Esta es la historia de Alejo, quien acaba de perder al amor de su vida.
Con el corazón roto, intenta comprender cómo seguir adelante cuando Santiago, la persona con la que imaginó compartir sus días, ya no está.
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Volvía al sur.
Tras cinco largos años de estudio, por fin me había recibido. Terminé mi carrera con notas muy por debajo del promedio de mis primeros años. No fui al acto de colación, falté a la despedida y solo me encerré por días en mi casa, sin atender el teléfono.
Para ese entonces ya era algo normal. Todos sabían que hacía un año no era yo. Algo había cambiado, no me sentía yo. Había dejado de juntarme con los chicos en la plaza, ya no iba a las cenas y mucho menos a las salidas nocturnas; siempre encontraba una excusa. Y todos me permitían mentir, no preguntaban nada. Porque hasta yo me veía en el espejo y sabía que algo no andaba para nada bien.
Daba lástima. Me daba lástima yo mismo. Había perdido mucho peso en los últimos meses, ya no tenía ese brillo en los ojos, estaba como apagado, y casi no hablaba en la universidad.
Respeté ese pacto de silencio, ese por el cual no podía contar nuestra historia. Así que solo estaba triste, sin poder hablarlo con nadie. Ciro, que había sido la única persona que supo sobre nosotros, se había tomado un año sabático y estaba de viaje por el norte del país. Aunque nos escribíamos seguido, no quería amargarlo con mis dramas. Él había ahorrado mucho para hacer ese viaje y lo venía planeando hacía años; no podía siquiera pensar en arruinar algo tan mágico.
Hacía un poco más de un año te había cruzado. Ese día en el colectivo, cuando me enteré de que ibas a ser papá. No porque lo hayas dicho, sino por la panza de embarazo que ya se le notaba a tu novia. Supe por unos compañeros tuyos que habías tenido un nene, pero que tu relación había terminado antes de que naciera el bebé. Después no supe nada más. Jamás le pregunté a nadie. Así como jamás volví a hablar con vos.
Después de la vez que te crucé, borré tu número. Igualmente cambié mi número de celular, por si intentabas contactarme. Y me mudé, para no tener que verte ni cruzarte en el colectivo ni en ningún otro lado.
Todo resultó mejor de lo pensado. En todo ese tiempo no hubo visitas, charlas ni mensajes. Nada. Pero aún estabas ahí, presente en mi día a día. Te pensaba más de lo que hubiera querido.
Tras un mes y unas semanas de haber terminado la universidad, decidí volver al sur, a mi casa. A mi pueblo. Lejos de vos.
Un día cualquiera me desperté como exaltado, con ganas de irme, de darle un fin a todo esto. Y así lo hice: para la tarde ya tenía casi todo listo.
Ya era de noche y yo estaba en la terminal de colectivos, esperando el mío. Iba a hacer parte del trayecto en colectivo y parte en avión; como saqué los boletos a último momento, era lo que había conseguido.
Al subirme al colectivo me senté, recosté el asiento y corrí la cortina para no ver a los familiares y amigos que iban a despedir a sus seres queridos. Me puse a ver unas fotos en mi celular, esperando a que mi viaje comenzara.
Recuerdo sentirme muy angustiado, melancólico. Había pasado mis últimos años de juventud en esa ciudad, lejos de mi hogar. Estudié, hice nuevos amigos, me mudé, conocí lugares nuevos, probé nuevas comidas. Hice de todo en esos cinco eternos años. Y sí, me enamoré de vos. Y ya me costaba admitirlo.
El colectivo empezó a recorrer por última vez las calles de esa ciudad que me había recibido en mis años de universidad. Me puse los auriculares, le di play y empezó a sonar "Goodbye My Lover" de James Blunt.
Subimos a la avenida. Creí que íbamos a salir por otro camino hacia la ruta, pero no. Estábamos sobre la avenida que pasaba por la esquina de tu departamento. No sé por qué, pero conté las cuadras, como en mi primer día de clases, hasta la esquina donde vivías.
Miré detenidamente, rogando que el colectivo disminuyera su velocidad. Y allá estabas, en el balcón del cuarto piso, fumando un cigarrillo, con tu remera de dormir —esa que una vez te regalé—, mirando el cielo. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas.
Agité mi mano con fuerza, como saludándote, como despidiéndote. Ni siquiera me viste, como el primer día que te conocí. Empecé a reír a carcajadas, porque me acordaba de ese primer día, del boleto que te pagué sin conocerte, de las llaves y de que no me habías dado ni las gracias. Reí hasta el llanto.
Lloré en silencio toda la madrugada en el colectivo. Por mí, por vos, por nosotros. Por la vida que dejaba atrás, por haberme recibido y por volver a mi ciudad. Por el pasado, el presente y el futuro incierto.
Ese viaje en colectivo era algo que necesitaba. Había dormido muy poco y casi no comí, pero pude pensar mucho, llorar y soltar. O al menos eso sentí. Sentí que estaba muy aliviado. No me había sentido así en meses.
Y juro que creí que ese era el final. No el que yo hubiera querido, pero pensé que era el final. Me propuse no volver nunca más, dejarte atrás y seguir adelante.
Pero la vida es caprichosa, y pocas veces nos lleva donde queremos…
o donde creemos que vamos a terminar.