A veces el amor no es un cuento de hadas, sino una promesa de sangre y espinas que el tiempo no pudo marchitar.
NovelToon tiene autorización de Leydis Ochoa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 22
Zhi Zhi miró el vapor que subía de su cuenco. El olor la golpeó como un puñetazo en el estómago. Era el olor de su juventud perdida, el olor de las promesas hechas bajo la luz de las farolas rotas. Sintió que las lágrimas picaban en sus ojos, pero se negó a dejarlas caer. No frente a él. No frente a Lin Feng.
—¿Por qué haces esto, JiNian? —preguntó ella en voz baja, sin tocar su comida—. ¿Para humillarnos? ¿Para demostrarnos que ahora tienes el poder?
JiNian dejó la cuchara y se inclinó hacia ella. Estaban tan cerca que ella podía ver la pequeña cicatriz en su ceja, la que se hizo defendiéndola de unos tipos en un callejón hacía una eternidad.
—Lo hago porque quiero que veas la verdad, Zhi Zhi —susurró él, su voz era un hilo de seda y acero—. Tu padre te dijo que yo era un parásito que te arrastraría al barro. Te hizo creer que mi amor era una debilidad. Mira a tu alrededor. He convertido ese barro en un trono. He cumplido cada promesa que te hice, mientras tú... tú simplemente te dejaste marchitar en este jardín de plástico.
—¡Tú te fuiste! —le espetó ella, olvidando por un momento dónde estaban. Sus ojos brillaban con una rabia dolorosa—. Me dejaste sola en esa graduación. No enviaste una nota, no hiciste una llamada. Me dejaste pensando que todo lo que habíamos vivido era una mentira de verano.
—¿Eso es lo que crees? —la mirada de JiNian se oscureció—. ¿Crees que me fui por elección?
—Lo que sé es que desapareciste —dijo ella, su voz quebrándose—. Y ahora regresas como un extraño, tratándome como si fuera parte de un inventario que quieres adquirir. No soy una empresa, JiNian. No puedes comprar mi perdón con una cena cara y un cuenco de fideos.
Lin Feng, que había estado escuchando la conversación con creciente furia, golpeó la mesa con su mano.
—¡Basta! —exclamó—. Zhi Zhi, nos vamos ahora mismo. No tengo por qué permitir que este hombre te hable así.
—Siéntate, Lin Feng —dijo JiNian, y su voz no se elevó, pero el tono era tan autoritario que Lin Feng se quedó congelado a medio camino de levantarse—. Todavía no hemos llegado al plato principal. Y créeme, no querrás perderte el anuncio que tengo preparado para el postre.
Zhi Zhi miró a JiNian, buscando un rastro del chico que ella amaba. Pero solo encontró al Rey del Hierro, un hombre que había aprendido que en el mundo de los negocios y en el de los sentimientos, la piedad era un lujo que no podía permitirse.
La tensión en la mesa era ensordecedora. Los cubiertos chocaban contra la cerámica en un ritmo nervioso. Zhi Zhi tomó la cuchara con manos temblorosas y probó la sopa. El sabor era el mismo. Salado, cálido, lleno de recuerdos. Pero cuando el líquido pasó por su garganta, le supo a cenizas.
Había pasado siete inviernos esperando este momento, imaginando qué le diría si volvía a verlo. Tenía mil insultos preparados, mil preguntas, mil formas de decirle que lo odiaba. Pero allí, sentada a su lado, con el calor de su cuerpo invadiendo su espacio personal, Zhi Zhi se dio cuenta de la verdad más aterradora de todas:
A pesar de la traición, a pesar del silencio, a pesar del hombre frío y despiadado en el que se había convertido... su corazón seguía respondiendo a su nombre como si el tiempo no hubiera pasado. Y eso la hacía odiarse a sí misma más de lo que jamás podría odiarlo a él.
JiNian la observó comer, y por un brevísimo instante, la armadura de sus ojos de acero se agrietó. Vio el dolor en ella, vio la niña herida que todavía vivía detrás de la directora de adquisiciones. Pero la grieta se cerró rápidamente. Tenía un plan. Había vuelto para destruir el mundo que los separó, y si para hacerlo tenía que quemarlo todo, incluyendo a la mujer que amaba, lo haría.
—Disfruta de la cena, Zhi Zhi —dijo él, volviendo a su tono profesional—. Porque después de esta noche, nada volverá a ser igual para ninguno de los presentes. Especialmente para la familia Zhao.
Zhi Zhi dejó caer la cuchara. El juego de poder apenas acababa de empezar, y ella se sentía como una reina que estaba a punto de perder su corona a manos del villano que una vez juró protegerla. El regreso del Rey no era un cuento de hadas; era una invasión. Y ella era la joya que él pensaba saquear.