Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 9
Salimos del restaurante y la lluvia caía como si el cielo se hubiera abierto de golpe. El agua golpeaba el techo del auto con fuerza y el camino de tierra que llevaba hasta la ruta ya empezaba a convertirse en barro. Mateo no esperó a que amainara. Arrancó sin decir nada y yo subí detrás de él.
El motor rugió dos veces y se apagó. Mateo frunció el ceño, volvió a girar la llave. Nada. Bajó del auto bajo la lluvia y abrió el capó. Yo me quedé adentro, pensando que iba a revisar alguna falla mecánica. Pasaron varios minutos hasta que un empleado del hotel se acercó con un paraguas y me pidió que bajara.
Mateo estaba en la recepción. Lo escuché preguntar por una habitación. La chica del mostrador negó con la cabeza.
---Lo siento\, señor. Solo queda una disponible. Con la tormenta\, muchos huéspedes decidieron quedarse.
Mateo preguntó por la estación de servicio más cercana. La empleada le explicó que estaba a más de treinta kilómetros y que con ese temporal era imposible llegar. Al final tomó la llave de la última habitación. Estaba claro que esa noche no íbamos a movernos de ahí.
El botones nos acompañó hasta el tercer piso. Cuando se detuvo frente a la puerta, vi el enorme corazón de madera tallada con nuestros nombres grabados. Mateo y yo nos quedamos mirando la placa sin decir una palabra. La abuela Mariana había pensado en todo.
Entramos. El aroma a rosas y vainilla nos recibió de inmediato. La cama king size estaba cubierta de pétalos rojos dispuestos en forma de corazón. Mateo se quedó parado en la entrada con la mandíbula apretada. Yo disimulé una sonrisa; era la primera vez que lo veía verdaderamente incómodo.
---Me bañare primero ---dije---. Tú ordena un poco esto.
Él entró al baño sin contestar. Mientras recogía los pétalos y los metía en una bolsa de papel, escuché el agua correr. Cuando salió, solo llevaba una toalla blanca alrededor de la cintura. Se paró frente al armario abierto y se quedó mirando adentro con cara de pocos amigos.
Me acerqué por curiosidad. Dentro colgaban dos batas cortas de seda roja, transparentes, con encaje negro. La abuela había dejado claro que no quería que pasáramos la noche como extraños.
Mateo cerró el armario de un golpe y se metió en la cama tal como estaba, solo con la toalla.
Yo llamé a recepción.
---Buenas noches\, ¿podrían subir dos batas normales\, por favor?
---Lo siento mucho\, señora. Con la lluvia\, el proveedor quedó varado en la ruta. No tenemos batas extras disponibles.
---¿Y frazadas adicionales?
---Tampoco\, lamentablemente.
Colgué y entré al baño con la bata roja en la mano. Me tomé mi tiempo: me duché despacio, me sequé el pelo lo mejor que pude y salí casi una hora después. La habitación era sencilla; no había sofá, solo la cama enorme y un par de silloncitos pequeños junto a la ventana. Dejé mi ropa doblada sobre el mueble del televisor.
El aire estaba seco por la calefacción. Fui al baño otra vez, llené un vaso con agua y lo dejé en la mesita de noche.
Mateo estaba recostado contra las almohadas, hojeando una revista sin mucho interés. Cuando empecé a moverme por la habitación, su mirada se clavó en mí. Sentí el peso de esos ojos recorriéndome de arriba abajo. La seda roja se pegaba a la piel por la humedad y dejaba poco a la imaginación. Me dio un vuelco en el estómago. Me metí rápido al baño otra vez y esperé diez minutos antes de salir.
Cuando volví, él estaba mirando el celular. Rodeé la cama por el lado opuesto y levanté la esquina del edredón.
---¿Quién te dijo que podés subir? ---preguntó con voz helada.
---Acá solo hay una cama. ¿Dónde querés que duerma?
Su mirada se dirigió al piso, clara como el agua.
Me quedé callada un segundo.
---Está bien\, duermo en el piso. Pero dame la frazada.
Mateo tiró el edredón hacia mí sin decir nada más. Bajé, extendí la mitad de la enorme frazada en el suelo y me envolví con la otra mitad. El piso estaba alfombrado y la calefacción todavía funcionaba. Me dormí casi enseguida.
No sé cuánto tiempo pasó. En algún momento de la madrugada la calefacción se cortó. El frío empezó a colarse por las ventanas. Mateo se despertó de golpe, temblando. Marcó a recepción.
---¿Por qué se cortó la calefacción?
---Disculpe\, señor. Hubo una falla en el sistema. Estamos llamando al técnico\, pero con la tormenta...
Mateo cortó la llamada antes de que terminara. Miró hacia el piso donde yo dormía profundamente, envuelta en la frazada. Se quedó quieto un rato, claramente furioso. Después se levantó, se acercó y me levantó en brazos sin pedir permiso.
---¿Qué hacés? ---murmuré\, todavía medio dormida.
---Cállate.
---Hace un rato me mandaste al piso...
---Recordá que estás durmiendo al lado mío solo porque llevás a mi hijo adentro. No te hagas ilusiones.
Le cedí la mitad de la frazada de mala gana. El frío era cada vez más fuerte y ninguno de los dos quería enfermarse. Terminamos acostados en la misma cama, separados por apenas unos centímetros, compartiendo el calor de la frazada mientras afuera la lluvia seguía cayendo sin parar.