Valentina Ríos huyó de la ciudad cinco años atrás con el corazón destrozado y un secreto que jamás pensó revelar.
Ahora ha regresado con su pequeño hijo, Leo, decidida a comenzar una nueva vida.
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Capítulo 6 — El heredero Montenegro
Adrián permaneció mirando la fotografía en su teléfono.
Leo.
Su pequeño rostro aparecía en aquella imagen, aparentemente tranquilo, sentado en un sofá que ninguno de ellos reconocía.
Valentina tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Quiero hablar con mi hijo.
Adrián levantó la mirada.
—Lo haremos.
—¿Cómo?
—Primero tenemos que pensar.
—¡No puedo pensar! ¡Es mi hijo!
Valentina golpeó la mesa con desesperación.
Adrián no respondió.
Sabía que cualquier palabra equivocada podía hacerla sentir peor.
En lugar de discutir, llamó a Daniel.
—Localiza el origen del mensaje.
—Ya estoy trabajando en ello.
—Necesito saber dónde está Leo.
—Entendido.
Adrián terminó la llamada.
Valentina lo observó.
—¿Realmente crees que puedes encontrarlo?
—Sí.
—¿Por qué?
Adrián sostuvo su mirada.
—Porque no voy a detenerme.
Ella apartó la mirada.
—No quiero perderlo.
—No lo vas a perder.
Valentina volvió a mirarlo.
Por primera vez, no vio al CEO arrogante que recordaba.
Vio a un hombre preocupado.
Un hombre que parecía sentir el mismo miedo que ella.
Daniel trabajaba rápidamente desde su computadora.
—Señor, tenemos una pista.
Adrián se acercó.
—¿Qué encontraste?
—La fotografía fue enviada desde un teléfono desechable.
—¿Ubicación?
—La señal duró apenas unos segundos.
Daniel señaló un mapa.
—Aquí.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué hay allí?
—Un antiguo almacén perteneciente a una empresa que alguna vez estuvo relacionada con su familia.
Valentina se acercó.
—¿La familia Montenegro?
Daniel asintió.
—Sí.
Ella miró a Adrián.
—¿Tu familia tiene un almacén abandonado?
—Varios.
—¿Quién tiene acceso?
Adrián pensó unos segundos.
—Sebastián.
El nombre hizo que Valentina sintiera un escalofrío.
—¿Tu primo?
—Sí.
—Entonces él tiene a Leo.
Adrián negó lentamente.
—No podemos asumirlo todavía.
—¡La fotografía fue enviada desde un lugar relacionado con tu familia!
—Precisamente por eso podría ser una trampa.
Daniel intervino:
—Señor, tenemos otra cosa.
—¿Qué?
—El vehículo que apareció frente al colegio fue registrado en una cámara de seguridad.
Mostró una fotografía.
Adrián la observó.
El automóvil era oscuro.
La matrícula apenas se distinguía.
Pero él la reconoció.
—Ese vehículo pertenece a Sebastián.
Valentina cerró los ojos.
—Tenemos que ir.
Adrián asintió.
—Sí.
El automóvil avanzó rápidamente por la ciudad.
Valentina permanecía en silencio.
Adrián conducía.
Después de varios minutos, ella habló.
—¿Por qué nunca me buscaste de verdad?
Adrián apretó las manos sobre el volante.
—Lo hice.
—No fue suficiente.
—No sabía dónde estabas.
—Podías haber hecho más.
Adrián la miró brevemente.
—¿Y tú?
Valentina bajó la mirada.
—Yo estaba intentando sobrevivir.
Aquella respuesta lo dejó sin palabras.
—¿Qué ocurrió aquella noche?
Valentina permaneció callada.
—Valentina.
—No quiero hablar de eso ahora.
—Tenemos que hacerlo algún día.
—Quizás.
Adrián respiró profundamente.
—Porque si alguien nos separó, quiero saber quién fue.
Ella lo miró.
—Yo también.
Llegaron al almacén.
El lugar estaba prácticamente abandonado.
Adrián bajó del automóvil.
—Quédate aquí.
Valentina negó con la cabeza.
—Voy contigo.
—Puede ser peligroso.
—Mi hijo está ahí.
Adrián no discutió.
Entraron.
El interior estaba oscuro y silencioso.
—¡Leo!
La voz de Valentina resonó por el lugar.
No hubo respuesta.
—¡Leo!
Entonces escucharon un ruido.
Un objeto cayó al suelo.
Valentina corrió hacia el sonido.
Pero solamente encontraron una silla vacía.
Sobre ella había un pequeño dibujo.
Valentina lo reconoció inmediatamente.
—Es de Leo.
Adrián tomó el papel.
Había tres personas dibujadas.
Valentina.
Leo.
Y un hombre alto.
—¿Soy yo? —preguntó Adrián.
Valentina lo miró.
—No lo sé.
En ese instante, escucharon pasos.
Adrián se volvió.
Una figura apareció al fondo del almacén.
—Llegaron antes de lo esperado.
Sebastián.
Valentina retrocedió.
Adrián avanzó.
—¿Dónde está Leo?
Sebastián sonrió.
—Siempre directo al punto.
—¿Dónde está mi hijo?
—¿Tu hijo?
Adrián endureció la mirada.
—No juegues conmigo.
Sebastián levantó las manos.
—Yo no tengo al niño.
Valentina dio un paso hacia él.
—¡Mientes!
—Pregúntale a tu querido CEO.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Sebastián sonrió.
—Pregúntale por qué su padre estaba tan interesado en ese niño antes de que naciera.
Adrián quedó inmóvil.
—¿Qué sabes?
—Mucho más de lo que imaginas.
Sebastián sacó un sobre y lo lanzó al suelo.
Adrián lo recogió.
Dentro había varios documentos.
Uno de ellos tenía el nombre de Valentina.
Otro, el de su padre.
Y el último…
el de Leo.
Adrián sintió que algo no estaba bien.
—¿Dónde está el niño?
Sebastián dio media vuelta.
—Si quieres encontrarlo, tendrás que descubrir quién comenzó todo.
Y desapareció por una puerta lateral.
De regreso en el automóvil, Adrián revisó los documentos.
Valentina estaba a su lado.
—¿Qué dicen?
—No lo sé todavía.
Adrián pasó varias páginas.
Entonces encontró una fotografía.
Era de cinco años atrás.
Valentina aparecía frente a un hospital.
Estaba embarazada.
Pero había alguien junto a ella.
Adrián acercó la fotografía.
—¿Quién es este hombre?
Valentina la tomó.
Su rostro cambió.
—No puede ser.
—¿Lo conoces?
Ella negó lentamente.
—No.
Adrián observó la fotografía.
—Entonces, ¿por qué estaba contigo?
Valentina comenzó a recordar.
La noche.
El hospital.
El miedo.
Y una voz que había escuchado justo antes de desaparecer.
—Yo…
Se llevó una mano a la cabeza.
—Recuerdo algo.
Adrián se acercó.
—¿Qué?
—Cuando estaba en el hospital… alguien me dijo que debía marcharme.
—¿Quién?
Valentina cerró los ojos.
—No lo sé.
—Piensa.
—Era una mujer.
Adrián sintió un escalofrío.
—¿Cómo era?
Valentina intentó recordar.
—No pude verle bien el rostro.
Entonces abrió los ojos.
—Pero llevaba un anillo.
—¿Qué clase de anillo?
Valentina miró nuevamente la fotografía.
—Uno con el escudo de los Montenegro.
Adrián quedó completamente inmóvil.
Esa noche, Victoria estaba en su habitación cuando recibió una llamada.
—¿Ya lo sabe?
—Todavía no —respondió.
—Entonces tienes poco tiempo.
Victoria apretó el teléfono.
—No puedo seguir ocultándolo.
—Tienes que hacerlo.
—Es mi hijo.
—Y también es el futuro de esta familia.
Victoria cerró los ojos.
—¿Y si Adrián descubre quién estuvo detrás de todo?
La voz respondió:
—Entonces todos caeremos.
La llamada terminó.
Victoria miró una vieja fotografía familiar.
En ella aparecían Adrián de niño, su padre…
y una mujer que había desaparecido de la familia muchos años atrás.
Una mujer cuyo rostro Adrián no recordaba.
A la mañana siguiente, Adrián recibió los resultados de una prueba que había solicitado discretamente.
Daniel entró en su oficina.
—Señor Montenegro.
Adrián levantó la mirada.
—Dime.
Daniel colocó un sobre sobre el escritorio.
—Llegaron los resultados.
Adrián permaneció inmóvil.
Durante unos segundos no se atrevió a abrirlo.
Finalmente tomó el documento.
Sus ojos recorrieron la primera página.
Después la segunda.
Y cuando llegó a la conclusión, dejó de respirar por un instante.
Daniel no dijo nada.
Adrián cerró los ojos.
Una lágrima silenciosa recorrió su rostro.
—Es mi hijo.
Por primera vez, el poderoso CEO no parecía un hombre que lo tenía todo.
Parecía simplemente un padre que acababa de descubrir cuánto tiempo había perdido.
Tomó la fotografía de Leo.
—Cinco años…
Su voz se quebró.
—Cinco años sin saber que existías.
Pero entonces llegó un mensaje.
“Ahora que sabes que es tu hijo, tendrás que elegir.”
Adrián abrió el mensaje siguiente.
Era una fotografía de Leo.
Debajo aparecía una frase:
“Tu hijo o tu imperio.”
Adrián apretó el teléfono.
Y tomó una decisión.
—Pueden quedarse con todo.
Daniel lo miró sorprendido.
Adrián levantó la mirada.
—Yo voy a recuperar a mi hijo.