Tiene una nueva oportunidad para redimirse y busca ser feliz junto a las personas que ama.
* Esta novela es parte de un mundo mágico*
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Libros
Así pasaron dos años más, casi sin que nadie se diera cuenta de cuándo ocurrió el cambio. Un día Lavender aún caminaba con el canasto a cuestas, y al siguiente ya iba sentada en la carreta, sosteniendo las riendas con manos seguras mientras el caballo avanzaba por el camino de tierra.
Su nombre ya no era un murmullo ocasional.
Era conocido.
En el pueblo la buscaban por sus raíces, por sus plantas, por sus flores. Decían “espera a Lavender”, “compra con la niña de Rosie”, “ella sí sabe”. Su fama no se había construido con gritos ni con engaños descarados, sino con constancia, observación y memoria. Cada cliente atendido había sido una semilla más.
Lavender lo sabía.. no había sido fácil llegar allí.
Cobraba casi el doble de lo que cobraba su abuela en otros tiempos, y aun así la gente pagaba. No porque fueran ingenuos, sino porque sentían que recibían algo real a cambio. Sabían que ella no ofrecía por ofrecer. Que no vendía lo mismo a todos.
Por eso cuidaba a cada cliente.
Los miraba a los ojos.
Los escuchaba con atención.
Les preguntaba antes de hablar.
Si alguien llegaba cansado, le ofrecía algo para recuperar fuerzas. Si una mujer hablaba de insomnio, Lavender no sacaba flores al azar: pensaba, recordaba, elegía. Si veía tristeza, no vendía de inmediato.. a veces primero regalaba una palabra, una historia, una escucha sincera.
Sabía exactamente qué necesitaban, o al menos eso hacía creer, y esa certeza era tan valiosa como cualquier raíz. No los trataba como monedas, sino como personas. Y las personas, al sentirse vistas, regresaban.
Rosie observaba todo con una mezcla de asombro y orgullo silencioso. Veía cómo la carreta volvía llena de monedas, cómo las provisiones nunca faltaban, cómo la casa estaba cada vez más firme. Pero más que eso, veía a su nieta crecer recta, sin perder la ternura.
Lavender, por su parte, no olvidaba. Sabía que ese reconocimiento había nacido del trabajo duro, del aprendizaje paciente, de los años en que nadie valoraba nada. Por eso no se volvió soberbia. No levantó la voz. No humilló a nadie.
Había aprendido algo esencial.. Cobrar lo justo no era traicionar la bondad. Era honrar el esfuerzo.
Y así, entre caminos recorridos y clientes agradecidos, Lavender se convirtió en algo poco común: alguien respetada no por miedo… sino por confianza.
Las cosas con su abuela Rosie estaban mejor que nunca. No era solo convivencia.. era una alianza nacida del cariño y del respeto mutuo. Se querían sin reservas y se cuidaban con una atención que se notaba en los gestos pequeños: en la comida servida a tiempo, en las mantas bien acomodadas, en las preguntas hechas con verdadera preocupación.
Lavender no solo ayudaba en la casa y en las ventas. Cumplía con cada deber que Rosie le daba, sin quejarse, entendiendo que esas tareas no eran castigos, sino preparación. Limpiaba, ordenaba, cocinaba lo que ya sabía, cuidaba el huerto, revisaba la bodega. Todo lo hacía con la seriedad tranquila de quien sabe por qué lo hace.
Y también estaban los libros.
Cuando iban al pueblo, compraban libros usados. No eran nuevos ni elegantes.. muchos tenían las tapas gastadas, las hojas amarillas, anotaciones de otros lectores. Los llevaban a casa, los leían juntas o por turnos, y cuando los terminaban, los volvían a vender. Así el dinero regresaba, y el conocimiento se quedaba.
—Debes saber de todo, mi flor.. decía Rosie mientras pasaba las páginas con cuidado.. No para presumir… sino para no depender.
Lavender escuchaba y aprendía. Leía sobre plantas, pero también sobre historia, cuentos antiguos, viajes, números, palabras nuevas. Cada libro ampliaba su mundo un poco más, le daba más herramientas para entender a las personas que encontraba en el mercado, para hablar con cualquiera sin sentirse menos.
Por las noches comentaban lo leído. Rosie hacía preguntas, Lavender respondía. A veces discutían con suavidad, comparando ideas. Otras veces simplemente se quedaban en silencio, compartiendo la presencia del otro y el sonido de las páginas.
La casa estaba llena de algo nuevo.. curiosidad.
Lavender comprendía que su abuela no quería que fuera solo una buena vendedora, ni una buena nieta. Quería que fuera libre. Que supiera pensar, elegir, adaptarse. Que pudiera caminar por el mundo sin miedo.
Y en esa rutina de trabajo, estudio y afecto, Lavender crecía completa.
Con raíces firmes… y una mente abierta al horizonte.