Serena es obligada a convertirse en la segunda esposa del hombre que la odia, creyéndola la asesina de su hermano. En ese infierno de desprecio y bajo la atenta y furiosa mirada de la esposa por herencia del Alfa—quien ahora tiene que verla todos los días bajo el mismo techo—, el lazo de la luna comienza a arder entre el Alfa y su segunda esposa en contra de su voluntad. Atados por la ley de la sangre y la traición, la verdad está a punto de salir a la luz... y la venganza será implacable.
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Capítulo 5
La música del gran salón seguía fluyendo en una armonía acompasada, pero para Jacob, el verdadero centro del universo se encontraba a pocos metros de él. La velada avanzaba entre risas contenidas, brindis ceremoniales y el murmullo constante de la alta sociedad que intentaba disimular sus prejuicios ante la presencia de la familia de Serena.
Jacob se inclinó hacia ella, rozando levemente su hombro con el suyo. El aroma sutil de lavanda silvestre que desprendía la chica lograba calmar el bullicio que zumbaba en su cabeza.
—Te ves hermosa esta noche —susurró Jacob con voz profunda y ronca, con la mirada dorada fija en los ojos de Serena—. Aunque apuesto a que darías cualquier cosa por estar en cualquier otro lugar que no sea este nido de serpientes.
Serena soltó una pequeña risa nerviosa, agradeciendo la complicidad en los ojos de su mate.
—Solo un poco abrumada, Jacob... Tu madre no me ha quitado los ojos de encima en toda la noche —admitió ella en un tono apenas audible, mirando de reojo hacia el extremo opuesto del salón, donde la matriarca Karen conversaba con un grupo de consejeros.
—No te preocupes por ella. El lazo de la luna ya está sellado ante mi instinto, y el consejo tendrá que aceptarlo tarde o temprano —respondió Jacob con firmeza, aunque una sombra de inquietud cruzó brevemente por sus facciones—. Por cierto... la temperatura aquí dentro es insoportable con tanta gente. ¿Me acompañas un momento a tomar aire fresco al jardín de invierno? Necesito estirar las piernas y escapar de los formalidades un instante.
Serena asintió con una sonrisa tierna.
—Claro que sí. Vamos.
A pocos metros de allí, de pie junto a su esposo, Selma presenciaba la escena con una satisfacción contenida. Sus ojos oscuros brillaban con malicia. Observó cómo James, el verdadero blanco de su venganza, se abrochaba con fastidio la solapa de su atuendo después de que un sirviente descuidado le derramara un poco de vino tinto minutos antes en los pasillos traseros.
—Cariño, tienes una mancha casi imperceptible en el frente de la camisa —murmuró Selma con falsa dulzura, tocando el pecho de James con la punta de los dedos—. Deberías ir al vestidor de la planta alta a cambiarte por una prenda limpia antes del brindis oficial. Hace un calor terrible aquí; tal vez después puedas salir a tomar el fresco al jardín de invierno para despejarte.
James suspiró, pasándose una mano por el cabello con resignación.
—Tienes razón, Selma. No quiero que mi madre me eche un sermón por ir desalineado. Dame cinco minutos y vuelvo contigo —respondió él con total inocencia, dándole un beso rápido en la mejilla antes de perderse entre la multitud en dirección a las escaleras privadas.
Selma esbozó una sonrisa helada. Las piezas encajaban con precisión milimétrica. En la mente de la calculadora esposa, James estaba a solo unos minutos de cruzar hacia el jardín de invierno vistiendo su distinguida chaqueta de terciopelo borgoña, la señal inequívoca que había marcado para Diego.
Lo que Selma jamás pudo prever —el pequeño, insignificante y caótico giro que el destino tenía preparado— ocurrió en los pasillos de servicio mientras James buscaba el vestidor.
Al doblar una esquina oscura, James se topó de frente con su hermano menor, Jacob, quien regresaba apresuradamente de buscar un par de copas adicionales para Serena. Con el impulso y la prisa, ambos chocaron los hombros, haciendo que Jacob derramara parte del contenido de las bandejas.
—¡Vaya, James! Ten más cuidado, vas a atropellar a los invitados —bromeó Jacob con una sonrisa despreocupada.
—Discúlpame, hermano. Vengo con la cabeza en otra parte; Selma me mandó a cambiar esta maldita camisa antes del discurso de mamá —se quejó James, mostrando la pequeña mancha de vino en su pecho.
Jacob miró la camisa de su hermano mayor y luego bajó la vista hacia su propia ropa. Llevaba una camisa blanca impecable y una chaqueta ligera que le resultaba un tanto estorbosa para bailar. Un destello de travesura fraternal cruzó por los ojos del Alfa menor.
—Oye, ¿por qué no te ahorras el viaje al vestidor? Mi camisa de repuesto y mi chaqueta están colgadas en la antesala de mi alcoba, a solo unos pasos. Pero si tienes prisa, puedes ponerte esta chaqueta mía un momento para salir al jardín, o mejor aún... —Jacob se quitó con rapidez la chaqueta ligera y se echó sobre los hombros la elegante chaqueta de terciopelo borgoña de James, que este llevaba colgada en el brazo—. Toma, ponte tú mi chaqueta limpia para el brindis y yo me quedaré con esta un rato. Así te evitas el recorrido largo.
James, que solo quería solucionar el inconveniente del vino lo antes posible y regresar al salón para complacer a su esposa, aceptó sin darle mayor importancia.
—Como quieras, Jacob. Gracias. Nos vemos en el salón en diez minutos —dijo James, tomando la chaqueta ligera de su hermano y dirigiéndose por otro pasillo hacia el ala este.
Jacob, sintiendo el terciopelo borgoña ligeramente ajustado a sus anchos hombros, sonrió y decidió dar un rodeo por el sendero exterior del jardín de invierno antes de regresar con Serena. No sabía que, al cambiar de ropa con su hermano mayor, acababa de ponerse una sentencia de muerte en la espalda.
En la fría y densa penumbra del linde del bosque, oculto tras la espesura de los pinos altos, Diego acechaba con la respiración contenida y la paciencia de un depredador hambriento.
El viento soplaba con fuerza, meciendo las ramas y disipando los rastros de los aromas, pero la vista de Diego era infalible en la oscuridad. Sus ojos dorados se abrieron con agudeza al ver una figura alta que emergía desde los ventanales hacia el sendero solitario del jardín de invierno.
La luz de la luna llena iluminó fugazmente la silueta. Y allí estaba: la inconfundible chaqueta de terciopelo borgoña brillando tenuemente en la penumbra.
—Te encontré, hermano mayor... —siseó Diego para sí mismo, con los nudillos blancos de tanto apretar la empuñadura de la pesada daga de plata oculta bajo su chamarra de cuero.
Convencido de que tenía frente a sí al primogénito y heredero legítimo de los Smith, el paria se deslizó en silencio entre los matorrales, avanzando como una sombra implacable hacia su objetivo.