No murió por falta de latidos, sino por ausencia de valentía para sostenerlos.
El primer amor...el primer amor de Arya Rosenfeld fue eso, un amor cobarde.
Entonces porque ese amor cobarde luego de arruinar un vínculo que para Arya era tan importante como su vida misma, se atrevía a decirle que todo lo había hecho por ella.
August von Hohenberg, el primer amor de Arya Rosenfeld, no solo era cobarde. Era egoísta, mentiroso y completamente despreciable. Por eso Arya solo podía desear la "muerte al primer amor", no a la persona, sino a sus sentimientos.
Acompaña a Arya a recorrer un sinuoso camino, ¿logrará imponerse ante las adversidades? ¿logrará matar a ese primer amor? ¿logrará volver a confiar, volver a amar?
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Capitulo 14
Arya y August caminaron hasta encontrar un lugar adecuado para sentarse. El banco estaba ubicado en una de las zonas más tranquilas del patio, parcialmente oculto por la sombra de un viejo árbol cuyas ramas se extendían como un refugio natural. La luz se filtraba entre las hojas, dibujando fragmentos irregulares sobre la piedra y sobre ellos.
August se detuvo primero.
Arya lo imitó, sentándose con cuidado en el extremo del banco. La distancia entre ambos era apropiada. Prudente.
August, sin embargo, se acomodó un poco más cerca.
No lo suficiente para ser evidente.
Pero sí lo suficiente para que ella lo notara.
Arya volvió el rostro hacia él, preparándose para hablar.
—Entonces… ¿qué era lo que querías consu—
Su voz se desvaneció.
Había algo distinto en su expresión.
No era la serenidad habitual. No era la atención analítica que adoptaba cuando hablaban de estudios.
Era algo más suave. August sonrió.
—En realidad… —dijo con calma— fue una excusa.
El corazón de Arya dio un salto torpe dentro de su pecho.
—¿Una… excusa?
—Para estar a solas contigo.
El mundo pareció reducirse a ese instante.
Al sonido distante de otros estudiantes. Al movimiento leve de las hojas sobre ellos. A la cercanía de su voz.
Arya sintió el calor subir rápidamente por su cuello hasta sus mejillas.
No supo qué decir.
August la observó con una mezcla de timidez y determinación que no había mostrado antes.
—Te vi desde lejos —continuó—. Estabas hablando con von Greiffen.
—Parecías incómoda.
Hizo una pausa breve.
—Así que decidí intervenir.
Arya lo miró en silencio.
La sorpresa seguía allí.
Pero también algo más.
Algo cálido.
Una sonrisa apareció en sus labios antes de que pudiera detenerla.
—Gracias.
Fue una palabra simple.
Pero sincera.
August sintió cómo sus dedos, apoyados sobre el respaldo del banco, se tensaban levemente.
No apartó la mirada de ella.
No podía.
Había algo en esa sonrisa que lo desarmaba por completo.
Algo que hacía que cada esfuerzo de autocontrol se volviera inútil.
Desvió la vista apenas un segundo, como si necesitara recuperar el equilibrio.
—¿Cómo fueron tus vacaciones? —preguntó finalmente, su voz ligeramente más baja de lo habitual.
—Tranquilas —respondió ella—. Mi hermana se casó.
Sus ojos se suavizaron al recordarlo.
—Fue… extraño. Pero era lo que ella quería...
August asintió.
—Me hubiera gustado verte, de seguro te veías más encantadora arreglada para un día como ese.
La confesión salió sin filtro.
Tan repentina.
Tan sincera.
En ese instante parecía que no existía espacio que los separara.
Arya bajó la mirada un instante, observando sus propias manos sobre su regazo.
—Yo también hubiera querido eso —admitió en voz baja.
August sintió que su respiración se detenía.
Sus dedos, aún sobre el respaldo del banco, se movieron apenas.
El cabello oscuro de Arya caía en una línea suave sobre su espalda, brillante bajo la luz filtrada del sol.
Sin pensarlo demasiado, tomó un mechón entre sus dedos.
Fue un gesto casi inconsciente.
Ligero.
Cuidadoso.
El cabello era suave.
Más de lo que había imaginado.
Lo dejó deslizarse lentamente entre sus dedos, sin apartar los ojos de ella mientras hablaba.
Arya no se movió.
No lo detuvo.
Su corazón latía con fuerza suficiente para que temiera que él pudiera escucharlo.
En ese instante, ninguno de los dos era consciente de que no estaban solos.
En uno de los pasillos elevados que bordeaban el patio, un grupo de estudiantes de tercer año avanzaba con la elegancia ensayada de quienes estaban acostumbrados a ser observados.
Uniformes impecables. Posturas rectas. Conversaciones triviales.
Hasta que una de ellas se detuvo.
—Oh… miren eso ahí.
Silvana von Bauer señaló discretamente hacia el banco.
Las demás siguieron la dirección de su mirada.
Y lo vieron.
Silvana sonrió con interés mal disimulado y se inclinó ligeramente hacia la joven a su lado.
—Natalie… ¿sabías de esto?
Natalie von Steinbruck no respondió de inmediato.
Sus ojos se fijaron en la escena con precisión quirúrgica.
No en la imagen general.
En los detalles.
En la distancia entre ellos.
En la forma en que él estaba inclinado hacia ella.
En su expresión.
En su mano.
En cómo sus dedos sostenían el mechón oscuro del cabello de Arya.
En cómo lo dejaba deslizarse con una familiaridad que no pertenecía a simples compañeros.
En cómo no apartaba la mirada de ella.
No había duda.
No había ambigüedad.
August von Hohenberg estaba completamente absorto en esa joven.
Natalie no mostró reacción visible.
Pero sus ojos lo registraron todo.
Cada gesto.
Cada centímetro de cercanía.
Finalmente, habló.
—Se hace tarde para la clase de arte contemporáneo.
Su voz fue perfectamente neutral.
Controlada.
Como si no hubiera visto nada fuera de lo ordinario.
Se giró y continuó caminando.
Silvana la observó un instante, desconcertada.
Esa no era la reacción que esperaba.
Y, sin embargo, no insistió.
El resto del grupo la siguió.
Sus pasos se desvanecieron en el pasillo.
Abajo, en el banco, el mundo seguía existiendo en su propia dimensión.
Ajeno.
Suspendido.
El mechón de cabello que August había sostenido momentos antes ya no estaba entre sus dedos, pero la sensación de cercanía permanecía intacta, suspendida entre ambos como algo vivo.
August no apartó la mirada de Arya.
Había algo en su expresión que luchaba por salir.
Respiró con cuidado, como si las palabras que estaba a punto de decir exigieran una precisión absoluta.
—Estoy feliz de que hayas vuelto. De que esto... tú presencia sea real.
Arya sintió cómo su pecho se tensaba suavemente.
Pero él no terminó allí.
Sus dedos se cerraron un poco más sobre el borde del banco, una tensión apenas visible.
—Porque… —continuó, más bajo— durante las vacaciones, más de una vez pensé en que existía la posibilidad de que no volvieras.
El mundo pareció volverse más silencioso.
—Que eligieras quedarte en tu pueblo...
Su voz no tembló.
Pero la honestidad en ella era desnuda.
—Y me di cuenta de algo que no había querido admitir antes.
Hizo una pausa.
Sus ojos no se apartaron de los de ella.
—Que si no volvía a verte… no sabría cómo lidiar con eso.
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Arya sintió que algo cálido y vibrante se expandía dentro de su pecho, como si cada sílaba hubiera encontrado un lugar que no sabía que existía.
Era demasiado.
Demasiado directo.
Demasiado sincero.
Su primera reacción fue sonreír.
No porque tuviera una respuesta.
Sino porque no podía evitarlo.
Porque escucharlo decir aquello la hacía sentir vista de una forma que nunca antes había experimentado.
Y, sin embargo—
Responder con la misma claridad le resultaba difícil.
Porque una parte de ella aún no entendía cómo algo así podía ser real.
Cómo alguien como él podía mirarla de ese modo.
Cómo podía elegirla.
—Yo… —comenzó.
Pero su voz se desvaneció antes de tomar forma.
Sus dedos se entrelazaron suavemente sobre su regazo, una forma inconsciente de contener la intensidad de lo que sentía.
Quería decirle que ella también había pensado en él, aunque trato de evitarlo e incluso negarlo.
Que su ausencia había dejado un espacio silencioso en sus días.
Pero las palabras se resistían.
Se sentían demasiado vulnerables.
Demasiado irreversibles.
August no la presionó.
No parecía necesitar una respuesta inmediata.
La forma en que la miraba era suficiente.
Como si el simple hecho de que ella estuviera allí ya fuera una respuesta.
Pero no estaban solos.
No realmente.
A unos metros de distancia, oculto tras el tronco ancho de un árbol, alguien más estaba allí.
Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la corteza áspera, Edward había terminado su entrenamiento matutino hacía minutos, había llegado antes incluso que ellos.
Había elegido ese lugar por una razón simple.
Silencio. Nadie lo molestaba allí.
O eso había creído.
Al principio, no prestó atención.
Las voces eran solo ruido de fondo, hasta que distinguió las voces. Y algo en su tono lo obligó a escuchar.
No miró.
No lo necesitaba.
Podía imaginarlo.
La cercanía.
La forma en que él hablaba.
La forma en que ella escuchaba.
Cada palabra de August llegaba con una claridad insoportable.
“Si no volvía a verte… no sabría cómo lidiar con eso.”
Edward cerró los ojos un instante.
Por una incomodidad que no tenía nombre.
Era molesto.
Irracionalmente molesto.
Intentó ignorarlo.
Intentó bloquearlo.
Intentó convencerse de que no le importaba.
Pero las voces seguían allí.
Suaves.
Cercanas.
Exhaló con fuerza, abriendo los ojos.
Ya había tenido suficiente.
Se puso de pie con un movimiento fluido, sin preocuparse por el ruido que pudiera hacer.
—Molestos… —murmuró con frialdad.
La palabra fue suficiente.
Arya se tensó de inmediato.
Giró la cabeza.
Y lo vio.
El aire pareció desaparecer de sus pulmones.
No sabía cuánto había escuchado.
No sabía desde cuándo estaba allí.
Pero sabía que había sido suficiente.
La vergüenza la recorrió como una descarga súbita.
Aquello había sido íntimo.
Privado.
Y él lo había oído.
Edward no la miró.
Ni a ella.
Ni a August.
Simplemente comenzó a caminar, alejándose con la misma indiferencia impenetrable de siempre.
Como si nada de aquello le importara.
Como si ellos no existieran.
Pero Arya sintió algo más allá de la vergüenza.
Irritación.
Siempre igual.
Siempre frío.
Siempre arrogante.
Como si todo estuviera por debajo de él.
No dijo nada.
Pero su expresión se endureció apenas.
August, en cambio, sí habló.
—Eso sonó… —dijo con una calma peligrosa— como envidia.
Su tono no fue hostil.
Fue peor.
Fue burlón.
Ligero.
Edward no se detuvo.
No giró.
No respondió.
Ni siquiera reconoció la existencia de aquellas palabras.
Siguió caminando, hasta desaparecer.