Reencarné en el omega destinado a morir por amor.
Abandonado por el protagonista, incluso estando embarazado.
Esta vez no rogaré.
Me iré con mi hijo… y escribiré mi propio final feliz.
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Capítulo 21 — Donde no me quitan la voz
La mañana llegó con un rumor distinto en el barrio del río. No era el murmullo habitual de carretas y vendedores; era una vibración inquieta, como si la ciudad se hubiera levantado con un nudo en la garganta. Lysien lo notó antes de entenderlo. Caminó hacia la imprenta con el cuaderno apretado contra el pecho y esa intuición que se le había vuelto brújula.
En la esquina, dos vecinos hablaban en voz baja. Al verlo, callaron. No por miedo. Por incomodidad. Lysien no los presionó. Siguió caminando. Liderar no era arrancar confesiones; era leer el clima.
La imprenta tenía un papel clavado en la puerta. Un aviso oficial del consejo: “Revisión extraordinaria por posibles incumplimientos del protocolo.” La palabra “posibles” era una amenaza envuelta en burocracia. Lysien respiró hondo. No arrancó el papel. Lo leyó completo. Luego entró.
—Van a venir —dijo al impresor—. Hoy.
—Lo sabía —gruñó el hombre—. Alguien fue a hablar.
—No importa quién —respondió Lysien—. Importa cómo respondemos.
Organizó a los aprendices con calma. Reubicó tareas. Abrió ventanas. Colocó el protocolo a la vista, no como escudo, sino como invitación a la transparencia.
Cuando los funcionarios llegaron, no venían solos. Un asesor del duque Darian los acompañaba, la capa oscura marcando autoridad sin decirla. El aire se tensó.
—Hemos recibido denuncias —dijo el asesor—. Que aquí se exceden los límites permitidos para un omega en gestación.
Un murmullo recorrió la sala. Lysien dio un paso al frente. No se colocó entre el asesor y el impresor; se colocó al lado de su gente.
—Aquí no se excede nada —dijo—. Aquí se acuerda. Si hay dudas, revisamos juntos. A puerta abierta.
El asesor arqueó una ceja.
—No estás en posición de negociar.
—Estoy en posición de explicar —respondió Lysien—. Y de pedir que no conviertan el cuidado en castigo.
Kaelen llegó en ese momento. No se puso al frente. Se quedó atrás, cerca de la puerta, visible pero contenido. Lysien sintió su presencia como un ancla silenciosa. El latido del corazón se aceleró un poco. Las orejas le ardieron apenas. Bajó la mirada un segundo para recomponerse. En el aire, el aroma suave de jazmín y té negro asomó sin querer, una nota de felicidad nerviosa que Kaelen reconoció y guardó para sí.
—Muéstrenos el registro de pausas —pidió un funcionario.
Lysien lo hizo. Señaló las rotaciones, los descansos, las adaptaciones. Habló con claridad. No se disculpó por existir. Argumentó con datos y humanidad.
—No soy frágil por estar gestando —dijo—. Soy responsable por saber cuándo parar. Eso es madurez, no debilidad.
El asesor chasqueó la lengua.
—La política es clara.
—Las personas también —respondió Lysien—. Y la política que ignora personas se queda sin ciudad.
El silencio se volvió denso. Kaelen dio un paso al costado para que los vecinos se vieran. No habló. No interrumpió. Su apoyo era espacio.
Al final, los funcionarios se retiraron con promesas de “evaluar”. No fue victoria. Fue contención del daño. El barrio exhaló.
Afuera, el sol pegaba fuerte. Lysien salió a la plaza con las manos temblándole apenas. Kaelen se acercó, sin tocarlo.
—Hablaste con el pulso firme —dijo—. Eso… no es común.
Lysien soltó el aire. El corazón aún le latía rápido. El rubor subió de nuevo. Desvió la mirada, tímido.
—No estaba seguro de poder —admitió.
—Pudiste —respondió Kaelen—. Y no estuve al frente porque no era mi lugar.
Lysien lo miró, agradecido. El aroma de jazmín y té volvió a suavizar el aire, una liberación pequeña de feromonas de felicidad que Kaelen percibió con una sonrisa mínima. No la comentó. La honró con silencio.
Caminaron juntos hasta el río. Lysien se sentó. Apoyó las manos en el vientre.
—A veces me cansa ser fuerte —confesó.
—Ser fuerte no es no cansarse —dijo Kaelen—. Es decirlo sin desaparecer.
Lysien levantó la vista. El viento movió un mechón de cabello. Kaelen lo acomodó con el dorso de la mano sin tocar la piel, apenas rozando el aire. El gesto fue tan cuidadoso que a Lysien se le encendieron las orejas otra vez. El corazón le dio un salto corto.
—Vas a lograr que me acostumbre —murmuró.
—No quiero que te acostumbres —respondió Kaelen—. Quiero que lo elijas cada día.
El río siguió su curso. El barrio respiró. Y Lysien, con el pecho aún latiendo fuerte, eligió no ceder su voz ni su calor.
se dieron el picó tan anhelado 🤭
me encanta 💖 y ojalá en el próximo caputulo almenas le de un beso al pobre kaelen.
la evolución q a tenido es .uy buena a comparación con otras novelas de omegas q lloran y se sienten morir este me gusta y mucho
sigue así autora