En mi primera vida, amé a Julián con todo mi corazón.
Le entregué mi confianza, mi fortuna y hasta la casa de mi familia.
¿Y cómo me lo agradeció?
Me asesinó.
Junto a Lucía, mi supuesta mejor amiga, me hizo firmar los documentos que necesitaban y después puso veneno en mi sopa. Morí creyendo que había perdido al amor de mi vida.
Pero desperté diez años antes.
Tengo diecisiete años. Estoy de nuevo en la escuela. Mi fortuna sigue intacta y el cucaracho que me mató todavía cree que puede manipularme.
Esta vez, no.
No necesito adelgazar para ser valiosa. No necesito comprar amor. Y definitivamente no necesito salvar a un hombre que solo quiere hundirme.
Voy a recuperar mi vida, proteger mi fortuna y descubrir quién soy lejos de ellos.
Porque en esta segunda oportunidad, Julián aprenderá una verdad muy sencilla:
La heredera gordita ya no lo quiere.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
DUDAS Y PARANOIA
El impacto de la humillación en la cafetería retumbó durante todo el fin de semana. Sin embargo, para mí, las victorias públicas no borraban el peso de la memoria.
Era lunes por la mañana. El pasillo del pabellón principal estaba congestionado por la lluvia repentina que caía sobre la ciudad. Estaba parada frente a mi casillero guardando unos libros pesados cuando una sombra se proyectó a mi lado.
—Sofía.
La voz sonó demasiado cerca. Un tono áspero, sofocado por la rabia acumulada.
Antes de que pudiera reaccionar, Julián estiró el brazo y golpeó la puerta de metal de mi casillero para cerrarla de golpe, acorralándome contra el muro. Estaba despeinado, con ojeras profundas y la camisa del uniforme arrugada. La falta de dinero y el rechazo social de los últimos días lo estaban carcomiendo por dentro.
—Tenemos que hablar. A solas. Ahora —siseó, sujetando mi muñeca con fuerza.
En ese milisegundo, la luz del pasillo pareció apagarse.
El aire escolar desapareció. Mi cerebro no vio al adolescente de diecisiete años que tenía enfrente; vio al hombre de treinta arrodillado a mi lado en la mansión, el olor a crema de trufas, el sabor metálico del veneno quemándome la garganta y la sensación de sus manos frías sosteniéndome mientras moría.
Un ataque de pánico brutal me atenazó la garganta. La vista se me llenó de manchas negras y mi corazón empezó a martillar desbocado contra mis costillas. Un sudor frío me cubrió la espalda. Me está matando otra vez. No puedo respirar.
—¡Sueltam...! —mi voz salió como un gemido ahogado. La parálisis del trauma me impidió empujarlo.
—No me voy a ir a ninguna parte hasta que me devuelvas el acceso a la cuenta o hables con tu padre —amenazó Julián, apretando más su agarre, ciego en su desesperación—. ¡Estás arruinando a mi familia! ¡No puedes hacerme esto!
—Dijo que la sueltes.
Una mano firme y pesada se posó sobre el hombro de Julián y lo jaló hacia atrás con una fuerza seca que lo hizo tambalear varios pasos.
Mateo se interpuso bruscamente entre Julián y yo. Su figura alta y ancha bloqueó por completo mi vista de mi agresor. Mateo no traía su habitual expresión relajada; sus ojos oscuros echaban chispas y su mandíbula estaba completamente trabada.
—¿Estás sordo o qué te pasa? —dijo Mateo, dando un paso hacia Julián, empujándolo sutilmente con el pecho—. Te dijo que no la toques.
—¡Tú no te metas, Mateo! —gritó Julián, frotándose el hombro y midiendo la masa muscular de Mateo con evidente nerviosismo—. ¡Es mi prometida!
—Ya no lo es —respondió Mateo en un tono peligrosamente bajo y raspado—. Y si vuelves a ponerle una mano encima para acorralarla, te juro que el equipo de atletismo va a tener que buscar un nuevo capitán porque te voy a mandar directo a la enfermería.
Varios alumnos se detuvieron a mirar. La presencia física de Mateo e intimidante determinación hicieron que Julián diera dos pasos hacia atrás, pálido.
—Están locos... Los dos están completamente locos —murmuró Julián, mirando con odio a Mateo antes de dar media vuelta y desaparecer rápidamente entre la multitud del pasillo.
Apoyé mi espalda contra el casillero, dejando caer mi cuerpo unos centímetros mientras intentaba llenar mis pulmones de aire. Las manos me temblaban sin control. El trastorno de estrés postraumático de mi propia muerte me había dejado vulnerable, exponiendo que, por más astuta que fuera mi mente, mi cuerpo aún recordaba el terror.
Mateo se giró lentamente hacia mí. Guardó una distancia respetuosa, notando mi estado de agitación. Su mirada dura se suavizó al instante.
—Tranquila —dijo con voz suave, levantando las manos a la altura de sus hombros en gesto de paz—. Ya se fue. Respira.
—Yo... yo podía sola... —salió de mis labios en un hilo de voz, frustrada conmigo misma por haber colapsado de esa manera.
—Lo sé —asintió Mateo, mirándome a los ojos con total sinceridad—. Sé que eres fuerte. Pero no tiene nada de malo aceptar que alguien te cubra las espaldas cuando el otro juega sucio. ¿Estás bien?
Cerré los ojos un segundo, obligando a mi ritmo cardíaco a estabilizarse. Me pasé la mano por el rostro, limpiando una gota de sudor frío. Cuando volví a abrir los ojos, miré a Mateo. Él no me miraba con la falsa compasión de Julián ni con el desprecio del resto. Me miraba como a una igual.
—Estoy bien —dije, logrando que mi voz recuperara su firmeza—. Solo... me sorprendió.
—Ese tipo está acorralado y desesperado —comentó Mateo, apoyando la mano en la pared a mi lado sin invadir mi espacio—. Vas ganando, Sofía, pero tienes que cuidar tus espaldas. La gente como él no sabe perder con dignidad.
—Lo sé mejor de lo que te imaginas —respondí, arreglándome el uniforme y dando un paso al frente, dejando atrás el ataque de pánico.
Me di cuenta de algo crucial en ese instante: vengarme no significaba ser invulnerable. Me iba a equivocar, tendría miedo y las pesadillas de mi vida pasada intentarían paralizarme. Pero no volvería a entregar mi vida a nadie.
Miré a Mateo a los ojos.
—Gracias, Mateo. De verdad.
Él solo esbozó una pequeña y cálida sonrisa, moviendo la cabeza.
—Cuando quieras. Ahora vamos a clase, antes de que nos pongan reporte a los dos.
Caminé a su lado por el pasillo. La parálisis había pasado, y en su lugar, un fuego nuevo comenzaba a arder. Julián pensaba que mi momento de debilidad era una grieta, pero solo acababa de recordarme por qué debía destruirlo sin piedad.