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HASTA QUE SEAS MÍA

HASTA QUE SEAS MÍA

Status: En proceso
Genre:Matrimonio contratado / Posesivo / Divorcio
Popularitas:3.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Enn Gómez

Isabella Mason creyó que su matrimonio con Alan sería para siempre.

Lo amó, lo apoyó cuando no tenía nada y permaneció a su lado mientras él construía la vida que siempre quiso. Pero con el éxito llegaron la distancia, la ambición y la certeza de que amar a alguien no siempre significa ser suficiente para quedarse.

Cuando su matrimonio se derrumba, Alexander Blackwood aparece con una propuesta imposible: divorciarse y casarse con él.

Alexander está a punto de anunciar su candidatura presidencial. Isabella necesita empezar de nuevo.

El acuerdo parece sencillo.

Hasta que deja de serlo.

Porque Alexander Blackwood nunca entra en una historia por casualidad.

NovelToon tiene autorización de Enn Gómez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Lo miré durante varios segundos, esperando que dijera algo más. Que se riera. Que aclarara que se trataba de una broma de muy mal gusto.

No lo hizo.

—No —respondí, porque era lo único que lograba articular.

Alexander apenas inclinó la cabeza.

—Todavía no te he explicado nada.

—No necesito una explicación, Alexander. Necesito que entiendas que esto no tiene sentido. Estoy casada.

—Porque todavía no has firmado los papeles del divorcio.

Sentí que se me erizaba la piel. Lo miré con atención.

—¿Cómo sabes eso?

Él no respondió de inmediato, y ese segundo de silencio fue suficiente.

—Me investigaste.

—Confirmé algunas cosas antes de venir.

—Eso es lo mismo que investigarme.

—Necesitaba saber si legalmente era siquiera posible hacerte esta propuesta.

Solté una risa breve, incrédula.

—Podías preguntarme a mí. En persona. Como hace cualquier persona normal.

—Y lo estoy haciendo ahora.

—Después de averiguarlo tú solo.

Alexander no lo negó.

—Sí.

La facilidad con la que lo admitió, sin un rastro de incomodidad, me hizo enojar más que el hecho en sí.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? Que ni siquiera te importa que a mí me moleste.

—Me importa.

—No lo parece.

—Que te moleste no significa que vaya a fingir que me arrepiento de algo que consideré necesario.

Lo miré, incapaz de creerlo.

—Eso es exactamente lo que está mal contigo, Alexander. Crees que si algo te parece necesario, automáticamente tienes derecho a hacerlo.

Alexander sostuvo mi mirada durante un segundo. Después, una sombra de sonrisa apareció en su boca.

—Veo que todavía me conoces bastante bien.

—No era un cumplido.

—No necesito que lo sea.

Es un idiota

—De todas formas, no voy a casarme contigo.

La sonrisa desapareció.

—Todavía no sabes lo que estoy ofreciéndote.

—No necesito saberlo.

—Eso es bastante poco inteligente viniendo de ti.

—Y pedirle matrimonio a una mujer casada a la que no ves desde hace años es perfectamente razonable, supongo.

—No estás casada porque quieras seguir estándolo.

—Ese no es el punto.

—Entonces dime cuál es.

Solté el aire con frustración.

—El punto es que esto es absurdo.

Alexander esperó. No me apresuró. Y aquello, por alguna razón, me irritó todavía más.

—Mírate —dije finalmente—. Eres Alexander Blackwood.

—Gracias por recordármelo —dijo, arqueando una ceja.

—Sabes a qué me refiero.

—No. Explícame.

Su tono era demasiado tranquilo.

—Podrías casarte con quien quisieras.

—Podría.

—Exactamente. Debe haber cientos de mujeres que aceptarían sin pensarlo. Mujeres con carreras impecables, familias perfectas, sin divorcios pendientes, sin exmaridos que puedan convertirse en un problema para una campaña.

Alexander permaneció en silencio.

—Y muchas de ellas estarían encantadas de ser tu esposa de verdad —continué—. No por un acuerdo. No por estrategia. Porque quieran estar contigo.

—¿Y?

—¿Cómo que "y"? —fruncí el ceño.

—Todavía no has explicado por qué eso debería importarme.

—Porque yo no soy ninguna de ellas —dije, abriendo una mano entre nosotros.

Su expresión empezó a cambiar.

—Tengo veinticinco años. Estoy en pleno divorcio. No tengo una carrera real que pueda mostrar. Trabajé durante años en una empresa que legalmente no me pertenece y en la que mi nombre ni siquiera aparece. No tengo experiencia política ni una reputación pública impecable.

Su mandíbula se tensó, pero seguí.

—Y trabajo de mesera.

—Eso no tiene absolutamente nada de malo.

—No dije que lo tuviera.

—Entonces no lo uses como si fuera algo que te hace menos.

—Estoy hablando de lo que te conviene, Alexander.

—No. —Su voz cambió; ya no había humor en ella—. Estás hablando de lo que crees que vales.

Me quedé callada.

—No es lo mismo —insistí. —Estoy siendo realista.

Alexander dio un paso hacia mí.

—Eres Isabella Mason.

—¿Y eso qué se supone que significa?

—Que parece que llevas demasiado tiempo escuchando a tu marido si ya olvidaste quién eres.

La frase me golpeó.

—Alan no tiene nada que ver con esto.

—Claro —dijo, con una ceja arqueada y el sarcasmo evidente en cada sílaba—. Supongo que es una coincidencia que la Isabella Mason que conocí creyera que podía hacer cualquier cosa que se propusiera, y la mujer que tengo delante ahora lleve cinco minutos explicándome por qué no es suficiente para casarse conmigo.

Apreté la mandíbula.

—No estoy diciendo que no sea suficiente.

—Acabas de entregarme una lista bastante completa.

—Estoy diciendo que hay mujeres que te convienen más.

—Eso lo decido yo.

La firmeza de su respuesta me hizo guardar silencio.

—No vuelvas a pararte frente a mí y decirme qué mujer debería querer.

—No estoy decidiendo por ti.

—Acabas de hacerlo.

—Alexander...

—Tú no sabes qué quiero de ninguna de esas mujeres. —Su voz seguía baja, controlada, pero había enojo debajo—. No sabes si me interesa conocerlas, si quiero sentarme durante seis meses en cenas absurdas intentando descubrir cuál de ellas puede soportarme, o si tengo la menor intención de casarme con una desconocida solo porque alguien considere impecable su currículum.

No supe qué responder.

—Te conozco desde antes de que Alan supiera siquiera quién eras —continuó—. Y sé exactamente quién eres, Isabella.

Algo en mi pecho se tensó bajo el peso de su mirada.

—Tienes un título universitario. Ayudaste a construir una empresa poco prometedora. Dejaste una vida entera de comodidad por un hombre en quien creías y aprendiste a vivir sin el dinero de tu familia porque decidiste apostar por él. Y cuando ese matrimonio se vino abajo no regresaste corriendo a casa para que tus padres te resolvieran la vida.

Su mirada bajó apenas hacia mi bolso, hacia el delantal que sabía que llevaba dentro.

—Conseguiste un trabajo. Y todavía tienes la audacia de explicarme que no has hecho nada significativo con tu vida.

Tragué saliva.

—No estoy intentando impresionarte.

—Ese es exactamente el problema.

—¿Qué?

—Que crees que necesito que lo hagas. —Dio otro paso hacia mí—. Casarte con el hombre equivocado no te convirtió de repente en una mujer menos valiosa.

No supe qué responder. Alexander me observó durante unos segundos.

—Aunque debo reconocer que Alan hizo un trabajo impresionante si consiguió convencerte de lo contrario.

—No me convenció de nada.

—Entonces deja de hacerle el trabajo gratis.

Eso sí me dejó callada. Una parte de mí quiso enfadarse. Otra sabía perfectamente por qué aquella frase había dolido.

—No necesitas defenderme de él.

—No lo estoy haciendo.

—Acabas de insultarlo.

—No utilicé ninguna palabra ofensiva.

—No hacía falta.

La comisura de su boca se levantó apenas.

—Con Alan intento contenerme.

Una risa quiso escapárseme. La reprimí.

—Tu esposo tuvo la fortuna de tenerte durante años y decidió que una empresa era más importante —siguió, con una sombra de desprecio cruzándole la expresión—. Con el tiempo va a entender que fue la peor decisión de negocios que tomó en toda su vida.

Esta vez sí solté una pequeña risa.

—Solo tú podrías convertir mi divorcio en un error empresarial.

—Estoy hablando en un idioma que él eventualmente entenderá.

Negué con la cabeza.

—Eres terrible.

—A veces.

El silencio entre nosotros cambió. Seguía enfadada con él, pero ya no por las mismas razones.

Alexander recuperó la seriedad, como si acabara de recordar que todavía quedaba la parte más importante de la conversación.

—Ahora —dijo— permíteme explicarte por qué quiero que te cases conmigo.

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Lala
👍 OK, la historia está tan interesante y atrapante que preferiría que subiría los capítulos hoy pero si no puedes a esperar
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