Elías murió de la forma más absurda… y despertó dentro de su novela omegaverse favorita.
Ahora es Adrian Valmont, el omega dulce destinado a ser ignorado, humillado y finalmente morir de amor a manos de su esposo: el frío y arrogante duque alfa Cassian Armand.
Pero hay un problema.
Él ya conoce la historia.
Y esta vez no piensa esperar a que lo abandonen.
Decidido a cambiar su destino, Adrian exige el divorcio desde el principio. Sin embargo, el duque se niega a dejarlo ir. Lo que comienza como un matrimonio político sin amor se convierte en una batalla de orgullo, deseo y poder, donde el alfa que nunca miró atrás empieza a obsesionarse con el omega que ya no lo ama.
¿Podrá Adrian romper el destino que ya fue escrito…
o el duque hará todo lo posible por mantenerlo a su lado?
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EL DUQUE QUE ELIJO MAL
CAPITULO 13
El consejo celebró durante dos días.
Discretamente, por supuesto.
Nada de proclamaciones públicas, pero sí reuniones privadas, copas levantadas y comentarios satisfechos en los pasillos del palacio imperial.
—El duque Armand entendió su lugar —decían.
—El poder siempre pesa más que un omega —murmuraban otros.
Harrington, en particular, se mostraba confiado. Había logrado lo que muchos consideraban imposible: forzar al duque más inflexible del norte a ceder.
Pero Cassian Armand no había cedido.
Había calculado.
Y mientras el consejo se relajaba bajo la ilusión de victoria, el duque comenzaba a mover piezas.
La torre oriental permanecía en silencio.
Adrian había perdido la noción exacta del tiempo, pero no la claridad mental.
La celda era sobria: una cama sencilla, una mesa pequeña, una ventana alta con barrotes.
Nada humillante.
Nada cómodo.
Era confinamiento estratégico.
No lo habían golpeado.
No lo habían interrogado.
Eso significaba algo.
No tenían pruebas nuevas.
Solo presión.
Adrian repasaba mentalmente cada movimiento que el consejo podía intentar a continuación.
Si no lograban pruebas reales, fabricarían testigos.
Si no conseguían testigos, presionarían a comerciantes del este para declarar irregularidades.
Harrington no se detendría.
Un sonido metálico interrumpió sus pensamientos.
La pequeña compuerta inferior de la puerta se abrió y una bandeja fue deslizada hacia adentro.
Comida caliente.
Nada envenenado.
Otra señal.
Lo querían vivo.
Útil.
Como advertencia.
Adrian tomó asiento lentamente.
Si el consejo creía que aislarlo lo debilitaría, subestimaban su paciencia.
Y subestimaban al hombre que había elegido el poder.
En el ala oeste del palacio, Cassian estaba de pie frente a un mapa extendido sobre la mesa.
No era un mapa territorial.
Era un mapa de alianzas.
Casas nobles.
Rutas comerciales.
Intereses financieros.
Cada nombre marcado con tinta negra.
Y algunos, en rojo.
—Confirme los movimientos del conde Harrington en los últimos seis meses —ordenó al capitán de su guardia personal.
—Sí, Su Excelencia.
—Transacciones ocultas. Desviaciones de impuestos. Préstamos externos.
El capitán dudó un segundo.
—Eso implicaría investigar directamente a miembros del consejo.
—Correcto.
No había furia en su voz.
Había precisión quirúrgica.
Si Harrington había impulsado la acusación por intereses económicos, habría dejado rastro.
Y Cassian tenía ahora el poder intacto para seguirlo.
Esa era la diferencia.
Si hubiese elegido a Adrian públicamente, estaría defendiendo desde la debilidad.
Ahora atacaba desde la altura.
Al tercer día de encierro, Adrian recibió visita.
No era Cassian.
Era inesperada.
La duquesa Isolde Reinhardt.
El guardia abrió la celda lo suficiente para permitir la entrada bajo supervisión.
Isolde permaneció erguida, uniforme impecable, mirada firme.
—Consorte Valmont.
—Duquesa —respondió Adrian con serenidad.
—El consejo cree que el duque lo abandonó.
Adrian inclinó levemente la cabeza.
—El consejo cree muchas cosas.
Isolde observó el espacio reducido.
—No parece sorprendido.
—Porque no lo estoy.
Ella dio un paso más cerca, bajando la voz.
—Harrington movió fondos hacia una compañía mercante del sur justo antes de la acusación.
Adrian alzó una ceja.
—Eso es interesante.
—Esa compañía fue perjudicada por su reforma del este.
El rompecabezas terminaba de encajar.
—Entonces no era ideología —murmuró Adrian—. Era pérdida económica.
Isolde asintió.
—El duque ya está investigando. Pero necesita tiempo.
Adrian sonrió apenas.
—Por eso le pedí que eligiera el poder.
Isolde lo estudió con una mezcla de respeto y curiosidad.
—Muchos habrían exigido lo contrario.
—Muchos no entienden cómo funciona el poder.
La duquesa sostuvo su mirada unos segundos más.
—El consejo subestimó su paciencia.
—Y su orgullo.
Una sombra de aprobación cruzó el rostro de Isolde.
—Haré llegar información adicional cuando la confirme.
Adrian inclinó la cabeza.
—Aprecio su neutralidad estratégica.
Isolde casi sonrió.
—No es neutralidad. Es equilibrio.
Y se retiró.
Adrian quedó solo nuevamente.
Pero ahora no estaba aislado.
Estaba informado.
Esa misma noche, Cassian recibió el primer informe.
Desvíos confirmados.
Pagos indirectos.
Socios comerciales vinculados a Harrington beneficiados por la caída de la reforma.
No era suficiente aún para acusación formal.
Pero era el inicio.
Cassian cerró el documento con lentitud.
—Convoca sesión extraordinaria del consejo —ordenó.
—¿Bajo qué argumento, Su Excelencia?
Los ojos grises del duque se endurecieron.
—Auditoría financiera general.
El capitán comprendió.
Si el consejo quería jugar con acusaciones de corrupción, el duque convertiría el tablero completo en campo de revisión.
Nadie estaría cómodo.
En la torre oriental, Adrian sintió el cambio antes de recibir noticias.
El aire político se movía distinto.
Los guardias ya no evitaban su mirada.
Uno de ellos incluso murmuró al dejar la bandeja:
—Parece que habrá sesión mañana.
Adrian se sentó en la cama con calma.
Entonces comenzaba la segunda fase.
Si Cassian exponía la auditoría, Harrington intentaría bloquearla.
Y si lo hacía con demasiada fuerza…
Se delataría.
Adrian apoyó la espalda contra la pared de piedra.
Había pedido al duque que eligiera el poder.
Y él lo había hecho.
Ahora tocaba demostrar que esa elección no fue traición.
Fue estrategia.
Al amanecer, el consejo volvió a reunirse.
Esta vez, Cassian no parecía el duque que había cedido días antes.
Parecía el gobernante que había estado esperando.
—Solicito auditoría completa de los movimientos financieros de los últimos ocho meses —declaró sin preámbulos.
El murmullo fue inmediato.
Harrington frunció el ceño.
—¿Con qué fundamento?
—Con el mismo que utilizaron para acusar a mi consorte —respondió Cassian—. Transparencia institucional.
La palabra cayó como desafío directo.
Si rechazaban la auditoría, admitirían parcialidad.
Si la aceptaban, arriesgaban exposición.
El magistrado intercambió miradas nerviosas.
Harrington guardó silencio demasiado tiempo.
Y en política, el silencio equivocado era una confesión.
Cassian sostuvo la mirada del conde.
No había ira.
Había certeza.
Había elegido el poder.
Y ahora lo estaba usando.
Mientras tanto, en la torre oriental, Adrian cerró los ojos por un momento.
No necesitaba ver la escena para saber que el tablero estaba cambiando.
El consejo creyó que el duque había elegido mal.
Pero en realidad, había elegido ganar.
Dando margen a que te diga, no. 😒. Deberías de haber llegado con el papel de divorcio o "¡quiero el divorcio!".
Y si te rechaza ir al consejo y exigir el divorcio.🤨🤨