Cassidy Boone era ladrona, pistolera y la mujer más buscada al oeste del Mississippi. Murió con una bala en la espalda por culpa de un imbécil y un reloj de oro.
Despertó en el siglo XXI.
En un hospital. En un cuerpo que no era el suyo. Noventa kilos, papada, moretones en los brazos y un tubo metido por la nariz.
El cuerpo pertenecía a Emilia Montero: heredera de un imperio millonario, casada con un hombre que la despreciaba, traicionada por su mejor amiga, y recién salida de un coma después de que alguien intentara matarla y lo hiciera parecer un suicidio.
Emilia se fue.
Lo que despertó en su lugar es mucho peor.
Cassidy no sabe usar un teléfono, no entiende qué es un EBITDA y le tiene desconfianza a los autos. Pero sabe leer mentirosos, sabe cuándo alguien esconde un as bajo la manga y sabe pelear sucio. Tiene doce meses para descubrir quién la quiso matar, recuperar la fortuna que le están robando y destruir al marido estafador y a la amiga trai
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CAPÍTULO 8: Sudor, hambre y el vecino.
A la mañana siguiente Cassidy se paró frente a las escaleras de la mansión y las miró como lo que eran: el enemigo.
Veinticuatro escalones de mármol blanco que separaban la planta baja del segundo piso. La primera vez que las subió casi se muere. La segunda fue igual. La tercera también. Pero Cassidy Boone no era de las que le huían a nada, y si este cuerpo iba a ser suyo, iba a funcionar como ella quisiera.
Subió.
Las rodillas crujieron en el quinto escalón. Los muslos le ardieron en el décimo. Para el quince estaba resoplando como caballo de carga y el sudor le bajaba por la nuca. En el veinte se agarró del barandal con las dos manos y subió los últimos cuatro con pura rabia.
Arriba. Respiró. Se dio la vuelta.
Bajó.
Y volvió a subir.
La segunda vez fue peor. La tercera fue un infierno. En la cuarta Lucía se asomó desde la cocina con cara de espanto.
—Señora, ¿qué está haciendo?
—Entrenando.
—¿En las escaleras?
—¿Ves un caballo por aquí para montar? Las escaleras sirven.
Hizo diez subidas. Diez bajadas. Al terminar se sentó en el último escalón con las piernas temblando, el pelo pegado a la cara y el corazón latiendo tan fuerte que lo sentía en los dientes. Le dolía todo. Los muslos, las pantorrillas, la espalda, las rodillas, los pies. El cuerpo entero le estaba gritando que parara.
No iba a parar.
Salió al jardín. Caminó. Diez vueltas alrededor de la fuente del ángel de mármol. No era mucho, pero para noventa kilos que llevaban años sin moverse más allá de la cocina, era una guerra.
En la sexta vuelta se detuvo, se sentó en uno de los sillones de exterior y se quedó mirando el cielo con los brazos abiertos y la respiración pesada.
Este cuerpo es un desastre, pensó. Pero no con desprecio. Con algo parecido a la ternura. Porque mientras estaba ahí sentada, sudando, jadeando, sintiendo cada músculo y cada hueso, se dio cuenta de algo.
Este cuerpo llevaba años sin sentir nada.
Nada bueno, al menos. Había sentido hambre, soledad, vergüenza, desprecio. Había sentido las bofetadas de Dorotea y el asco en los ojos de Sebastián. Había sentido el veneno bajando por la garganta y la oscuridad cerrándose.
Pero placer, deseo, contacto humano, que alguien la tocara con ganas y no con lástima... eso no. Eso hacía mucho. Los recuerdos de Emilia no tenían ni una sola noche de pasión, ni un beso real, ni siquiera un abrazo que no fuera de compromiso. Sebastián la había tocado las primeras semanas del matrimonio con la cara del que cumple un trámite, y después ni eso. Nada. Dos años de nada.
Y Cassidy... bueno. Cassidy Boone tampoco es que hubiera tenido una vida romántica de novela. En Arizona no había tiempo para el amor. Pero para el sexo sí. De vez en cuando, después de un buen golpe, cuando la adrenalina todavía le corría por las venas y la noche era larga, se enredaba con algún pistolero guapo en el cuarto de atrás de un saloon. Sin nombres. Sin promesas. Sin que ninguno de los dos pretendiera que era otra cosa. Le gustaban sucios, peligrosos y con las manos callosas de tanto jalar el gatillo. No duraban más de una noche y al amanecer cada uno agarraba su camino.
Pero eso fue hace una vida entera. Literalmente.
Este cuerpo necesita sentir algo que no sea dolor, pensó. Y yo también.
—¿Está bien?
La voz vino de la derecha. Por encima de la cerca que separaba la mansión de la casa vecina, asomaba un hombre. Treinta y tantos, pelo castaño revuelto, ojos color miel, mandíbula cuadrada y una sonrisa amable que no parecía ensayada. Llevaba una camiseta blanca y unos lentes de sol colgados del cuello. Brazos bronceados, hombros anchos, manos grandes.
Manos de cirujano, le susurraron los recuerdos de Emilia. Es médico. Se llama Daniel. Vive ahí hace un año. Emilia lo saludaba de lejos y él siempre le contestaba con amabilidad, que era más de lo que hacía el resto del mundo.
—Perdone que la moleste —dijo Daniel—, es que la vi dando vueltas por el jardín y quería asegurarme de que no se sintiera mal. Supe que estuvo en el hospital.
Cassidy lo miró de arriba abajo. Sin disimulo. Sin vergüenza. Lo escaneó como habría escaneado a un hombre en un saloon de Tombstone: los hombros, los brazos, las manos, la mandíbula, la boca.
No era su tipo. Demasiado limpio, demasiado amable, demasiado correcto. En Arizona no le habría dado ni la hora. Pero algo en esos ojos de miel y en esos hombros le calentó algo que llevaba mucho tiempo frío.
—Estoy bien —dijo—. ¿Quieres pasar a tomar algo?
Daniel parpadeó. No esperaba la invitación.
—Eh... claro. Sí. Déjeme dar la vuelta.
Tres minutos después estaba sentado en la sala de la mansión con una copa de vino tinto que Cassidy le sirvió de una botella que encontró en la cocina. Ella se sirvió otra. Se sentó frente a él, en el sofá grande, con las piernas estiradas y el sudor todavía secándose en la frente.
Hablaron. Daniel le contó que era médico, que trabajaba en un hospital cerca de ahí, que se había mudado al barrio hacía un año buscando tranquilidad. Cassidy lo escuchó con medio oído. La otra mitad estaba concentrada en cómo le quedaba la camiseta, en cómo movía las manos al hablar, en la forma en que la miraba sin asco, sin lástima, sin esa mueca que ponía todo el mundo al ver el cuerpo de Emilia.
La miraba como si la viera. Así de simple. Como si fuera una persona y no un problema.
—¿Y usted cómo se siente? —preguntó Daniel—. Después del hospital, digo. Porque un coma no es cualquier cosa, y si necesita alguna recomendación médica...
—Daniel.
—¿Sí?
—Cállate.
Le quitó la copa de la mano, la dejó en la mesa, le agarró la cara con las dos manos y lo besó.
No fue un beso suave. No fue un beso de telenovela con violines de fondo. Fue un beso hambriento, urgente, con los labios abiertos y todo el peso de una mujer que llevaba dos vidas sin que nadie la tocara con ganas. Daniel se quedó inmóvil medio segundo, sorprendido, y después le devolvió el beso con una intensidad que a Cassidy le aflojó las rodillas.
Ah, así que el doctorcito sabe besar. Bien.
Lo jaló del cuello de la camiseta y lo guió escaleras arriba. Daniel la siguió sin preguntar, sin protestar, con los ojos un poco desorbitados y la respiración agitada. Cassidy subió los veinticuatro escalones sin sentir ni uno. La adrenalina le ganó al cansancio.
Entraron a la habitación principal. La cama grande, la de sábanas blancas, la de Sebastián. La que él compartía con Andrea mientras Emilia dormía abajo en una cama de servicio.
Ahora es mía. Y la voy a estrenar como se me dé la gana.
Lo empujó sobre la cama. Daniel cayó de espaldas y la miró desde abajo con una mezcla de deseo y desconcierto que a Cassidy le pareció deliciosa.
—Oye, ¿estás segura de que...?
—¿Me ves cara de no estar segura?
Se quitó la blusa por la cabeza. Sin pudor. Sin taparse. Sin pedir perdón por cada rollo, cada marca, cada centímetro de piel que el mundo le había enseñado a Emilia a esconder. Daniel la miró y Cassidy esperó la mueca, el titubeo, la excusa para irse.
No llegó.
Lo que llegó fue él levantándose de la cama, poniéndole las manos en la cintura —las manos grandes, tibias, firmes— y besándole el cuello con una suavidad que le arrancó un escalofrío desde la nuca hasta la base de la espalda.
Ay, Dios.
Lo que siguió fue torpe al principio. El cuerpo de Emilia no era el de Cassidy: no se movía igual, no respondía igual, las caderas pesaban diferente y las piernas no se acomodaban donde ella quería. Pero Daniel tenía paciencia de médico y manos de quien sabe tocar sin romper, y Cassidy tenía la determinación de una mujer que no se rinde ante nada, ni siquiera ante su propio cuerpo.
Encontraron el ritmo.
Y cuando lo encontraron, Cassidy cerró los ojos y se olvidó de todo. Del Viejo Oeste, de Emilia, de Sebastián, de Andrea, de las escaleras, del EBITDA, de los buitres en la sala de juntas. Se olvidó de las dos vidas que cargaba encima y solo sintió. Piel contra piel. Calor. Peso. Las manos de Daniel recorriéndola como si cada curva fuera exactamente donde debía estar. Las caderas anchas que sirvieron para mucho más de lo que el mundo creía. La espalda arqueada, los dedos agarrados a las sábanas blancas, el placer subiéndole desde los muslos hasta la garganta como un incendio lento que reventó de golpe.
Fue intenso. Fue largo. Y cuando terminó, Cassidy se quedó boca arriba mirando el techo con el pecho subiendo y bajando y una sonrisa que no le cabía en la cara.
Dios santo. Hacía una eternidad.
Daniel estaba a su lado, sin aliento, con el pelo revuelto y la cara de un hombre que acaba de vivir algo que no esperaba y no sabe cómo procesarlo. La miraba con esos ojos de miel medio cerrados y la mano todavía en su cintura, el pulgar acariciándole la piel despacio, como si no quisiera que el momento terminara.
Cassidy se levantó de la cama.
Se vistió sin prisa. Sin taparse. Sin darle la espalda. Se puso la blusa, los pantalones, se pasó las manos por el pelo y se miró en el espejo del vestidor. Sudada, despeinada, con las mejillas rojas y los labios hinchados.
Me veo bien, pensó. Me veo viva.
Daniel se incorporó sobre un codo.
—Emilia...
—No te enamores —dijo Cassidy, sin girarse—. Fue solo sexo. Lo necesitaba y tú estabas ahí.
Lo miró por encima del hombro. Daniel tenía la boca abierta y los ojos de un hombre al que le acaban de meter un balazo y todavía no sabe por dónde le entró.
—Cierra la puerta al salir.
Salió de la habitación, bajó las escaleras —ahora sí le dolía todo, pero de una manera completamente diferente— y se fue a la cocina a servirse otro café con una sonrisa que no se le quitó en tres horas.
Lo que Cassidy no sabía, era que el hombre que acababa de dejar desnudo y confundido en la cama de Sebastián no era un simple médico vecino.
El Dr. Daniel Reyes Alcázar era el hijo único de Rodrigo Reyes Alcázar, fundador y presidente de Laboratorios Reyes, la farmacéutica más grande del país. Una fortuna que triplicaba la de los Montero. Daniel vivía en esa misión modesta porque odiaba la ostentación, manejaba un auto viejo porque le daba igual y trabajaba en un hospital público porque la medicina le importaba más que las acciones de papá.
Era un multimillonario disfrazado de hombre normal.
Y estaba sentado en la cama de la mansión Montero, desnudo, con la sábana enrollada en la cintura y los ojos clavados en la puerta por donde acababa de salir la mujer más brutal, directa e incomprensible que había conocido en su vida.
La mujer que lo había usado, disfrutado y mandado a la mierda sin pestañear.
Daniel se pasó la mano por la cara. Se rió solo. Una risa corta, incrédula.
—¿Qué acaba de pasar? —murmuró.
No lo sabía. Pero sabía una cosa: iba a volver a verla. Como fuera.
Porque en treinta y tres años de vida, con todas las mujeres que le habían caído encima por su apellido y su cuenta bancaria, ninguna lo había mirado como Emilia Montero. Ninguna lo había besado como si él fuera agua y ella llevara años en el desierto. Y ninguna, absolutamente ninguna, lo había echado de la cama después como si no valiera más que el rato.
Daniel Reyes se vistió despacio, bajó las escaleras de la mansión Montero con las piernas flojas y una sonrisa idiota, y salió por la puerta principal con una sola certeza:
Estaba jodido.
Completamente jodido, pero esa mujer debía ser completamente suya.
toy segura que Daniel en cuál querer situación elegirá a cassidi
Rodrigo Reyes tu hijo se pondrá en contra tuya.
Amo a Cassidy y a Daniel 💖💖💖💖💖