Adrián Varma es el CEO Omega de un imperio tecnológico; un hombre rubio y tierno que oculta su sensibilidad tras trajes impecables y un aroma a pino y toronja. Su mundo perfecto se sacude cuando conoce a Leo, un Alfa atractivo pero con graves dificultades económicas que sobrevive trabajando en lo que puede para salvar a su familia.
A diferencia de otros, Leo exhala un aroma a eucalipto seductor que es capaz de calmar el estrés de Adrián. Lo que comienza como una relación laboral se convierte en una conexión profunda donde el dinero no importa
NovelToon tiene autorización de Andy GZ para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: El Rastro de la Lluvia Seca
Adrián se quedó de pie en la sala de servidores durante lo que parecieron horas, aunque solo fueron segundos. El aire acondicionado seguía soplando, pero ya no se sentía estéril; el eucalipto de Leo se había quedado pegado a las rejillas de ventilación, burlándose de la pulcritud del CEO.
— "Turno de limpieza" —repitió Adrián en un susurro, y su propia toronja se volvió amarga, casi picante.
Era un insulto al talento. Aquel Alfa acababa de reescribir una secuencia de comandos de nivel senior en menos de diez minutos, y ahora se iba a fregar suelos. Sus instintos de Omega, normalmente dormidos bajo capas de lógica y ambición, estaban inquietos. No era solo el deseo de contratarlo; era una pulsión extraña de ver a ese Alfa en un lugar donde su aroma no oliera a cansancio.
Sacó su teléfono y marcó a su asistente, que esperaba fuera con el corazón en la garganta.
— Quiero el expediente completo de la empresa de servicios técnicos que enviaron a ese hombre —ordenó Adrián mientras salía del búnker. Su aroma a pino era ahora una ráfaga helada—. Y no me refiero a la empresa. Quiero el nombre real de "Leo", su dirección y su historial de seguridad. Ahora.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Leo corría para alcanzar el autobús. El olor a pino y toronja del Omega todavía estaba atrapado en las fibras de su sudadera vieja. Era un aroma de "clase alta", el tipo de olor que Leo solía asociar con gente que nunca había tenido que elegir entre pagar la luz o comprar comida.
Pero había algo más en ese Omega, algo que hacía que el eucalipto de Leo vibrara de una forma que no podía controlar. Debajo del poder y el dinero, el aroma del CEO tenía una nota de soledad tan pura que lo había dejado descolocado.
— Concéntrate, Leo —se regañó a sí mismo, apretando su mochila contra el pecho—. Los Omegas de ese calibre no ven a los Alfas como tú. Solo ven herramientas.
Llegó a su segundo trabajo: un gimnasio de mala muerte que necesitaba limpieza nocturna. Al entrar, el olor a sudor rancio de otros Alfas lo golpeó, y su instinto inmediatamente buscó el recuerdo del pino nevado de Adrián para limpiarse los pulmones. Era una reacción biológica ridícula. Él no tenía tiempo para enamoramientos de novela, tenía deudas que lo asfixiaban.
...Tres días después...
Adrián estaba sentado en su escritorio de cristal, mirando un archivo digital.
— Leo Valari. 26 años. Ex-estudiante de ingeniería de sistemas, dado de baja por falta de pago en el último semestre. Sin antecedentes penales. Tres trabajos activos: técnico de guardia, limpieza nocturna y repartidor los fines de semana.
Adrián golpeó la mesa con sus dedos largos. El aroma a toronja en la oficina se suavizó, dejando paso a un pino más cálido, pensativo. Leo vivía en un sector de la ciudad donde el asfalto estaba roto y las luces de la calle rara vez funcionaban.
Era un desperdicio. Un error en el código de la sociedad que Adrián, como programador, sentía la necesidad de corregir.
— Prepárame el coche —dijo Adrián por el intercomunicador—. Y cancela la cena con los inversores de la India. Tengo una "depuración" pendiente que hacer en persona.
Leo estaba terminando de descargar cajas en un callejón cuando un sedán negro, tan brillante que parecía fuera de lugar en ese barrio, se detuvo frente a él.
La puerta trasera se abrió y un aroma cítrico, potente y elegante, inundó el callejón, tapando el olor a basura y humedad. Adrián bajó del coche, luciendo un abrigo de lana que costaba más que todo el edificio de Leo.
— Te dije que tu código era basura, pero no dije que tú lo fueras —dijo Adrián, cruzándose de brazos. Su mirada recorrió la figura cansada de Leo, y por un momento, su pino se volvió dulce, casi protector—. Sube al coche, Leo. Tenemos que hablar de un contrato de verdad.
Leo sintió que su eucalipto se encendía, volviéndose ahumado por la sorpresa y el desafío.
— ¿Crees que puedes comprar a la gente solo porque tienes un aroma bonito y una cuenta bancaria, Varma?
— No te estoy comprando —respondió Adrián, dando un paso hacia adelante, dejando que sus feromonas envolvieran al Alfa como una invitación silenciosa—. Te estoy ofreciendo el control de mis sistemas. Y, si eres tan bueno como creo, quizá algo más.