El destino teje hilos oscuros, pero el poder verdadero reside en decidir qué nudos desatar y cuáles cortar con tu propia voluntad
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Capítulo 02
El traqueteo de la carreta de hierro era una tortura constante. Cada bache en el camino hacia las Tierras del Abismo enviaba una punzada de dolor a través del cuerpo magullado de Alessia. Estaba rodeada de sombras; no las sombras de la magia que le imputaban, sino las sombras de hombres y mujeres rotos. El olor en la jaula era una mezcla insoportable de sudor, orina, miedo y metal oxidado.
Alessia estaba acurrucada en una esquina, abrazándose a sí misma. Los jirones de su vestido de seda plateada, ahora manchados de barro y sangre seca, eran un recordatorio constante de la altura desde la que había caído. Sus manos, antes suaves y cuidadas, estaban llenas de llagas por haber intentado abrir los barrotes durante las primeras horas del viaje.
—No sirve de nada, princesita —dijo una voz ronca desde la oscuridad de la jaula.
Alessia levantó la vista. Un hombre demacrado, con una cicatriz que le cruzaba la garganta, la observaba con ojos desprovistos de esperanza.
—Si nos llevan al Abismo, es porque el Rey quiere que el mundo olvide que alguna vez respiramos. Nadie sobrevive a la Niebla Gris.
Alessia no respondió. No tenía fuerzas. Su mente era un torbellino de imágenes: Caleb sonriendo mientras le juraba amor eterno, su padre bajando la cabeza ante el Rey, el brillo de la tiara cayendo al barro. Cada recuerdo era una puñalada. No era solo la traición; era el vacío absoluto que quedaba donde antes había habido un propósito.
—Me vendieron —susurró ella, y su voz sonó extraña, como si perteneciera a otra persona—. Me vendieron por una mentira.
—En este reino, la verdad es un lujo que solo los muertos pueden permitirse —respondió el hombre, volviendo a cerrar los ojos.
°°°
El Borde del Mundo
Tres días después, la carreta se detuvo. El aire aquí era diferente; era pesado, cargado de un sabor metálico y un frío que se filtraba hasta los huesos. Los guardias abrieron la jaula y, sin una palabra, empezaron a sacar a los prisioneros a patadas.
Cuando le tocó el turno a Alessia, la lanzaron al suelo pedregoso. El impacto le sacó el aire de los pulmones. Al levantar la vista, vio el horizonte más aterrador que hubiera imaginado jamás. Frente a ellos se extendía el Abismo: un desierto de ceniza volcánica y formaciones rocosas retorcidas que parecían dedos de gigantes saliendo de la tierra. Una niebla perpetua, de un color gris enfermizo, se movía sobre el terreno como una criatura viva.
—¡Escuchen bien, escoria! —gritó el capitán de la guardia, el mismo que antes le hacía reverencias en el palacio—. Tienen una oportunidad. Si cruzan la Niebla y encuentran el camino al otro lado de las montañas, son libres. Pero si intentan regresar hacia Vyrwel, nuestras flechas los encontrarán antes que sus pies toquen la hierba.
El capitán se acercó a Alessia y, con la punta de su bota, le levantó el mentón.
—Lady Ashworth... o debería decir, la Nada. El Príncipe Caleb me pidió que le diera un mensaje personal. Dice que espera que en su próximo suspiro, encuentre la oscuridad que tanto deseaba practicar.
Él se rió, un sonido seco y cruel, y le escupió en la mejilla antes de dar la orden de retirada. Las carretas se dieron la vuelta y se alejaron, dejando a una docena de condenados frente a las puertas del infierno.
°°°
La Lucha por el Aliento
El grupo de prisioneros se dispersó rápidamente. En el Abismo, el altruismo era una sentencia de muerte. Algunos corrieron hacia la niebla, gritando en un ataque de locura; otros simplemente se sentaron a esperar que el frío los reclamara.
Alessia se quedó sola. Caminó durante horas sobre la ceniza, que se hundía bajo sus pies como nieve negra. El frío era insoportable. Sus pies, descalzos desde que perdió sus zapatos en el forcejeo, estaban cortados y entumecidos.
—Caleb... —gemía ella con cada paso—. ¿Por qué? ¿Por qué me hiciste esto?
El hambre empezó a retorcerle el estómago, pero la sed era peor. No había agua, solo el vapor asfixiante de la niebla. De repente, un sonido la hizo detenerse. Un crujido de piedras.
De entre las rocas, tres figuras emergieron. Eran hombres, pero apenas parecían humanos. Sus ropas eran harapos de pieles curtidas y sus rostros estaban marcados por tatuajes tribales hechos con ceniza. Eran los "Olvidados", criminales que habían sobrevivido en el Abismo convirtiéndose en algo peor que los monstruos.
—Miren lo que nos ha enviado el cielo —dijo uno de ellos, un hombre calvo con dientes afilados—. Una paloma plateada. Todavía tiene el olor del palacio.
—Hacía mucho que no comíamos carne fresca —dijo otro, desenvainando un cuchillo de hueso dentado.
Alessia retrocedió, su corazón martilleando contra su pecho.
—Atrás... ¡Atrás! —gritó, intentando buscar una piedra, algo para defenderse.
—No grites, paloma. Nadie te va a oír aquí. Dios nos ha abandonado a todos en este agujero.
El primer hombre se lanzó sobre ella. Alessia cayó de espaldas, sintiendo el peso del atacante y el aliento fétido sobre su rostro. Forcejeó con una fuerza que no sabía que tenía, pero él era más fuerte. Sus manos sucias desgarraron lo que quedaba de su vestido.
—¡SUÉLTAME! —chilló Alessia.
En ese momento de terror absoluto, algo dentro de ella se rompió. No fue un hueso, sino una barrera invisible que había existido en su alma desde el día de su nacimiento. El odio que había estado acumulando —odio hacia Caleb, hacia su padre, hacia el Rey, hacia sí misma por ser tan débil— hirvió de repente.