NovelToon NovelToon
Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: En proceso
Popularitas:14
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Cap 24: Días de tregua

Hubo una semana, una sola, breve, improbable, en la que nada malo pasó.

Nadie me atacó en un estacionamiento. Nadie me llamó llorando para pedirme ayuda que no necesitaba. Nadie me mostró fotos de mi padre abrazando a otra familia. Nadie intentó destruir mi reputación en redes sociales.

Fue la semana más extraña de los últimos tres meses.

En el instituto, Montero y yo habíamos encontrado un equilibrio que ya no era solo profesional, sino algo más difícil de nombrar. Él llegaba a las siete. Yo llegaba a las ocho y encontraba una leche de avena de vainilla en mi escritorio. A las diez hacíamos la primera revisión de datos juntos. A la una, almorzábamos en la cafetería, separados por una mesa, pero en la misma hora, mirando los mismos cromatogramas impresos.

A las tres, discutíamos. Sobre protocolos, sobre metodología, sobre si el margen de error del espectrómetro era del 0,03 o del 0,04 por ciento. Discusiones técnicas que sonaban como peleas matrimoniales para cualquiera que nos escuchara desde el pasillo.

—El 0,04 está dentro del rango aceptable —dije el miércoles, con la paciencia de alguien que explica una obviedad.

—El rango aceptable no es el rango óptimo. Si te conformas con lo aceptable, trabaja en otro instituto.

—Si me conformara con lo aceptable, no estaría discutiendo contigo a las tres de la tarde por una centésima de porcentaje.

Silencio. La comisura de sus labios tembló.

—Usa el 0,03.

—Ya lo estaba usando.

Julia, que pasaba por el pasillo con una bandeja de muestras, murmuró algo que sonó sospechosamente a «cásense de una vez» y siguió caminando.

Los pequeños detalles se fueron acumulando como datos en una hoja de cálculo, individualmente insignificantes, pero juntos formaban una tendencia imposible de ignorar.

Montero recordaba que no me gustaba el cilantro. Lo descubrí cuando pidió comida para los dos durante una sesión nocturna y mi plato venía sin cilantro mientras el suyo lo tenía.

—¿Cómo sabías que no me gusta el cilantro?

—Lo mencionaste hace tres semanas cuando Julia trajo esa ensalada.

—Lo mencioné de pasada. Una vez. Hace tres semanas.

—Tengo buena memoria.

Tenía buena memoria para las cosas que le importaban. Y yo, aparentemente, le importaba.

Yo sabía que él tomaba su pastilla para el estómago a las dos en punto, ácido clorhídrico en exceso, el precio de vivir a base de café y tensión. Cuando se le olvidaba, yo le dejaba la pastilla junto al teclado sin decir nada. Él la tomaba sin decir nada. Era nuestro acuerdo silencioso: cuidarnos sin admitir que nos cuidábamos.

Un día lo encontré dormido en su oficina a las siete de la noche. Estaba reclinado en la silla, con los lentes en la mano y la boca ligeramente abierta, la postura de alguien que cerró los ojos «un segundo» hace cuarenta minutos. Me quedé en la puerta mirándolo más tiempo del necesario. Sin los lentes, sin la tensión en la mandíbula, sin esa armadura de formalidad que llevaba como segunda piel, Damián Montero parecía exactamente lo que era: un hombre agotado que había pasado diez años trabajando dieciocho horas diarias sin que nadie le dijera que parara.

Le dejé mi saco sobre los hombros. No tenía una manta, era un laboratorio, no un hotel. Salí sin hacer ruido.

Al día siguiente, encontré mi saco doblado en mi silla. Encima, una nota con su letra angular: «Gracias. No vuelvas a dejar tu saco, la temperatura de este edificio no justifica que pases frío».

Guardé la nota en mi bolsa. No por la instrucción. Por la caligrafía, precisa, elegante, ligeramente inclinada a la derecha. La letra de alguien que escribe «no pases frío» cuando quiere decir algo que no puede escribir.

El jueves, Montero recibió una llamada del Comité Nacional de Investigación Farmacéutica. Nuestra solicitud de ensayos clínicos había sido aceptada para revisión prioritaria, el primer paso hacia la aprobación formal. Lo anunció al equipo con la misma emoción con la que leería una lista de compras del supermercado.

—La revisión prioritaria no significa aprobación. Significa que tienen más ganas de rechazarnos rápido que de ignorarnos despacio.

Pero Julia aplaudió. El resto del equipo aplaudió. Y cuando Montero pasó junto a mi escritorio camino a su oficina, se detuvo un segundo, lo justo para que su mano rozara la superficie de mi mesa, a dos centímetros de la mía. No fue un toque. Fue la promesa de un toque. La distancia exacta entre querer y no atreverse.

En el frente familiar, las noticias eran mixtas.

Sebastián Girón fue citado por la fiscalía. Laboratorios Aurora estaba intervenida. Su nombre aparecía en los periódicos junto a palabras como «presunto fraude» y «investigación abierta», el tipo de titular que destruye una reputación más rápido que cualquier vestido rojo en una boda.

Paz Blanco, por su parte, no apareció más. Según Bravo, nuestro investigador privado, que ya era prácticamente un miembro honorario de la familia, estaba ocupada lidiando con los abogados de Sebastián y el derrumbe progresivo de su vida social. La mujer que me amenazó en la cena de negocios ahora no podía conseguir mesa en un restaurante decente de Santa Aurelia. La justicia poética no existe, pero a veces la realidad la imita.

Mamá, por su parte, había empezado a ejecutar la primera fase de su plan con una elegancia que me dejó sin palabras. En las cenas sociales, mencionaba la ausencia de papá con una sonrisa triste que provocaba más preguntas que cualquier denuncia. «Ricardo está tan ocupado últimamente», decía, ajustándose el collar de perlas con esa gracia de mujer que sabe exactamente cuánta lástima generar sin parecer que la busca. Las esposas de los socios empezaban a mirar a Ricardo Valdés con ojos diferentes, el primer movimiento de un jaque mate que tardaría meses en completarse.

Me envió un mensaje el viernes: «Todo según lo planeado. Tu padre no sospecha nada. PD: ¿cuándo traes a ese muchacho del laboratorio a cenar?»

No le respondí la posdata. Algunas batallas no estaban listas para librarse.

El viernes por la noche, me quedé en el laboratorio hasta las nueve. No por obligación, sino por gusto. Estaba revisando los datos de un ensayo preliminar cuando algo en la base de datos del instituto llamó mi atención.

Fue un accidente, buscaba un archivo de referencia sobre polimorfismo cristalino y la búsqueda arrojó un resultado que no esperaba. Un proyecto archivado, encriptado, con acceso restringido a nivel de director.

El nombre del proyecto era «Fénix».

Fecha de creación: hacía diez años.

El resumen del proyecto estaba parcialmente visible, la encriptación protegía los datos, pero no los metadatos. Lo que pude leer fue breve:

«Investigación sobre marcadores genéticos de enfermedad hereditaria [CLASIFICADO]. Objetivo: desarrollo de terapia génica dirigida. Estado: en curso. Investigador principal: [CÓDIGO DE EMPLEADO NO DISPONIBLE]».

Y al final del resumen, una nota escrita a mano, digitalizada, pero claramente manuscrita. La letra era angular, precisa, familiar:

«Si ella llega algún día a este instituto, dale acceso completo a este archivo».

«Ella».

¿Quién era «ella»?

Me quedé mirando la pantalla durante diez minutos. Después cerré la sesión, apagué la computadora y me fui a casa.

En el auto, con las luces de Santa Aurelia pasando por las ventanas como ideas que no terminan de formarse, pensé en esa nota. «Si ella llega algún día». Escrita hace diez años. En un proyecto sobre marcadores genéticos de una enfermedad hereditaria.

Diez años atrás, yo tenía catorce. Estaba en el colegio. No sabía que existía un instituto de investigación farmacéutica ni que un científico brillante e insoportable dirigiría algún día mi vida profesional.

¿Quién crea un proyecto encriptado sobre una enfermedad genética y escribe una nota dirigida a alguien que todavía no ha llegado?

Alguien que lleva diez años esperando.

Continuará...

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play