"Nuestras familias se han odiado por generaciones, pero ahora, él tiene el poder de destruirme... o salvarme.
Mi padre cometió el error de su vida y la única forma de pagar la deuda es entregándome a Damian Volkov, el hombre más despiadado de la ciudad y mi rival desde la infancia. Él no quiere mi dinero; quiere mi libertad, mi obediencia y, sobre todo, quiere verme quebrada bajo su control.
Juré que lo odiaría hasta mi último aliento, pero en la oscuridad de su mansión, el deseo es una traición que no puedo controlar. Damian juega sucio, y yo... estoy empezando a disfrutar del castigo.
¿Podrá el odio sobrevivir a la pasión, o terminaré destruida por el hombre que juré jamás tocar?"
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El circulo de diamantes
A la mañana siguiente, Damian había recuperado su máscara de hierro. Se fue temprano a los muelles, dejando a Alessandra bajo una vigilancia reforzada. Stefan, que seguía rumiando su humillación, vio su oportunidad perfecta.
Entró en la habitación de Alessandra sin llamar. No traía alcohol, sino una caja de terciopelo azul marino.
—Damian olvidó darte este "pequeño detalle" —dijo Stefan con una sonrisa venenosa—. Lo recuperó de una de las casas de empeño de los Falier. Parece que tu padre estaba realmente corto de efectivo.
Stefan abrió la caja. Dentro, brillaba un anillo de diamantes espectacular. Era una pieza antigua, con un diamante central de una pureza asombrosa rodeado por una corona de piedras más pequeñas que capturaban cada rayo de luz. Era el anillo de compromiso de la madre de Alessandra.
—Mi padre... ¿lo empeñó? —la voz de Alessandra se quebró.
—Lo vendió por una miseria para cubrir una noche de mala suerte en el casino —continuó Stefan, disfrutando del impacto—. Damian lo compró hace tres días. Pero no te lo dio. ¿Sabes por qué? Porque está esperando a que pierdas toda esperanza. Quiere que veas que tu padre ya te vendió pieza por pieza, para que cuando él te ofrezca este anillo, te sientas obligada a besarle la mano como si fuera tu salvador.
El dolor fue una puñalada. Alessandra tomó el anillo; los diamantes estaban fríos, como el corazón de los hombres que la rodeaban.
Cuando Damian regresó por la tarde, entró en el salón y encontró a Alessandra esperándolo. Ella no lloraba; estaba envuelta en una furia helada. En cuanto lo vio, lanzó la caja de terciopelo sobre la mesa de mármol. El anillo saltó, brillando con una belleza cruel sobre el suelo.
—¿Es esto lo que soy para ti? —le gritó ella—. ¿Una colección de sobras que recuperas para recordarme que no tengo a nadie más que a ti? ¿Pensabas guardarlo hasta que yo estuviera lo suficientemente rota como para agradecértelo?
Damian miró el anillo y luego a Alessandra. Su rostro se endureció, ocultando el hecho de que realmente pensaba dárselo esa noche en un intento de paz.
—Si vas a estar bajo mi techo, prefiero que lleves diamantes de verdad y no las baratijas que tu padre pudo conservar —respondió él con una crueldad defensiva—. Si no lo quieres, tíralo al canal. Pero no esperes que te pida perdón por limpiar los restos del desastre de tu familia.
La distancia entre ellos se volvió un abismo de nuevo. Damian pasó por su lado sin recoger la joya, sus pasos resonando pesadamente sobre el mármol hasta que desapareció escaleras arriba. Alessandra se quedó sola en el centro del gran salón, con la respiración entrecortada y los puños apretados. Miró el anillo en el suelo; la luz del atardecer se filtraba por los ventanales, haciendo que los diamantes desprendieran destellos que parecían burlarse de su desgracia.
Se agachó lentamente para recoger la joya, no por avaricia, sino porque era lo último que quedaba de la madre que apenas recordaba. El frío del metal le recorrió los dedos, recordándole que en esa casa todo tenía un precio, incluso los recuerdos. Stefan observaba desde las sombras del pasillo con una satisfacción enferma, sabiendo que había logrado fracturar la mínima confianza que empezaba a germinar entre ellos. Alessandra apretó el anillo contra su palma hasta que el metal le marcó la piel, sintiéndose más mercancía que nunca. Caminó hacia el ventanal y observó las aguas oscuras del canal, preguntándose si su padre alguna vez pensó en ella mientras entregaba esa joya a los extraños. La mansión Volkov se sentía ahora como un mausoleo de lujo, y ella, la pieza de exhibición más valiosa y solitaria de todas.