Alessandro una muchacha con un triste pasado y un esposo que la odia.
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El peso de las esposas.
El amanecer en los Alpes fue de un azul eléctrico, cruel y hermoso a la vez. El rugido de las hélices de un helicóptero de rescate rompió finalmente el silencio de la cueva. Alessandra y Julián, entumecidos y agotados, salieron a la superficie con la esperanza de que el calvario había terminado. Pero al ver los uniformes de la Police Cantonale bajando por cuerdas antes que los médicos, Alessandra supo que la verdadera tormenta acababa de empezar.
El arresto bajo el flash
En cuanto sus pies tocaron el suelo firme del helipuerto en Berna, no hubo mantas térmicas ni café caliente. Hubo el sonido metálico y gélido de las esposas cerrándose sobre las muñecas de Alessandra.
—Alessandra Rossi, queda usted arrestada bajo el cargo de obstrucción a la justicia y sospecha de homicidio negligente en relación con el caso del internado alpino de 2016 —anunció un oficial con voz monótona.
Julián intentó abalanzarse sobre los agentes, pero dos policías lo retuvieron contra la pared del hangar.
—¡No pueden llevársela! ¡Ella no hizo nada! —gritaba él, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Tienen que investigar a su padre! ¡Él es el responsable!
Alessandra se giró lentamente. A pesar del cabello desordenado, la ropa sucia y las ojeras profundas, mantenía una elegancia trágica. Miró a Julián y, por primera vez, no hubo odio ni despecho en su mirada. Solo hubo una súplica silenciosa.
—Julián —dijo ella mientras la obligaban a subir a un coche patrulla—, no dejes que Isabella gane. Cuida de Blue Phoenix. Es lo único que nos queda para luchar.
La celda de cristal
El centro de detención era un edificio moderno, de paredes blancas y luces fluorescentes que nunca se apagaban. Alessandra fue despojada de su ropa de marca y de sus joyas. Le entregaron un uniforme gris que parecía borrar su identidad.
Mientras tanto, en las pantallas de la sala de espera, las noticias eran devastadoras. Isabella había filtrado las fotos a nivel mundial. El titular de la Gazzetta decía: "La salvadora de la industria es una fugitiva del pasado". La opinión pública, que ayer la admiraba por su éxito empresarial, hoy pedía su cabeza. La narrativa era perfecta: la "esposa despechada" que mató en su juventud y compró un marido para ocultar su rastro.
La promesa en el cristal
Horas después, a través de un cristal reforzado en la sala de visitas, Julián apareció. No se había bañado, todavía tenía restos de nieve en sus botas, pero sus ojos brillaban con una furia protectora que Alessandra jamás imaginó ver en él.
—Tengo a los mejores abogados de Europa volando hacia aquí —dijo él, pegando su mano al cristal—. He movido mis influencias. Nadie va a tocarte, Ale.
—Julián, Isabella tiene los archivos originales. Mi padre le dio todo antes de desaparecer —susurró ella, sintiendo el frío de la celda en sus huesos—. No hay forma de ganar si ellos declaran en mi contra. Mi propia sangre me va a enterrar.
—Entonces cambiaremos el juego —respondió Julián, bajando la voz—. Si ellos quieren sangre, les daremos la verdad. He descubierto que tu padre no desapareció solo. Se llevó los fondos de reserva de Isabella. La ha dejado en la ruina para salvarse él. En cuanto ella se dé cuenta de que su propio padre la traicionó, será ella quien lo entregue a él para salvarse. Solo necesito que aguantes un poco más.
Julián se acercó más al cristal, casi pegando sus labios a la superficie que los separaba.
—Me trataste como a un rey cuando yo te trataba como basura. Ahora me toca a mí ser tu escudo. Alessandra, te juro por mi vida que no volverás a dormir sola en una habitación fría. Ni aquí, ni en ninguna parte.
El giro inesperado
Justo cuando el guardia anunció que el tiempo de visita había terminado, un abogado de Blue Phoenix entró corriendo a la sala con un iPad en la mano.
—Señora, señor Julián... tienen que ver esto. Es una transmisión en vivo desde la mansión Rossi.
En la pantalla, se veía la mansión envuelta en llamas. Isabella estaba en el techo, gritando incoherencias, sosteniendo lo que parecía ser el sobre original de las pruebas. A su lado, el padre de Alessandra yacía en el suelo, aparentemente herido. Isabella se había vuelto loca al descubrir que su padre había intentado asesinarla para silenciarla.
—¡Si yo no tengo a Julián, nadie tendrá estas pruebas! —gritaba Isabella ante las cámaras de los helicópteros de prensa que sobrevolaban el lugar—. ¡Todo se quemará conmigo!
Alessandra se cubrió la boca con las manos. Sus pruebas de inocencia estaban ardiendo en manos de su propia hermana.