hospital. Que acababa de escuchar que le quedaban tal vez unos meses de vida.
Pero, por alguna razón, Valeria tenía más miedo de que otros supieran que estaba enferma que de enfrentar la enfermedad misma.
No quería compasión. No quería que la vieran como una carga. Sobre todo Rodrigo. Solo imaginar a su marido mirándola con lástima ya le producía un dolor en el pecho.
Bernardo suspiró hondo.
—Entonces vamos por su suegra primero, señora.
—Sí, Bernardo.
El chofer volvió a su asiento y arrancó despacio. Durante el resto del camino, no dejó de echar vistazos por el retrovisor. Vigilando a Valeria en silencio.
Y cuanto más la miraba, más evidente le resultaba que esa mujer no estaba nada bien.
Mientras tanto, Valeria solo contemplaba el paisaje por la ventanilla con la mirada perdida. El pañuelo en su mano seguía manchado de rojo. Le temblaban los dedos. Su cuerpo empezaba a rendirse de verdad.
Pero lo que más dolía era que la persona en quien más quería apoyarse estaba ocupada cuidando a alguien más.
Cerró los ojos. Una lágrima le resbaló sin ruido. Se la limpió antes de que Bernardo la viera.
Tengo que avisarle al señor, pensó Bernardo con el ceño fruncido.
* * *
La terminal de autobuses hervía de gente y ruido a esa hora.
Los cláxones se mezclaban con los gritos de los despachadores, llenando un aire caliente y sofocante. Valeria bajó del auto despacio, sujetando el bolso con fuerza. El cuerpo todavía le pesaba después de la hemorragia de hacía un rato.
Pero en cuanto sus ojos encontraron la figura de su suegra esperando junto a un poste con cara de pocos amigos, se obligó a sonreír con cortesía.
—Señora Carmen…
No alcanzó a acercarse cuando la voz de Carmen ya le cayó encima como un latigazo.
—¡¿Dónde te habías metido?! —ladró.
Valeria se quedó quieta.
—¡Por Dios, cuánto se tardaron! —Carmen descargó un golpe de bolso contra el aire—. ¡Llevo aquí plantada casi una hora como una idiota!
—Señora, disculpe, lo que pasó fue que…
—¿Lo hiciste a propósito para dejarme esperando, verdad? —la cortó con acritud.
Valeria bajó la mirada. En realidad no se habían retrasado tanto. Pero Carmen siempre era así con ella. El menor error se convertía en una catástrofe.
—Perdone —dijo Valeria en voz baja—. Pasé antes por la casa de Nicolás.
Al escuchar ese nombre, la expresión de Carmen cambió al instante.
—¿Nicolás? —El tono se le suavizó de golpe.
Valeria asintió.
—Tuvo un poco de fiebre.
—Ay, mi nieto precioso. —Carmen se preocupó de inmediato—. Valentina debe estar pasándola sola, pobrecita.
Valeria guardó silencio. El pecho se le apretó un poco más.
—Menos mal que Valentina es una mujer diligente —siguió Carmen sin darse cuenta de que cada palabra le clavaba una aguja a su nuera—. Recién casada y ya le dio un heredero a la familia.
Esa frase borró de un plumazo la sonrisa tenue que le quedaba a Valeria. Los puños se le cerraron sobre los muslos sin querer.
—Ahí está, por lo menos queda algo de Diego. —Carmen dejó escapar un suspiro largo—. Si no fuera por Nicolás… Tú tampoco has sido capaz de darme un nieto en todo este tiempo.
Valeria agachó la cabeza enseguida para que no le vieran la expresión.
Otra vez el tema de los hijos. Y después vendría la comparación con Valentina, como siempre.
Lo que Carmen no sabía era que Valeria quizá nunca tendría la oportunidad de ser madre. Y esa realidad dolía infinitamente más que todos los reproches de su suegra.
—Bueno, vámonos —dijo Carmen al fin, endosándole el bolso sin más—. Estoy cansada.
Valeria lo recibió sin chistar, aunque su propio cuerpo estaba al límite.
—Sí, señora.
Carmen ya caminaba hacia el auto sin voltear atrás. Mientras tanto, Valeria se quedó unos segundos de pie donde estaba. Respiró hondo, conteniendo las lágrimas que llevaban todo el día queriendo desbordarse.
Como siempre, eligió callarse. Eligió sonreír con educación. Y eligió seguir siendo la nuera perfecta, aunque por dentro se le rompiera el corazón pedazo a pedazo.