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Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey Alfa

Rechazada por el Alfa, Elegida por el Rey Alfa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Hombre lobo / Amor a primera vista / Ascenso de clase social / Amante arrepentido
Popularitas:33.8k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solís entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Ríos, el Alfa que la Diosa Luna había marcado como su compañero predestinado. Pero la noche en que él volvió sano y victorioso, la humilló frente a toda la manada: rompió su vínculo y eligió a Catalina como su nueva Luna.
Todos esperaban verla caer. Valentina, en cambio, se mantuvo de pie.
Con el corazón destrozado y la marca rota ardiendo en su piel, Val decide recuperar todo lo que le quitaron: su dignidad, su poder y su nombre. Mientras desenmascara traiciones dentro de la manada Ríos, una presencia imposible comienza a seguirla desde las sombras: Damián Montero, el Rey Alfa.
Él no solo parece conocerla. Su lobo la reconoce como destino.
Y cuando Valentina descubra el sacrificio que Damián hizo en silencio por ella, entenderá que la Luna no la estaba castigando. La estaba guiando hacia el hombre que siempre la esperó.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Cap 22: Huesos Bajo el Jardín

El cuarto creciente estaba alto cuando Val cruzó el portón trasero de Hacienda Ríos. Tres días de contabilidad meticulosa la habían llevado a un nombre que nadie pronunciaba: Doña Estela Ríos. Primera Luna de Don Ricardo. Madre biológica de Sebastián.

Muerta dieciocho años atrás. Causa oficial: fiebre lunar.

Val había buscado el registro en los archivos de la hacienda. Encontró una sola línea en el libro de defunciones, escrita con letra apretada, sin firma de curandero ni sello de manada. La línea parecía escrita a prisa.

—¿Estás segura de esto? —Sofía caminaba medio paso detrás, con la libreta de cuentas apretada contra el pecho.

—Dos mil setecientos cincuenta y seis recursos de dote no desaparecen solos —murmuró Val sin detenerse—. Alguien restructuró las finanzas de la manada cuando Doña Estela murió. Y ese alguien necesitaba que la Luna original dejara de respirar.

El jardín trasero de la hacienda estaba abandonado. Los rosales secos se habían llenado de espinas. La hiedra cubría los muros. El aire olía a tierra mojada, raíces podridas y algo más tenue: un rastro viejo de acónito.

Su loba levantó la cabeza dentro de ella. Atenta.

Al fondo, donde el jardín moría contra un muro de cantera cubierto de musgo, se alzaba la cripta familiar de los Ríos. Pequeña, apenas más grande que un cuarto de servicio, con una puerta de hierro oxidado y el escudo de la familia medio borrado por la lluvia ácida de dieciocho inviernos.

Y frente a la cripta, de rodillas en la tierra, una mujer vieja podaba un rosal muerto con tijeras que no habían cortado nada vivo en años.

---

Doña Petra era el tipo de omega que las manadas olvidan. Tenía la espalda curva, las manos ásperas y un olor suave a tierra y savia vieja. Debía tener setenta años o más. Su rango era tan bajo que probablemente ni siquiera sentía los cambios de luna en los huesos.

—Doña Petra —dijo Val, y moduló la voz al registro exacto que había aprendido de Damián: firme, sin agresión, con el peso justo de autoridad para que una omega anciana respondiera sin cerrarse.

La vieja levantó la cabeza. Sus ojos acuosos tardaron un momento en enfocar. Cuando lo hicieron, su rostro tembló. Parecía llevar dieciocho años esperando que alguien viniera a preguntar.

—Luna —susurró Doña Petra, como si no hubiera dicho esa palabra en mucho tiempo.

Val se puso en cuclillas frente a ella. Desde ahí podía olerla bien: sudor tenue, jabón barato, articulaciones inflamadas y, debajo de todo, miedo viejo.

—Usted cuida este rosal —dijo Val.

—Era el favorito de la Luna Estela. —Los dedos de Doña Petra acariciaron una rama seca—. Rosas blancas. Olían como la primera noche de luna llena, decía ella. Dejaron de florecer el mismo mes que...

Se calló. Tijeras cerradas, labios apretados.

Sofía se había quedado tres pasos atrás, libreta abierta, lápiz listo. Val le había enseñado la señal: si Val tocaba su propia muñeca izquierda, Sofía debía anotar textual.

—Doña Petra, necesito que me diga cómo murió la Luna Estela.

El silencio duró seis latidos. Val los contó en la garganta de la vieja, donde el pulso era visible bajo la piel traslúcida.

—La señora Estela murió de enfermedad natural.

La frase salió entera, practicada, y el olor golpeó a Val.

Agrio. Era una mentira completa, la más fuerte que Val había detectado desde que descubrió su habilidad. Doña Petra había repetido esa frase falsa durante dieciocho años.

Su loba enseñó los colmillos.

Val tocó su muñeca izquierda. Sofía empezó a escribir.

—Doña Petra. —Val bajó la voz—. Yo puedo oler las mentiras. La Diosa Luna me dio ese don. Y lo que acaba de decirme apesta como nada que haya olido en mi vida.

La vieja omega tembló.

—No puedo... Si hablo, me...

—¿Quién la amenazó?

Silencio. Pero esta vez no olía a mentira, sino a terror.

Val esperó.

La luna creciente se movió detrás de una nube. El jardín quedó más oscuro.

—Olía a acónito aquella noche.

La voz de Doña Petra salió rota.

—Yo servía en la cocina entonces. Subí el segundo jarro de agua de azahar al cuarto de la Luna porque la primera muchacha... la primera muchacha no había vuelto. Cuando abrí la puerta...

Se detuvo. Se miró las manos. Tierra bajo las uñas, las mismas uñas que habían abierto aquella puerta dieciocho años atrás.

—La Luna Estela no tenía fiebre. Tenía los labios azules, del mismo color que las flores de acónito que crecían al fondo de este jardín. Y el olor... —La vieja cerró los ojos—. Ese olor no se olvida. Dulce y amargo al mismo tiempo. Le salía por la boca, por la nariz. Ya estaba muriendo cuando yo entré.

Val sintió todo el cuerpo tenso. Su loba empujaba, exigiendo salir.

—¿Quién estaba con ella? —La voz de Val sonó grave, casi animal. Sofía dio un paso atrás.

—Doña Milagros. —El nombre cayó entre ellas—. Era solo una omega de rango bajo que servía el té de la Luna. Eso era. Una omega. Nadie. Y estaba ahí, de pie junto a la cama, con la taza todavía en las manos. Me miró como si yo fuera la culpable.

Las manos de Val temblaron. Miró hacia abajo y vio que las uñas de sus dedos índice y medio se habían alargado hasta volverse garras negras. La transformación parcial le ardía en los nudillos.

Apretó los puños. Las garras se clavaron en sus propias palmas. El dolor la ancló.

—¿Y después? —logró decir.

—Después... Doña Milagros me encontró en el pasillo. Me tomó del brazo. —Doña Petra se subió la manga y mostró una marca vieja, cuatro líneas blancas en la piel oscura del antebrazo. Garras. Marcas de garras—. Me dijo: "La Luna Estela murió de fiebre lunar. Eso es lo que viste. Eso es lo que dirás. Si dices otra cosa, tu hija trabajará en las minas de plata hasta que se le caigan los dientes." Mi Rosita tenía cuatro años.

Sofía dejó de escribir. Val la oyó tragar saliva.

—Nadie preguntó —continuó Doña Petra, hablando cada vez más rápido—. Don Ricardo estaba en campaña territorial con la manada del norte. Para cuando volvió, la Luna ya estaba enterrada aquí. —Golpeó la tierra frente a la cripta con la palma abierta—. Aquí. Y tres meses después, Doña Milagros ya era la nueva Luna. Tres meses. Una omega de rango bajo convertida en Luna de la manada más poderosa de la región. ¿Quién logra eso sin planificarlo?

---

Val se levantó. Le costó. Las piernas le temblaban por contener la transformación, y cada respiración le traía el rastro viejo de acónito del jardín.

—Sofía —dijo sin voltear—, lleva a Doña Petra a las cocinas. Que coma algo caliente. Que nadie sepa que habló conmigo.

—Val...

—Ahora.

Sofía asintió. Tomó a la vieja omega del brazo con una delicadeza que contrastaba con la urgencia de sus pasos y se la llevó por el camino lateral, el que bordeaba la capilla y evitaba el ala principal.

Val se quedó sola frente a la cripta.

El rosal muerto se mecía. Tal vez era ella la que temblaba y le parecía que el mundo se movía. La luna creciente había salido de detrás de la nube y alumbraba la puerta de hierro oxidado.

Acónito en el té. Labios azules. Una omega de rango bajo que servía las bebidas de la Luna y que tres meses después dormía en su cama, llevaba su título, controlaba su manada.

La contabilidad de la dote encajó de golpe en su cabeza: los recursos faltantes, los movimientos de cuentas justo después de la muerte de Doña Estela, las propiedades transferidas sin justificación. Doña Milagros no había heredado el poder. Lo había robado. Primero la vida de la Luna, después su lugar, después sus recursos.

Y Sebastián.

Sebastián, que había perdido a su madre a los... Val hizo la cuenta. Si tenía dieciocho años ahora y Doña Estela murió hace dieciocho años...

Era un bebé. Sebastián era un bebé cuando le quitaron a su madre.

Las garras volvieron. Esta vez en las dos manos, todas las uñas, y Val tuvo que clavar los pies en la tierra y respirar por la boca para no completar la transformación. Su loba aullaba sin sonido y empujaba otra vez.

Se arrodilló frente al rosal muerto. Puso las manos — garras y todo — sobre la tierra fría que cubría las raíces.

Olía a polvo, a cal y, debajo de todo, a un rastro muy tenue de rosas blancas.

—Le prometo, Luna Estela —susurró Val, y las garras se retrajeron lentamente mientras hablaba—, que quien le robó la vida pagará con todo lo que tiene.

La brisa trajo un último soplo de rosas fantasma.

Después, nada.

---

Val volvió a sus aposentos con cuidado. Sofía la esperaba sentada en el borde de la cama, la libreta abierta en el regazo, las manos quietas.

—Lo anoté todo —dijo Sofía en voz baja.

—Guarda esa libreta donde nadie pueda encontrarla. —Val se sentó frente al tocador y se miró en el espejo. Ojos normales. Uñas normales. La loba se había replegado, pero su presencia latía justo debajo de la superficie, caliente, lista—. Si Doña Milagros sospecha que sabemos...

—Lo sé.

—No es solo asesinato, Sofía. Es usurpación de Luna. Si Don Ricardo lo supiera...

—Tal vez lo sabe.

La idea enfrió a Val. Miró a Sofía en el reflejo del espejo. La muchacha tenía los labios apretados y los ojos secos.

—¿Un Alfa que no investiga la muerte de su Luna? —continuó Sofía—. ¿Que acepta a una omega de rango bajo como reemplazo en tres meses? ¿Sin ritual de duelo completo, sin autopsia de curandero?

Val cerró los ojos.

Su loba gruñó. No de furia esta vez. De algo peor: de comprensión.

—Aún no —dijo Val—. Primero necesito pruebas que no dependan solo del testimonio de una omega anciana que lleva dieciocho años aterrorizada. Necesito el registro de herbolaria, los movimientos financieros del trimestre de la muerte, y si es posible... —Abrió los ojos—. Necesito saber si queda acónito en los huesos.

Sofía palideció.

—No vamos a abrir la cripta —dijo, y no era pregunta sino súplica.

Val no respondió. Se quitó las horquillas del cabello, dejó que la trenza le cayera sobre el hombro, y abrió la libreta de contabilidad en la página donde había anotado los movimientos financieros del año de la muerte de Doña Estela.

Las cifras estaban ahí.

La luna creciente avanzaba hacia la plenitud. Y Val ya sabía dónde buscar la siguiente prueba.

1
Marleys Sofia Cervantes
Excelente
Marleys Sofia Cervantes
Excelente
Marleys Sofia Cervantes
Menos mal porque esto está fuera de control
Sofia Carruso
Así se pone la novela sin emoción
Sofia Carruso
Cuando pensé que ya iba ser feliz
se jodió esto
Marleys Sofia Cervantes
Doña Carmen es un espectáculo acido🤣🤣🤣🤣
Marleys Sofia Cervantes
Doña Carmen no se da por vencida 🤭🤭🤭
Marleys Sofia Cervantes
🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰🥰
por fin ya era hora
Patricia vanesa Prados
espectacular doña Carmen caerá por su propio peso espero más capitulo autora está q me como las uñas
Celmira Sucerquia
ay está novela me encanta
Patricia
yo aquí atrapada, que buena novela, antes no me gustaba este tipo de novelas de alfas, ahora me encantan
Marleys Sofia Cervantes
Muchos misterios 👏
Margarita Maria Tordecilla Villalba
se está poniendo poco cansona
Marleys Sofia Cervantes
Y en qué momento perdió los hijos si ellos no compartían ni recamara 🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭
Hector Spagnuolo
esta historia es igual a soñe con mi alfa pero el marco a otra
Marleys Sofia Cervantes
Pero porque dice que el padre no va entender, si fue el padre quien le dijo que Damián sacrificó tres años por ella y Val es un tira y escoje uff pacho
Marleys Sofia Cervantes
Dsmian hace tanto por ella y ella no hace nada por el
Marleys Sofia Cervantes
Carmen no aprende
Marleys Sofia Cervantes
Damian y Val amores
Sofia Carruso
Ni terminan un problema y le viene otro encima
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