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Capítulo 24
Capítulo 24: Un mes bajo el mismo techo
—No.
Renata lo dijo tres veces en el camino de regreso a casa y una cuarta en la recámara principal, con el vestido de gala todavía puesto y los tacones tirados en la alfombra.
—No, Sebastián. En esta casa no.
—Ya está decidido. —Él se aflojaba la corbata frente al espejo, sin mirarla—. Lucas se muda mañana. La cláusula de reintegración le da treinta días de acceso supervisado a los archivos de Ferrer y alojamiento en una propiedad de los Alcántara mientras termina la auditoría. Eligió esta casa. Si me niego, puede congelar la transición y llevarse con ella media docena de proyectos. Lo quiero donde pueda verlo.
—¿Te oyes? —Renata dio un paso hacia él—. ¿Vas a meter en tu casa al hombre que acaba de reventarte una gala delante de medio país? ¿Al que te acusó de matar a su padre?
—Precisamente por eso. —Se volvió por fin—. No puedo sacarlo del acuerdo sin darle el pretexto legal que está buscando. Y si lo dejo elegir otra propiedad, queda libre con Grupo Ferrer en la mano para sabotear adquisiciones, licitaciones y proyectos que llevan años armándose. Un muchacho con ese rencor y esa fortuna es una bomba caminando. Aquí tendrá seguridad, horarios y acceso limitado; no podrá mover un dedo sin que yo lo sepa. No me gusta, pero es la manera menos peligrosa de cumplir la cláusula.
—¿Limpia? —Se rió sin ganas—. Lo metes a dormir bajo mi techo y le llamas limpio. —Se abrazó a sí misma—. ¿Y yo qué, Sebastián? ¿Voy a vivir con esa bomba cruzándome en el pasillo todas las mañanas?
—Tú no tienes que verlo. —Su voz se endureció—. Ni hablarle. Es asunto mío.
Ojalá fuera solo asunto tuyo, pensó ella, y se mordió la lengua.
Discutieron hasta que a ella le quedó claro que no había forma de torcerlo. Sebastián tenía esa terquedad de granito de los hombres acostumbrados a ganar. Entonces Renata cambió de estrategia: si no podía cerrarle la puerta, le pondría cerrojos por dentro.
—Un cuarto de la planta baja. —Levantó un dedo—. Nada más. El segundo piso queda prohibido para él, ¿me oyes? Aquí arriba no sube. Y un mes. Máximo un mes. Después se va, con gala o sin gala.
Sebastián la miró un largo rato. Algo en su cara dura se ablandó, y por un momento Renata vio no al magnate, sino al hombre con el que se había casado.
—Está bien —dijo, después de un silencio que a ella se le hizo eterno—. Un mes. Planta baja. Y si en algún momento te incomoda, te molesta, te dice una sola palabra fuera de lugar, me avisas y lo saco esa misma noche, contrato o no contrato. —Bajó la voz—. A ti no te toca nadie en esta casa. Eso te lo prometo.
Renata asintió, porque no podía hacer otra cosa. La ironía le supo a hierro en la boca: Sebastián se ofrecía a protegerla del único hombre del que no podía protegerla, porque el peligro no era lo que Lucas pudiera hacerle. Era lo que Lucas ya sabía.
—Un mes. Planta baja. —Se sentó al borde de la cama, de pronto cansado, y se pasó la mano por la cara—. Perdóname. Lo de años atrás, lo de Ferrer… lo hice yo, con mis manos, y ahora te toca a ti cargar con las consecuencias en tu propia recámara. —Bajó la voz—. Ha sido el error más grande de mi vida.
Renata no supo qué contestar. Porque el error más grande de su vida también tenía un rostro y un nombre, y a partir del día siguiente dormiría en el cuarto de abajo.
Esa noche, ya en la cama, con la puerta cerrada y la luz apagada, llamó a Ximena.
—Metí al lobo. —La voz de Ximena sonaba destrozada del otro lado—. Yo lo contraté, Jenny. Yo lo llevé al estudio, yo le di lápices y café. Si algo te pasa es mi cul...
—No es tu culpa. —Renata clavó los ojos en el techo—. Nadie sabía quién era. Ni yo. —Un silencio—. Ni yo, Xime.
—¿Qué vas a hacer?
—Aguantar. —Se apretó la sábana contra el pecho—. Un mes. Puedo con un mes.
—Jenny. —Ximena bajó la voz, como si alguien pudiera oírla desde el otro lado de la ciudad—. Si tiene algo tuyo… si guardó algo de aquello… tienes que saberlo antes que él. No lo dejes tomarte por sorpresa.
—Lo sé. —Renata cerró los ojos—. Créeme que lo sé.
Pero al colgar se quedó despierta haciendo cuentas en la oscuridad. Dos cosas urgentes, y las repasó como quien reza un rosario de miedo. Una: que Sebastián no se enterara nunca de lo que hubo entre ella y Lucas. Del hotel, de las noches, de todo. Dos: averiguar por qué había vuelto. Si la había buscado a ella con un fin frío y calculado desde el principio. Si tenía pruebas.
La palabra pruebas la mantuvo despierta hasta que el cielo empezó a aclarar.
A la mañana siguiente bajó al comedor y lo encontró ya instalado, como si la casa fuera suya de toda la vida.
Lucas tenía a doña Chole y a media servidumbre embelesadas. Contaba algo de Florencia, de un maestro que pintaba a las cinco de la mañana, reía, les alababa el café de olla. Cuando la vio aparecer en la escalera, se levantó de un salto con una sonrisa de sol de mediodía.
—Jenny, buenos días. —Le retiró una silla como si estuvieran en un restaurante—. Ven, desayuna conmigo. Para irnos conociendo bien.
—¿No vas a la oficina? —Renata no se movió del último escalón.
—El puesto que quiero todavía no se desocupa. —Le brillaron los ojos con una malicia que solo ella supo leer—. Así que, por ahora, estoy en huelga. No trabajo, no voy a Ferrer, no muevo nada. —Se encogió de hombros con todo el encanto del mundo—. Ventajas de vivir de arrimado en casa ajena.
Doña Chole rió por lo bajo, tapándose la boca con el delantal. Renata se obligó a bajar los últimos escalones y a sentarse, la espalda muy recta, las manos en el regazo.
—Oye. —Lucas apoyó la barbilla en la mano y la voz se le volvió de pronto más baja, solo para ella—. ¿Cómo te digo? ¿Jenny, o…?
—Jenny. —Lo cortó en seco. El otro apelativo, el que él usaba antes, en otro cuarto de otra ciudad, traía consigo demasiadas cosas que no podían decirse en esa mesa—. Me dices Jenny. Nada más.
—Jenny —repitió él, saboreando cada letra, como si aceptara un premio y no una orden—. Como en los viejos tiempos.
Renata sintió que se le secaba la boca. Los viejos tiempos. Lo dijo con toda la intención, con esa media sonrisa que solo ella entendía, y por un instante volvió a estar en otro cuarto, en otra vida, antes de que todo se enredara.
—A propósito. —Lucas untó mermelada en un pan con toda calma—. Ahí traigo la continuación de tu historieta. Los capítulos que la plataforma te anda pidiendo. Sería una lástima que se perdieran, ¿no crees? Con lo que le costó al público esperar el final. —Levantó los ojos, inocente—. Cuando quieras hablamos de eso. Con calma.
Era una amenaza envuelta en papel de regalo, y ella lo sabía. Apretó la servilleta sobre el regazo.
Se recostó en la silla y subió la voz para que la servidumbre lo oyera bien.
—Fíjense que en mi antiguo trabajo me quedó una historieta a medias. —Suspiró, teatral, con una mano en el pecho—. Y la persona que me importaba solo me veía como repuesto. Uno se enamora con todo, y lo tratan a uno de refacción, de rueda de auxilio. —Doña Chole chasqueó la lengua, compadecida hasta los huesos. Lucas le dedicó una sonrisa dulce—. ¿Sabe qué, doña Chole? A la señora la veo apagada, no desayunó ni bien. ¿Por qué no le sube un vaso de leche calientita? Le va a caer de maravilla.
—Ay, qué muchacho tan lindo. —La mujer ya se ponía de pie—. Ahorita mismo se la caliento, señora.
Renata abrió la boca para negarse. Pero doña Chole iba camino a la cocina con paso alegre, y Lucas se levantaba de la silla, tranquilo, estirándose, ofreciéndose con la más pura de sus caras:
—Yo se la subo.