Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Tacos, vectores y paraguas compartidos
Salir del imponente edificio del Bufete Galvis a las siete de la tarde se sintió como salir de una cámara de presurización después de una misión espacial de doce horas. Sandra Bautista exhaló un suspiro largo y ruidoso, ajustándose el bolso de cuero sintético al hombro. Sus pies, que esa mañana estaban perfectamente embalados en unos tacones de media altura que prometían elegancia pero entregaban tortura pura, ahora pedían a gritos una amnistía inmediata y un masaje con piedras calientes.
Caminó tres cuadras hacia el sur, dejando atrás la zona financiera de cristal y acero, hasta llegar a la calle donde el olor a cilantro, carne asada, cebolla picada y tortilla recién hecha reinaba supremo. El ruido de los comales y las voces de los taqueros eran la banda sonora de su verdadera vida, el antídoto perfecto contra el silencio estéril y las miradas juzgadoras del bufete.
—¡Por fin! Pensé que te habían secuestrado y te estaban obligando a memorizar el Código Civil de memoria en un sótano sin luz —dijo una voz conocida y profundamente reconfortante.
Diego Sosa estaba sentado en una mesa de plástico rojo de la taquería El Padrino. Frente a él, además de una cerveza oscura destapada, había una tablet con un lápiz óptico y un boceto a medio terminar de lo que parecía ser el logo de una cafetería. Llevaba unos jeans oscuros con manchas de tinta casi imperceptibles, una camiseta negra básica que resaltaba demasiado bien la amplitud de su pecho y los auriculares colgados del cuello.
Diego era diseñador gráfico, un genio creativo que trabajaba desde casa porque, según sus propias palabras, "las oficinas matan la inspiración y el aire acondicionado me reseca los ojos". Conocía cada uno de los trucos de Photoshop, podía pasar catorce horas seguidas frente a la pantalla discutiendo con clientes indecisos y era, objetivamente, el mejor amigo del mundo.
—Peor —dijo Sandra, dejándose caer en la silla de plástico enfrente de él con un gemido de alivio. Empujó suavemente la tablet para hacer espacio a los platos—. Me asignaron tres expedientes de fusión que parecen novelas rusas, me presentaron a un socio junior que viene de Madrid que habla como si recitara poesía, y creo que me bebí cuatro tazas de café de máquina que saben a batería de auto robado.
Diego soltó una carcajada, guardando la tablet en su mochila de lona con un movimiento ágil. —Voy a tener que empezar a dejar de apostar a tu favor. Dime que el tal Julián resultó ser un desastre. Dime que se le cayó el café en la camisa o que tiene un currículum falso y en realidad es un actor de telenovelas en huelga.
Sandra rodó los ojos, pero no pudo evitar sonreír. El taquero les trajo los tacos en un plato de aluminio y Sandra atacó el primero con un hambre feroz, ignorando por completo la etiqueta de "abogada junior del Bufete Galvis". —No seas malvado, Diego. Julián es... eficiente. Muy eficiente. Sabe exactamente qué decir en las reuniones, no se intimida con el licenciado Galvis y, para ser un "galán de telenovela", es sorprendentemente accesible. Hoy me explicó un concepto de derecho mercantil que no entendía usando una analogía con el Monopoly. Fue brillante.
Diego masticó su taco lentamente, con la mirada fija en la mesa de plástico, como si estuviera leyendo las manchas de grasa y encontrando los secretos del universo. —¿Una analogía con el Monopoly? —repitió, con un tono que sonaba peligrosamente escéptico y un poco más alto de lo necesario—. Qué original. Seguro la próxima semana te va a enseñar a hacer aviones de papel con las demandas y te va a pedir que le planches los pantalones.
Sandra lo miró, entrecerrando los ojos. Dejó el taco a medio comer. —¿Por qué dices eso con ese tono?
—¿Qué tono? —preguntó Diego, abriendo los ojos con una inocencia fingida que no le llegaba ni a las rodillas—. Es solo que me parece sospechoso. Nadie es perfecto, Sandra. Si es tan encantador, inteligente y encima sabe de derecho, algo esconde. Probablemente sea un asesino en serie. O colecciona muñecos de porcelana antiguos y los viste los domingos. Yo lo sé, los clientes que parecen perfectos siempre son los que te piden que les pongas el logo "más grande, pero que también respire".
Sandra soltó una risotada, limpiándose la esquina de la boca con una servilleta de papel del dispensador. —Eres ridículo. Estás celoso porque tu teoría de que "todos los hombres de traje son idiotas arrogantes" se está desmoronando con un solo ejemplo. Y no te quejes de tus clientes; al menos tú trabajas en pijama desde tu casa. Yo tuve que usar esta armadura de poliéster todo el día.
—No estoy celoso —respondió Diego rápidamente, levantando las manos en señal de rendición, aunque su mandíbula se tensó un milímetro, traicionándolo—. Solo soy un amigo protector. Alguien tiene que vigilar que no te enamores del primer tipo con cara de haberse lavado la cara con agua de rosas y que te rompa el corazón. Además, tú y yo sabemos que tú tienes un radar muy malo para los hombres. Recuerda lo de Kevin.
—¡Kevin fue en la prepa y tenía una banda de punk que tocaba peor de lo que hablaba! —protestó Sandra, lanzándole una servilleta arrugada que él atrapó al vuelo con reflejos de atleta.
Terminaron de cenar entre bromas, anécdotas de la universidad y quejas sobre sus respectivos jefes. La comodidad entre ellos era absoluta; no había necesidad de llenar los silencios, ni de fingir modales. Diego le contó sobre su nuevo cliente, una tienda de mascotas que quería un logo "que gritara lujo, pero que fuera amigable para los perros", y Sandra se burló de la contradicción.
Cuando pagaron la cuenta, salieron a la calle. La noche estaba fresca y había empezado a lloviznar, ese tipo de llovizna fina y fría de la ciudad que no te empapa de inmediato, pero te eriza la piel y te mete el frío hasta los huesos.
—Quédate bajo mi paraguas, abogada, que te vas a resfriar y luego me culpas a mí por no prestarte mi suéter y me tienes de enfermero todo el fin de semana —dijo Diego, abriendo un paraguas negro grande y acercándolo sobre ella.
Caminaron las cuatro cuadras hacia el departamento de Sandra. El paraguas era amplio, pero Diego lo inclinaba casi exclusivamente hacia ella, dejando su propio hombro derecho expuesto a la lluvia. Ella lo notó, como siempre lo notaba. Diego siempre se aseguraba de que ella estuviera cómoda, de que comiera primero, de que no le faltara nada, de que no se mojara. Era un cuidador nato, y a veces eso la hacía sentir tan protegida que le dolía el pecho.
—Te estás mojando, idiota —murmuró ella, rozando su brazo con el de él para darle las gracias, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la chaqueta de mezclilla.
—Está bien, soy diseñador, no modelo de pasarela. Si me arruino el peinado, mis clientes no notarán la diferencia —respondió él, con la voz un poco más suave de lo habitual, mirando hacia el frente, esquivando los charcos.
Llegaron a la puerta del edificio de Sandra. Era un edificio antiguo, de ladrillo visto, sin la intimidante seguridad de mármol del Bufete Galvis, pero era su hogar. Diego sacudió el paraguas antes de cerrarlo y la miró. Por un segundo, el ruido de la ciudad, los autos pasando por los charcos y las sirenas a lo lejos, pareció apagarse.
Diego levantó la mano y, con una delicadeza que contrastaba con su tamaño y su fuerza, apartó un mechón de cabello mojado de la cara de Sandra. Sus dedos rozaron su mejilla, y un escalofrío que no tenía nada que ver con la lluvia bajó por la columna de ella. Su corazón dio un vuelco extraño, un salto que no reconoció y que la asustó.
—Tienes un poco de salsa en la cara —dijo él, con una sonrisa pequeña, casi tímida, dejando caer la mano rápidamente y metiéndola en el bolsillo de su pantalón como si la tela de su propia ropa quemara.
Sandra parpadeó, sacudiendo la cabeza para despejar la extraña sensación en su pecho, el calor que le subía por el cuello. No lo arruines, Sandra, se advirtió a sí misma, respirando hondo. Diego es guapo, exitoso y podría tener a la mujer que quisiera. Si te dejas sentir algo, vas a perder la única amistad real y segura que tienes en la vida. Los chicos como él no se enamoran de la amiga graciosa y gordita. Mejor me quedo en mi lugar.
—Eres un desastre, Diego —dijo ella, empujando la puerta del edificio para ocultar su rostro sonrojado y la respiración un poco agitada—. Ve a tu casa, hueles a cebolla cruda y a grasa de taco, y seguro tu cliente de las mascotas te está esperando.
—Tú primero, abogada. Mañana tienes que volver a la cueva de los tiburones del Bufete Galvis y necesitas oler a lavanda —dijo él, dándole un apretón suave en el hombro antes de soltarla.
—¿No vas a subir a tomar un té? —preguntó ella, sorprendiéndose a sí misma.
Diego sonrió, esa sonrisa de medio lado que siempre la desarmaba, y señaló la lluvia que empezaba a caer con más fuerza. —Hoy no, San. Tengo que terminar los vectores del logo antes de que el dueño de la tienda de mascotas decida que quiere un logo con huellitas neón. Nos vemos mañana, ¿vale?
—Sí, está bien. Que descanses, Diego.
Sandra lo vio alejarse bajo la llovizna, con las manos en los bolsillos y el hombro de la chaqueta visiblemente mojado, hasta que su figura se perdió en la esquina. Se quedó en el vestíbulo un segundo más, con el corazón latiendo a un ritmo descompasado.
Mientras subían las escaleras hacia su departamento, Sandra pensó en Julián, en su eficiencia, su acento y su sonrisa fácil. Pero mientras escuchaba los pasos pesados y familiares de Diego detrás de ella, supo que, sin importar lo encantador que fuera el nuevo socio junior, nadie en esa ciudad sabía cómo le gustaba el café, ni cómo quitarle el estrés, ni cómo hacerla sentir en casa como lo hacía Diego.
Detrás de ella, Diego caminaba en silencio. Su mano, la que acababa de tocar la mejilla de Sandra, le ardía dentro del bolsillo de su pantalón. Había querido besarla. Había querido cruzar esa línea maldita que los separaba desde los siete años. Pero el pánico a que ella lo mirara con lástima, a que se sintiera incómoda y a perderla para siempre, lo había paralizado. Algún día, pensó, tragando saliva. Algún día me atreveré.