Charlotte, doncella bastarda de la casa Elara. su destino está maldito por su hermana. la única manera de salvarse es casándose con el hombre más malvado del reino. Nathaniel Cyrus.
Las reencarnaciones tiene a sus favoritos y a sus mejores guerreros.
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Capitulo 9: Tranferencia de maldición.
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Charlotte caminó al lado de Nathaniel por el pasillo principal sin intentar alcanzarlo ni quedarse atrás, mantuvo el mismo ritmo firme que él como si llevaran años compartiendo esa casa y no apenas unos días. Ella todavía sostenía la sensación del olor a limón y canela en la nariz, como si su cuerpo hubiera memorizado que cerca de él los síntomas se calmaban, y esa idea le resultaba tan útil como vergonzosa.
Nathaniel habló primero sin mirarla.
—Necesitamos hablar de su maldición.
Charlotte levantó apenas las cejas.
—¿Encontró la solución?
Él no respondió, simplemente giró hacia el ala privada de la mansión y abrió la puerta de su dormitorio. Ella entró detrás, observando otra vez el espacio.
Pero algo era distinto.
Frente a la pared opuesta a la cama había un espejo alto, de cuerpo completo, con marco oscuro, nuevo, todavía cubierto por una tela protectora a medio retirar.
Charlotte parpadeó.
—¿Eso estaba antes?
—No.
—Entonces lo compró hoy.
—Sí.
Ella lo miró de perfil.
—¿Vanidad repentina, duque?
—No diga tonterías, duquesa.
Nathaniel retiró la tela con un movimiento seco. El cristal estaba impecable.
Charlotte se acercó por instinto. Se vio entera. Cabello plateado desordenado, mangas arremangadas, restos de harina todavía en la muñeca. No parecía una duquesa. Parecía una chica cualquiera jugando a serlo.
—Es grande —murmuró.
—Lo necesito para el procedimiento.
Ella giró la cabeza.
—¿Qué procedimiento?
Nathaniel la observó directo, sin titubear.
—Transferir la maldición.
El corazón de Charlotte dio un golpe seco.
—¿Perdón?
—Hay formas de desplazar cargas mágicas de un cuerpo a otro cuando existe un vínculo de sangre.
—¿Está hablando en serio?
—Siempre lo hago.
Ella rió nerviosa.
—Espere. Eso no está en la historia. No existe nada así.
—¿Historia?
—Olvídelo. Continúe.
Nathaniel cruzó los brazos.
—Si usted y su hermana biológica se colocan frente al espejo, muy cerca, la maldición reconocerá la sangre compartida y se moverá al cuerpo más débil o más compatible. En este caso, ella.
Charlotte lo miró largo rato.
—Está diciendo… que puede pasarle esto a Paula.
—Sí.
—Así de simple.
—No es simple. Pero es posible.
Ella bajó la vista a sus manos. Temblaban apenas. Por incredulidad.
—El Nathaniel original no sabía nada de magia —murmuró.
Hubo un silencio corto.
—¿Qué dijo? —preguntó él.
—Nada.
Lo observó con atención nueva. Ese hombre frío, práctico, que parecía despreciar todo lo sobrenatural, ahora hablaba de transferencias como si leyera un manual.
Algo no encajaba.
—¿Cuándo aprendió eso? —preguntó.
—No necesito darle explicaciones de cada cosa que sé.
La respuesta fue cortante, pero no agresiva. Charlotte levantó las manos en rendición.
—Está bien. No voy a interrogarlo. Si esto funciona… —tragó saliva—. Si funciona, me está salvando la vida.
Nathaniel no apartó la mirada.
—Es mi responsabilidad. Es mi esposa ahora. Fue lo que le prometí.
Ella sonrió apenas.
—Gracias.
Nathaniel apartó la vista primero.
—Prepararé el conjuro más tarde. Necesito algunas cosas del estudio. Lo tendrá listo para mañana.
Él salió de la habitación sin añadir nada más.
Charlotte se quedó sola frente al espejo. Se acercó hasta casi tocarlo.
—Transferirla… —susurró.
Pensó en Paula. En los empujones y las miradas de desprecio. En la maldición que ella le había mandado a hacer para matarla lentamente.
No sintió culpa de lo que va a suceder.
Al día siguiente no hizo falta mandar ninguna carta.
Charlotte estaba desayunando cuando escuchó pasos ruidosos en la entrada y una voz aguda que conocía demasiado bien.
—¿Así que aquí vive ahora? Vaya, qué deprimente.
Charlotte cerró los ojos un segundo.
Paula.
La puerta del salón se abrió sin permiso. Su hermana entró vestida con ropa cara, sonrisa falsa y la misma mirada de siempre, esa mezcla de burla y superioridad.
—Hermana —Canto—. Vine a visitarte. ¿No vas a abrazarme?
Charlotte siguió bebiendo té.
—No.
Paula frunció los labios.
—Sigues igual de desagradable.
—Aja.
— Soy familia.
— No aquí.
Paula chasqueó la lengua.
— Qué rápido te crees importante solo por casarte con ese duque raro.
Charlotte la miró por fin.
— ¿A qué viniste?
Paula se sentó sin permiso.
— A advertirte. Tu otro prometido está furioso. Dice que vendrá hoy mismo a exigirle al duque que te devuelva. Ya sabes cómo es. No acepta un no.
Charlotte bostezó.
— Qué cansancio.
— ¿Eso es todo lo que dices? Podría arrastrarte de vuelta a casa.
— Que lo intente.
Paula la observó, confundida.
— ¿Desde cuándo hablas así?
— No es tu lo problema, metiche.
— ¿Cómo te-...?
Charlotte se levantó.
— Ya que estás aquí, acompáñame un momento.
— ¿A dónde?
— A la habitación del duque.
Paula abrió los ojos.
— ¿Estás loca? ¿Para qué?
— Quiero mostrarte algo.
— No me interesa tu vida conyugal.
— No seas dramática. Es rápido.
Paula dudó, pero la curiosidad pudo más.
— Bien. Si ese hombre me mira feo, me voy.
— Como quieras. Pero él no está. Trabaja todo el día.
Caminaron por los pasillos. Charlotte iba tranquila. Paula murmuraba críticas a todo.
— Los sirvientes parecen fantasmas. No sé cómo puedes vivir aquí.
— Con comodidad —respondió Charlotte seca.
Entraron al dormitorio. El espejo seguía ahí. Paula se acercó primero.
— ¿Eso es todo? ¿Un espejo?
— Sí.
— Me hiciste venir por un espejo.
— Párate aquí conmigo.
— ¿Para qué?
— Solo hazlo.
— Charlotte, estás actuando raro.
— Siempre he sido rara. No es novedad para tí. ¿Verdad?
Paula resopló y se colocó a su lado frente al cristal. Sonrió al verse tan hermosa en él.
Sus reflejos quedaron juntos, hombro con hombro. Cabello plateado y cabello rubio. Rostros casi parecidos, expresiones opuestas. Lo más extraño es que sus reflejos cambiaron de lugares.
Charlotte sintió el corazón acelerarse. Aunque Paula no se dió cuenta. Intentó irse.
— No te muevas —dijo a susurro.
— ¿Por qué?
— Solo espera.
Paula tragó saliva. Por primera vez tenía miedo de Charlotte.
Charlotte sintió el mismo frío que eran parte de su crisis.
— ¿Qué está pasando? —susurró Paula—. No me gusta esto.
Charlotte no respondió. Un dolor punzante le atravesó el pecho. Duró menos del minuto. Y de repente… alivio. Como si alguien hubiera aflojado una cuerda apretada alrededor de su cuerpo.
Paula jadeó.
— Me… me siento mareada…
Se llevó la mano a la garganta.
— Me arde…
El espejo vibró apenas. Hasta que se agrietó por la sobrecarga de magia. Charlotte respiró hondo. Ya no sentía dolor. Pero Paula cayó de rodillas.
— ¿Qué… qué hiciste…?
Charlotte la miró sin expresión.
— Solo te devolví algo.
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buen Charlotte muestra tus💪