"En mi vida pasada morí como una tonta; en esta, seré tu peor pesadilla."
Valeria murió traicionada por su esposo y su prima, mientras el único hombre que intentó salvarla fue Damian, el rival que ella siempre despreció.
Tras despertar tres años antes de su muerte, Valeria decide cambiar las reglas: no habrá más lágrimas, solo una fría venganza. Para destruir a quienes la pisotearon, se aliará con el hombre más peligroso y poderoso de la ciudad: el enemigo de su marido.
¿Podrá convencer al hombre que siempre la amó en secreto de que esta vez ella está de su lado?
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La huida
El amanecer en el piso franco no trajo luz, sino una penumbra grisácea que se filtraba por las rendijas de las persianas metálicas. No había dormido más de una hora. Cada crujido del edificio me hacía saltar. La atmósfera era eléctrica, cargada con el olor a alcohol rancio de Julián y el odio silencioso que emanaba de la habitación donde Mónica permanecía encerrada.
Me levanté con cuidado, sintiendo cada músculo de mi cuerpo protestar. Fui hacia la cocina por un vaso de agua, pero me detuve en seco al ver a Julián. Estaba sentado a la mesa, con la mirada perdida y la pistola apoyada junto a su mano derecha. Ya no era el hombre arrogante de la gala; era un animal acorralado, y esos son los más peligrosos.
—Valeria —dijo sin mirarme, su voz era un hilo ronco—. Mónica no ha dejado de gritar en toda la noche. Dice que tú tienes un teléfono oculto. Dice que hablas con alguien.
El corazón me dio un vuelco. Mónica, incluso encerrada, seguía siendo una amenaza.
—Está desesperada, Julián. Quiere que desconfíes de la única persona que no te ha abandonado —respondí, tratando de mantener la calma mientras me acercaba—. ¿De verdad vas a creerle a ella después de que intentó sedarte para robarte?
Julián levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre, nublados por una paranoia que bordeaba la psicosis.
—No lo sé. Ya no sé qué creer. Pero si descubro que ella tiene razón... —tomó la pistola y la acarició con una familiaridad aterradora—, este lugar será tu tumba y la suya.
En ese momento, mi teléfono (el secreto, oculto en el forro de mi bota) vibró contra mi tobillo. Era la señal de Damián. La distracción estaba por comenzar.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
Unos golpes violentos resonaron en la puerta principal, seguidos por una voz autoritaria que hizo que Julián saltara de su silla.
—¡Policía Federal! ¡Abran la puerta! Tenemos una orden de inspección por una denuncia de ruidos y actividad sospechosa. ¡Abran de inmediato o derribaremos la puerta!
—¡Maldita sea! —Julián entró en pánico total. Tomó la pistola y corrió hacia el panel eléctrico en el pasillo—. ¡Nos han encontrado! ¡Mónica tenía razón, alguien nos vendió!
Corrió hacia la caja fuerte oculta. Mis manos temblaban mientras lo seguía. Necesitaba ver ese código. Julián, con dedos torpes y sudorosos, tecleó la secuencia: 0-9-1-2-1-5.
La fecha de la muerte de mi padre.
Un escalofrío de náusea pura me recorrió. El cínico usaba el día que cometió su mayor crimen como clave de seguridad. La caja fuerte se abrió, revelando fajos de billetes, pasaportes falsos y el sello de oro de la Constructora Rossi.
—¡Julián, abre la puerta! —gritó Mónica desde su encierro—. ¡Es la policía! ¡Déjame salir!
—¡Cállate! —le rugió él, metiendo todo en una bolsa de deporte.
—¡Julián, tenemos que irnos por la salida de incendios! —exclamé, fingiendo pánico para que no se concentrara en mí—. ¡Si nos encuentran aquí con esa arma, no habrá abogado que nos salve!
Julián me miró, la bolsa en una mano y la pistola en la otra. Por un segundo, vi la duda en su rostro. Vi cómo evaluaba si debía matarme allí mismo o llevarme consigo.
—¡Derríbenla! —se escuchó desde el pasillo exterior. El sonido de un golpe sobre el metal de la puerta principal hizo que el suelo vibrara.
—¡Muévete! —Julián me tomó del brazo con una fuerza que me hizo gemir de dolor y me arrastró hacia la cocina, donde había una pequeña puerta de servicio que daba a las escaleras traseras.
Bajamos las escaleras rápidamente. El aire frío de la mañana nos golpeó al salir al callejón trasero. Julián miraba hacia ambos lados, buscando su coche de escape, pero lo que encontró fue algo muy distinto.
Un coche negro, de cristales tintados, bloqueaba la salida del callejón.
—¿Qué es esto? —Julián levantó la pistola, apuntando al parabrisas.
—Es el final del trayecto, Julián —la voz de Damián Blackwood salió de un altavoz del coche, pero él no estaba dentro.
Damián apareció desde detrás de unos contenedores de basura, con las manos en los bolsillos de su gabardina, luciendo una calma insultante frente al arma de Julián. Sus hombres, armados con rifles de precisión, aparecieron en las azoteas circundantes. Los puntos rojos de los láseres empezaron a bailar sobre el pecho de Julián.
—Suelta la bolsa, Julián. Y suelta a Valeria. Estás rodeado por la policía en el frente y por mis hombres aquí. No tienes salida.
—¡Tú! —Julián apretó el gatillo, pero antes de que pudiera disparar, me clavé en sus costillas con un codazo y me lancé al suelo.
¡PUM!
El disparo de Julián impactó en el asfalto. El caos estalló. Los hombres de Damián no dispararon a matar, sino que utilizaron granadas aturdidoras. El destello blanco y el sonido ensordecedor me dejaron desorientada. Sentí que alguien me levantaba del suelo con una fuerza arrolladora.
—Te tengo. Estás a salvo —el olor a sándalo y lluvia me rodeó. Era Damián.
Me subió al asiento trasero del coche negro mientras sus hombres reducían a un Julián que gritaba y luchaba en el suelo con todas sus fuerzas. Vi cómo le arrebataban la bolsa de deporte y cómo lo esposaban con una eficiencia brutal.
—¿Y Mónica? —pregunté, jadeando, mientras Damián se sentaba a mi lado y ordenaba al chofer que arrancara.
—La policía "oficial" ya está dentro del apartamento. Ella no irá muy lejos. La denuncia por el intento de sedación y los documentos que tú "dejaste" en la oficina son suficientes para mantenerla en una celda por mucho tiempo.
Miré por la ventana trasera. Vi a Julián siendo subido a una patrulla, con el rostro desencajado. Su imperio, su dinero y su libertad se habían esfumado en menos de diez minutos.
Me desplomé contra el asiento de cuero, cerrando los ojos. El temblor de mi cuerpo era incontrolable. Había salido de ese infierno, pero el precio había sido alto.
—¿Estás herida? —Damián me tomó de las manos. Al ver las marcas rojas en mis muñecas, sus ojos se oscurecieron con una furia contenida—. Te dije que era peligroso. Te dije que no debías quedarte tanto tiempo.
—Tenía que ver el código, Damián —susurré, abriendo los ojos. Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios—. Lo vi. Y vi lo que había dentro.
Damián me observó en silencio durante un largo momento. Me rodeó con su brazo, atrayéndome hacia él, y por primera vez no me resistí. Necesitaba su calor, aunque fuera el calor de otro fuego peligroso.
—Se acabó, Valeria. El piso franco, Julián, Mónica... ya no pueden tocarte.
—No se ha acabado —respondí, pensando en el informe de mi padre que aún guardaba en mi caja fuerte secreta—. Esto solo ha sido la caída. Ahora viene el juicio. Y quiero estar en primera fila para ver cómo se destruyen mutuamente cuando se den cuenta de que ya no tienen nada a lo que aferrarse.
Damián me apretó más contra él.
—Eres implacable. Me gusta. Pero ahora, vas a venir a mi casa. No es una petición. Julián tiene socios que no estarán felices con su caída, y tú eres el blanco más fácil. A partir de hoy, tu vida me pertenece.
Lo miré a los ojos. Sabía que estaba cambiando un tipo de cautiverio por otro, pero este... este se sentía como una elección.
—Solo si prometes que serás tú quien me entregue la cabeza de Julián en una bandeja —dije.
Damián sonrió, una expresión depredadora y hermosa.
—Consideralo un regalo de bienvenida.