En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.
NovelToon tiene autorización de Leandro Martin Diaz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7: El Registró
Después de las primeras prácticas, los días comenzaron a parecerse unos a otros.
Elia se levantaba temprano, ayudaba en la Casa de los Puentes y caminaba hasta el gremio.
Por la mañana entrenaba su cuerpo y practicaba con la espada.
Por la tarde trabajaba con el agua, el fuego o el rayo.
Por la noche, cuando todos dormían se sentaba junto a la ventana y meditaba en silencio.
No había una gran recompensa al final de cada día.
A veces solo conseguía mantener una bola de agua durante unos segundos más, otras veces el fuego se apagaba antes de que ella quisiera.
El rayo podía aparecer, pero todavía le costaba dirigirlo exactamente hacia el lugar que queria.
Aun así, Elia continuaba.
Había comprendido que aprender magia no era como abrir una puerta y encontrar el poder del otro lado.
Era más parecido a construir algo con las manos, cada día colocaba una piedra.
Algunos días la piedra quedaba bien puesta, otros días se caía y tenía que empezar de nuevo.
Una mañana, Hessa llamó a Orven a la oficina de registros.
Elia estaba en el pasillo, ordenando unos papeles y escuchó parte de la conversación.
No lo hizo a propósito, la puerta estaba entreabierta y las voces se escuchaban con claridad.
—La solicitud está lista.
Dijo Hessa.
—Pero tenemos que hablar de las condiciones.
—Ya las conozco.
Respondió Orven.
—Las conocés para un aprendiz común. Elia tiene cinco años.
—Lo sé.
—Y tiene una capacidad mágica poco común.
—También lo sé.
Hessa bajó la voz, pero Elia siguió escuchando.
—No puede tratarse como un aventurero adulto. Si recibe un permiso provisional, tendrá que aceptar reglas especiales.
—Estoy de acuerdo.
—No podrá separarse del grupo, no podrá aceptar una misión sola. Tendrá que obedecer al responsable.
—Eso debería hacer cualquier aventurero.
Dijo Orven.
—Sí, pero para ella será una condición escrita. Si la rompe, perderá el permiso.
Orven guardó silencio.
—También tendrá que retirarse cuando el líder lo ordene.
Continuó Hessa.
—No podrá correr hacia el peligro para demostrar que tiene talento.
—Eso será lo más difícil.
—Por eso lo estoy diciendo.
Elia miró el papel que tenía en las manos, no quería seguir escuchando, pero tampoco podía apartarse de la puerta sin hacer ruido.
—¿Y si cree que el líder se equivoca?
Preguntó Orven.
—Podrá explicar lo que piensa. Pero no podrá alejarse del grupo sin permiso.
—Es una niña muy decidida.
—No es una excusa para dejarla hacer lo que quiera.
—No estoy pidiendo eso.
—Entonces estamos de acuerdo.
Elia se alejó antes de que la descubrieran.
Caminó hasta el final del pasillo y dejó los papeles sobre una mesa.
No le gustaba que hablaran de ella como si fuera un problema, pero entendia entendía que las reglas no existían para castigarla.
Existían porque podía equivocarse y poner a otros en peligro.
Orven salió de la oficina unos minutos después.
—Elia.
Ella se volvió.
—¿Sí?
—Hessa y yo estuvimos hablando de tu registro.
—Escuché un poco.
—Entonces sabés que tendrás reglas especiales.
—Porque tengo cinco años.
—Porque tenés cinco años y porque todavía estás aprendiendo. Tu magia puede ser útil, pero también puede ser peligrosa si la usás sin pensar.
—¿Cuáles son las reglas?
Orven habló con calma.
—No te separarás del grupo, no aceptarás misiones sola y seguirás las órdenes del responsable. Avisarás antes de usar un hechizo que pueda afectar a los demás y si el líder ordena retirarse, te retirarás con el grupo.
—¿Y si no estoy de acuerdo?
—Podras discutirlo antes de actuar. No correrás sola hacia el peligro para demostrar que tienes razón.
Elia bajó la mirada.
—¿Piensas que haría eso?
—Pienso que podrías hacerlo si creés que alguien está en peligro.
Elia recordó la noche del ataque a Valdoria y la estantería que había caído sobre Tomas.
—Si alguien está en peligro, tengo que ayudar.
—Sí. Pero ayudar no significa correr al peligro sin pensar. Puedes cubrir a alguien o llevar un herido a un lugar seguro.
Elia asintió despacio.
—Lo voy a intentar.
—No necesito que lo intentes. Necesito que lo hagas.
—Entonces lo are.
Orven le entregó una hoja.
—La primera parte de la evaluación será un duelo de práctica. La segunda será una misión sencilla contra un monstruo débil.
Elia levantó la cabeza.
—¿Una misión de verdad?
—Una misión supervisada. No irás sola.
—¿Contra qué monstruo?
—Todavía no lo decidimos. Primero veremos cómo te comportás durante el duelo.
Elia frunció el ceño.
—¿Qué duelo?
Orven la miró durante unos segundos.
—Más adelante habrá una evaluación. No ahora.
—¿Cuándo?
—Cuando estés preparada.
—¿Y cuándo estaré preparada?
—Eso no se decide en un solo día.
Elia no quedó satisfecha con la respuesta, pero entendió que no conseguiría otra.
Los meses siguientes fueron tranquilos desde fuera, pero importantes para Elia.
Por la mañana practicaba con Bram, al principio usaba una espada de madera y pesas muy livianas escondidas debajo de la ropa cuando no estaba en el entrenamiento.
Con el tiempo, creó nuevos saquitos de arena y aumentó el peso poco a poco.
Nunca aumentaba la carga dos veces seguidas, si un peso se volvía fácil, lo mantenía durante varios días antes de agregar más arena.
Elia no quería que Bram supiera que entrenaba con pesas en secreto.
Tampoco quería que Orven se enterara, le preocupaba que alguien pensara que estaba intentando avanzar demasiado rápido.
Una mañana, después de subir tres veces las escaleras con las tobilleras puestas, tuvo que sentarse en el último escalón.
Le dolían las piernas y respiraba con dificultad.
Esperó hasta recuperarse antes de volver a bajar.
Ese día entendió que aumentar el peso no siempre significaba mejorar.
Si se obligaba a continuar cuando estaba muy cansada, podía terminar lastimada y perder varios días de entrenamiento.
Desde entonces dejó de agregar arena hasta que el peso anterior se sintiera completamente normal.
Por las tardes practicaba magia.
Orven dejó de darle ejercicios complicados, en vez de pedirle que moviera varios objetos a la vez, le permitía elegir una forma sencilla para cada elemento.
—Podés hacer lo que quieras.
Le dijo una tarde.
—Siempre que no sea peligroso.
Elia se quedó pensando.
—¿Cualquier cosa?
—Cualquier cosa siempre y cuando puedas controlarlo.
—¿Una espada de fuego?
—Si puedes mantenerla sin quemar el patio.
—Bien, recuerda que me dijiste que podía hacer lo que quisiera.
—Si puedes mantener el control aslo.
—¿Un animal de agua? Sería interesante.
Orven pensó un momento.
—Puedes intentarlo en una zona despejada. Pero no olvides que no tiene vida.
Elia asintió.
Ese día empezó con una esfera de agua. Después creó una figura sencilla parecida a un pez.
El pez dio vueltas en el aire durante dos segundos antes de deshacerse.
Elia no se desanimó.
Intentó crear un pequeño pájaro de fuego, la forma duró menos tiempo.
El fuego abrió las alas, avanzó unos centímetros y se apagó.
Con el rayo solo creó una línea corta que se dividió en tres chispas.
—¿Por qué el agua dura más?
Preguntó.
—Porque estás más acostumbrada con ella. Además, el agua puede mantener una forma mientras sigue moviéndose.
Y podríamos decir que el fuego necesita límites y el rayo desaparece muy rápido.
—Entonces tengo que practicar más el fuego y el rayo.
—Sí, pero no dejes de lado el agua. Sería un error concentrarte solo en lo que te cuesta.
—Quiero que los tres sean iguales.
—Tal vez nunca sean exactamente iguales. Eso no significa que uno sea inútil.
Elia volvió a intentarlo.
No buscaba crear ataques fuertes, imaginaba formas sencillas y trataba de mantenerlas unos segundos.
Una flecha de agua, una pequeña bola de fuego y una línea de rayo que terminara en una placa de metal.
A veces practicaba con una espada de madera en la otra mano, no atacaba a nadie.
Solo intentaba sostener el arma mientras creaba una forma pequeña con la mano libre.
Al principio no podía hacer ambas cosas, si pensaba en la espada, la magia se deshacía.
Orven la hizo practicar por partes.
Primero sostenía la espada sin moverse, después creaba una esfera de agua y luego hacía un paso corto.
Finalmente intentaba mantener la esfera mientras caminaba.
El avance fue lento.
Durante muchas semanas solo consiguió hacerlo durante unos segundos.
Elia no estaba satisfecha, pero comprendía que cada intento la ayudaba.
Por las noches continuaba meditando en secreto.
Había encontrado un libro sencillo sobre respiración y concentración.
El libro solo explicaba cómo descansar la mente y sentir mejor el mana que ya tenía.
Elia imaginaba un cuenco oscuro dentro de su pecho, en el fondo colocaba una pequeña gota de luz.
No intentaba abrir ninguna puerta ni liberar una gran fuerza, solo trataba de mantener la imagen.
Algunas noches duraba un minuto.
Otras, cinco.
Si estaba demasiado cansada, se dormía antes de terminar.
El mana no aumentó de golpe y el cambio fue tan pequeño que al principio no notó nada.
Solo después de varios meses sintió que podía mantener los hechizos un poco más de tiempo antes de quedar agotada.
No le contó a nadie.
Tampoco tenía un nombre para ese entrenamiento, solo era algo que hacía porque quería controlar mejor su propia magia.
Durante ese tiempo, Elia también empezó a notar la parte difícil de la vida de los aventureros.
Una tarde, las campanas del gremio sonaron cinco veces.
Un grupo regresaba de una misión peligrosa.
Los aventureros entraron en silencio, eran seis cuando habían salido y solo volvían cuatro. Dos de ellos necesitaban ayuda para caminar, uno tenía el rostro cubierto de polvo y sangre seca.
Otro llevaba el brazo inmóvil contra el pecho.
Sira salió de la enfermería con sus ayudantes.
—Todos a las camas.
Ordenó.
—No se queden parados en la entrada.
Elia estaba junto a Bram cuando vio que una de las camillas llevaba a un aventurero que no se movía.
Bram puso una mano delante de ella.
—No mires.
Elia no apartó la vista.
—Quiero entender.
—A veces entender también duele.
Sira atendió primero al hombre que tenía el brazo herido, la mano no podía moverse y la herida era muy grave.
La sanadora pidió agua, vendas y una férula, no prometió que podría salvarle la mano.
El aventurero preguntó si volvería a usar una espada.
—Tal vez no con esa mano.
Respondió Sira.
—Ahora tenemos que asegurarnos de que sobrevivas.
Elia escuchó en silencio.
Nadie hablaba de una gran victoria, nadie reía.
Los que habían regresado miraban hacia la camilla y parecían preguntarse por qué ellos habían podido volver y los otros no.
Al día siguiente, el gremio organizó ayuda para las familias de los aventureros que habían muerto.
Algunos entregaron monedas, otros llevaron comida o ayudaron a enviar las pertenencias de los caídos a sus hogares.
Elia dejó parte de sus ahorros en la mesa de ayuda.
—No es mucho.
Dijo.
—Ayuda igual.
Respondió Neris.
Elia comprendió que ser aventurera no significaba ganar siempre porque podría volver herida, perder compañeros y ayudar a las familias que quedaban atrás.
Sin embargo, también había momentos buenos.
Días después, un grupo regresó con dos personas que habían quedado atrapadas en una casa durante un incendio.
Los aventureros habían salvado a un anciano y a una niña pero la casa no pudo salvarse, pero lo importante era que los das personas seguían vivas.
Uno de los aventureros se quitó la capa y se la dio a la niña, otro cargó al anciano hasta la enfermería.
Elia observó la escena desde la puerta.
La vida de los aventureros tenía ambas cosas, heridas, pérdidas y miedo.
Pero también había rescates, ayuda y personas que no abandonaban a quienes necesitaban protección.
Elia guardó todo en su memoria.
Pasaron seis meses desde que recibió su placa de aprendiz.
Durante ese tiempo había crecido poco a poco, sus brazos eran más fuertes.
Podía sostener la espada y sus piernas se acostumbraron a las pesas livianas, ya no tropezaba con las tobilleras puestas.
En magia, podía crear una esfera de agua y mantenerla durante varios segundos.
También podía formar un pequeño arco de agua y lanzar flechas que se deshacían al tocar el suelo.
Las flechas de fuego duraban menos, pero ya no se apagaban tan rápido.
Las chispas de rayo podían seguir una línea corta más que antes.
Nadie sabía cuánto había mejorado.
Para el gremio, Elia seguía siendo una aprendiz pequeña con facilidad para tres elementos, Orven sabía que aprendía rápido, pero no conocía todo lo que practicaba por su cuenta.
Bram sabía que entrenaba con disciplina durante sus clases, pero no sabía nada de los pesas ocultas ni de las horas que caminaba con ellas fuera del gremio.
Elia prefería que fuera así.
Todavía no quería que nadie descubriera cuan fuerte se volvió.
Una mañana, Orven y Hessa volvieron a hablar sobre su registro.
—Han pasado seis meses.
Dijo Hessa.
—¿Ya querés hacer la evaluación?
Orven negó con la cabeza.
—Todavía no.
—Tiene permiso para tareas sencillas, pero no para una misión sola.
—Lo sé.
—¿Qué estás esperando?
—Que tenga más experiencia. Saber crear una esfera de agua no significa que pueda enfrentar una situación peligrosa.
—También tiene buena disciplina.
—Está aprendiendo. No quiero apresurarla.
Hessa miró los papeles de Elia.
—No todos los maestros pensarían igual.
—Por eso soy yo quien está a cargo de su entrenamiento.
—Ella quiere avanzar.
—Entonces tendrá que aprender a esperar.
Elia no escuchó la conversación porque ese día estaba en el patio, practicando una figura de fuego del tamaño de una nuez.
La forma se mantuvo por unos segundos y después Elia la apagó.
—Mejor.
Dijo Orven.
—Duró más que ayer.
—Sí.
—¿Puedo hacerla más grande?
—Podés intentarlo, pero no hoy.
—¿Por qué no?
—Porque estás cansada.
Elia miró sus manos, Orven tenía razón, sus dedos temblaban un poco.
—Entonces mañana.
—Mañana veremos.
Elia asintió.
Por la tarde entrenó con Bram, usó la espada de madera sin llevar pesas.
Después cuando regresó a la Casa de los Puentes, se puso los brazaletes y caminó por el patio hasta que sus brazos se cansaron.
No quería correr hacia una prueba que todavía no podía superar.
Quería llegar preparada.
Al terminar el sexto mes, Hessa le entregó una pequeña placa de madera con el símbolo del gremio.
No era una insignia de rango ni un permiso para aceptar misiones.
—Es para que recuerdes que tu nombre ya está registrado.
Explicó Hessa.
—El permiso llegará después de una evaluación.
Elia tomó la placa.
—¿Cuándo será la evaluación?
—Cuando Orven y los demás consideren que estás preparada.
—¿Eso puede tardar mas?
—Puede.
Elia frunció el ceño, había aprendido que el tiempo no podía adelantarse con las manos.
Esa noche, mientras meditaba, imaginó el cuenco dentro de su pecho, la gota de mana cayó en el fondo y produjo una luz pequeña.
Elia solo conocía la meditación y algunas formas básicas de magia.
No había descubierto todavía cuánto podía crecer su mana ni qué técnica necesitaría en el futuro.
Por ahora, su objetivo era más sencillo, entrenar sin lastimarse y aprender a controlar lo que imaginaba.
Al día siguiente volvió al gremio.
Orven la esperaba en el patio con los tres cuencos, las velas y las placas de metal.
—Hoy volveremos a practicar la base.
Dijo.
Elia miró la mesa.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
—Ya sé hacer las bolas.
—Entonces te resultará fácil hacerlo mejor.
Elia se colocó frente a la jarra de agua, cerró los ojos y comenzó a imaginar una esfera pequeña.
El agua salió de la jarra y tomó forma.
Esta vez no tembló.
Elia la sostuvo durante varios segundos, caminó un paso hacia el cuenco y la dejó caer dentro sin derramarla.
Orven asintió.
—Eso fue un buen avance.
Elia sonrió.
No era una gran victoria, nadie la había aplaudido y no había derrotado a un monstruo ni recibido una insignia brillante.
Pero podía notar la diferencia entre la niña que había llegado a Ardentia y la que ahora estaba frente a ella.
Todavía faltaba mucho para el duelo.
Faltaba más para una misión en solitario.
Antes tendría que seguir entrenando, aprender a manejar mejor la espada, fortalecer el cuerpo y controlar sus tres elementos durante más tiempo.
También tendría que mantener en secreto todo lo que estaba aprendiendo por su cuenta.
Elia dejó caer la esfera de agua dentro del cuenco y volvió a imaginarla desde el principio.
Una vez más.
Sin apurarse.
Sin saltarse los pasos.