Aleska es una jovencita ilusionada con su boda, con una vida de amor y felicidad, pero llega la traición, la peor de todas.
Su prometido la vende a mafiosos, ¿la razón?, quiere deshacerse de ella lo más rápido posible, ha conseguido enamorar a una niña rica, la cual quiere que termine lo más rápido con esa pobretona. Pero cuando ella había perdido las esperanzas, algo extraño pasa, ¿una coincidencia?, ¿algo planeado?, nadie lo sabe, o tal vez solo una persona lo sepa.
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Cap. 8 Nacida para esto
Fue una advertencia envenenada, lanzada justo antes de la batalla. Aleska no respondió. Solo bajó de la plataforma, y el vestido fluyó alrededor de sus piernas como una ola oscura.
—Está lista —declaró Sofia, más a la habitación que a ella.
—Físicamente, es impecable. Mentalmente, es una fortaleza. Solo falta el fuego de la ejecución. Recuerde: cuando baje esas escaleras, no estará actuando. Estará revelando quién siempre debió ser.
Esa noche, de vuelta en el penthouse, Aleska se paró frente al espejo de cuerpo entero. La mujer que la devolvía la mirada era una extraña magnífica y aterradora. Aleska Volkov-Krutoy. La niña del almacén había muerto. La heredera ficticia era una cáscara. Lo que quedaba era esto: una entidad de poder, dolor transformado en elegancia, y un odio tan frío que podía pasar por serenidad.
Drago apareció reflejado detrás de ella. No dijo nada. Solo posó sus manos en sus hombros desnudos. El contacto fue eléctrico, afirmativo. En el espejo, sus miradas se encontraron.
—¿Lista? —preguntó él, su voz un rumor.
—Nacida para esto —respondió ella, sin una sombra de duda.
Y era la verdad. En catorce días, bajaría por una escalera de caracol, vestida del color de la sangre vieja, a declarar una guerra que ya había ganado en su mente. Los preparativos habían terminado. Ahora comenzaba el espectáculo.
*_*
El Club La Rinconada brillaba como una joya falsa bajo el sol de la tarde. Dentro, el aire olía a gardenias caras, champán y una hipocresía densa. Clarissa, enfundada en un vestido nupcial que costaba más que la vida de diez personas como la que había sido Aleska, sonreía con tensión. A su lado, Mateo, con un esmoquin que aún le quedaba un poco grande en el alma, buscaba con la mirada a algún socio importante. Sus investigaciones sobre la "heredera ruso-griega" habían chocado contra un muro: registros impecables, fotos antiguas falsificadas con maestría, un rastro frío. La mujer era un fantasma con pasaporte de lujo, y eso lo aterraba.
Drago había llegado diez minutos antes, con Elena del brazo. Recibió palmadas en la espalda y miradas de lástima velada. "Un error de juventud, Drago, se te pasará", murmuró alguien. Él solo asentía, con una sonrisa de lobo viejo que conocía el final de la fábula.
Fue entonces cuando un susurro, como una ola que nace en la entrada, comenzó a recorrer el salón. Las cabezas se giraron hacia la majestuosa escalera curva de mármol que descendía desde la galería superior.
Allí, detenida un instante en el rellano, apareció Aleska.
El vestido burdeos la envolvía como una llama oscura, cortando una silueta imposible de ignorar. La luz de las arañas capturó el bordado de espinas y llaves, haciéndolo brillar siniestramente.
Sus pendientes-daga centelleaban con cada latido. Pero lo que heló la sangre no fue la ropa, sino la presencia. Bajó los escalones con la zancada medida y segura que Sofía le había inoculado, ocupando cada centímetro del espacio, su mirada fija en un punto lejano por encima de las cabezas de la multitud. No buscaba aprobación.
Tomaba posesión.
Un murmullo estalló.
—"¿Quién es?"
—"La rusa… ¡la esposa de Krutoy!"
—"Dios mío, es… devastadora"."
ACTO I:
Mateo fue el primero en reconocerla. No por la ropa o el peinado, sino por la línea de su mandíbula, por la furia fría en esos ojos que una vez lo miraron con amor en un café barato. El vaso de champán se le escurrió de los dedos, estrellándose contra el mármol con un estallido que sonó como un disparo en el silencio súbito.
—No… —logró articular, palideciendo como un muerto—. Es… imposible.
Clarissa siguió su mirada congelada. Al ver a Aleska, su sonrisa nupcial se quebró en una mueca de incredulidad pura. Era la chica del almacén. La pobretona a la que había ordenado eliminar. Ahora, descendiendo como una emperatriz, vestida con un vestido que ella misma habría envidiado.
Valentina, al otro lado de la sala, no necesitó reconocer el rostro. Reconoció la jugada. Vio la elegancia estudiada, el color del vestido (un insulto directo), y sobre todo, vio la manera en que Drago, desde el fondo de la sala, alzaba la vista hacia la mujer en la escalera.
No era la mirada de un hombre hacia su trofeo. Era la de un estratega hacia su arma definitiva, cargada de un orgullo feroz y… algo más. Eso fue lo que le destrozó el corazón podrido de celos.
Aleska llegó al final de la escalera. El silencio era total. Con una pausa perfecta, escaneó la sala. Sus ojos pasaron por encima de Mateo, petrificado; rozaron a Clarissa, que temblaba de rabia; se posaron en Valentina, a quien dedicó una inclinación de cabeza infinitesimal, casi burlona. Luego, caminó directamente hacia Drago.
Cada paso resonó. Al llegar a su lado, Drago extendió el brazo. Ella posó su mano sobre él, con naturalidad absoluta.
—Queridos amigos —dijo Drago, su voz amplificada por el silencio, sin necesidad de micrófono.
—Permítanme presentarles a mi esposa, Aleska Krutoy.
La declaración, hecha en la boda de su hija, fue el golpe maestro. No era un anuncio. Era una coronación.
ACTO II:
La tensión podía cortarse con el cuchillo del pastel. Aleska se desprendió suavemente del brazo de Drago y comenzó a circular, como un tiburón en aguas tranquilas. Respondía a los cumplidos con frases breves y sonrisas que no calentaban. Todos querían hablar con la misteriosa Sra. Krutoy.
Clarissa, impulsada por una rabia ciega, se abrió paso entre la multitud, arrastrando a un Mateo aún en estado de shock.
—Qué… sorpresa —dijo Clarissa, deteniéndose frente a Aleska, su voz un silbido venenoso.
—No esperaba ver caras conocidas en mi día especial.
Aleska la miró, lentamente, desde los zapatos hasta el velo. La sonrisa de Sofia apareció en sus labios.
—Clarissa, querida. Felicidades. Te ves… radiante. —Hizo una pausa calculada.
—Aunque un poco pálida. ¿Los nervios de la novia?
—¿Cómo te atreves a venir aquí? —espetó Clarissa, perdiendo los modales, arrastrando miradas.
—¿A mi boda? Después de… de todo.
—Después de que tu prometido intentara venderme a traficantes? —completó Aleska en un susurro, solo para ellas tres. Mateo dio un paso atrás, como si la hubieran golpeado.
—Oh, no te preocupes por eso. Ya está todo olvidado. Como tú dices, es el pasado. —Su tono era glacial—. Ahora somos familia. Y la familia… se apoya. O se pisa. Depende.
Clarissa abrió la boca para gritar, pero Aleska no le dio chance.
—Me encanta tu vestido —continuó, con falsa dulzura.
—Tan… virginal. Aunque dicen que el blanco es el color de los nuevos comienzos. Ojalá el tuyo sea más… honesto que el último.
Le dio la espalda, un movimiento deliberado de supremo desprecio, y se dirigió hacia un grupo de ancianas poderosas, dejando a Clarissa temblando de humillación impotente y a Mateo con la certeza de que su sentencia de muerte acababa de ser firmada.