Tres años de matrimonio. Un Alfa que nunca dijo «te amo». Y un divorcio firmado el mismo día en que ella descubre que está embarazada.
Aurora Bennett lo había dado todo por Alexander Sterling: su carrera, su juventud, su lugar como Luna de la manada Crescent Ridge. Pero cuando él la deja sin nada para volver con su primer amor, Aurora toma una decisión: desaparecer y criar a su hijo lejos de él, donde nadie pueda volver a usarlos.
Cinco años después, la doctora Bennett es una cirujana respetada que lo ha reconstruido todo desde cero. Hasta que el destino la devuelve al lugar que juró no pisar jamás, y frente a frente con el hombre que la abandonó.
Alexander no es el mismo. Ahora la mira como si no pudiera respirar sin ella, y quiere recuperar lo que perdió. Pero hay un niño de ojos azules que todavía no sabe quién es su padre, una esposa que no piensa soltarlo y un vínculo de pareja destinada que arde más fuerte que nunca.
¿Se puede perdonar a quien te rompió el corazón? ¿Y qué pasa cuando el Alfa que te dejó ir descubre que ya es demasiado tarde?
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Capítulo 15
Capítulo 15
Punto de vista de Matteo
En cinco zancadas ya estaba detrás de ella. La agarré de la muñeca y la arrastré lejos de la gente, hasta un rincón donde nadie nos viera.
—¿Qué carajos haces aquí?
Me fulminó con la mirada y se zafó de mi mano.
—Puedo estar donde se me dé la gana, Matteo. No me digas qué hacer.
Volteé y vi que Alexander ya iba hacia Aurora. Solté el aire, aliviado. Aunque no quería a Alexander cerca de ella, en una situación así era la persona más segura para estar a su lado.
—Este no es lugar para ti, y si no tienes ganas de morir, te sugiero que te vayas a tu casa a dormir. Ahora.
—¿Y por qué iba a hacerlo? —preguntó, poniéndose las manos en la cintura y sacando el pecho.
Carajo.
—Porque no te conviene meterte conmigo. Si tuvieras cerebro, harías lo inteligente y te regresarías a casa. ¿O viniste a que te cogieran?
Soltó una risa burlona y puso los ojos en blanco.
—No te creas tanto, Matteo. No vine por ti, así que ahórrate el aliento. Vine con Aurora. Es nuestra noche de chicas y no pienso dejarla sola. Y si tengo suerte, a lo mejor por fin encuentro a alguien que sí me satisfaga y me haga olvidarte.
—¿Ah, sí? Porque yo lo veo así: nadie te satisface como yo. Tu cuerpo me pide a gritos, Jess. Y ya tienes el sexo empapado, lista para mi verga. Tú crees que puedes jugar este juego conmigo, pero que te quede claro algo. No te conviene meterte conmigo, princesa. Porque cuando yo juego, se pone sucio, y lo único que queda son las ruinas de todo lo que te importa.
—No me amenaces, Matteo. Yo también sé jugar este juego, y no creas que soy una debilucha que se va a rajar. No me vas a asustar y no vas a poder conmigo. Me voy a ir a mi casa con un hombre que no seas tú, y después me voy a olvidar de ti por completo. Y ahora, si no te molesta, quiero ir a tomarme una copa y disfrutar el resto de la noche. Vete a la mierda y déjame en paz.
Dicho eso, pasó junto a mí hecha una furia y se alejó.
Un gruñido me retumbó en el pecho, y no pude evitar el impulso posesivo y primitivo de ir tras ella y echármela al hombro.
Ningún otro hombre tenía permitido tocarla, y si alguno se atrevía, le iba a arrancar las manos.
Mataría a cualquiera que creyera que podía ponerle las manos encima, y Jess iba a ser mía.
Toda mía.
Jessica era un petardo, una cosita peleonera. Eso fue lo que me atrajo de ella desde el principio, y ahora su descaro y su fuego la volvían todavía más tentadora.
Había algo en ella.
Algo que gritaba peligro, pero al mismo tiempo dejaba ver su vulnerabilidad y su fragilidad.
Era fuerte y segura de sí misma, pero la oscuridad en sus ojos era señal de que algo la perseguía.
Algo la atormentaba, y no me estaba diciendo toda la verdad.
Su pasado era un misterio, y sus secretos eran algo que ni yo había podido descubrir.
Jess era un hermoso rompecabezas, y me tenía comiendo de su mano.
Lo que me hacía, cómo se alborotaba mi lobo, cómo ocupaba cada pensamiento mío y cómo me tenía dominado era algo que nunca había vivido.
Jess me estaba cambiando.
Sentía que poco a poco me perdía a mí mismo, y no podía hacer nada.
Era una fuerza a la que había que temer, y traía consigo la tormenta.
Jess era el ojo de la tormenta.
La calma antes del caos.
Era la luz y la oscuridad.
Su belleza me hipnotizaba, y su cuerpo estaba hecho para mí. Solo para mí. Y que me cayera un rayo si dejaba que alguien más la probara.
Jess era mía, y nadie se iba a interponer.
Jess estaba sentada en un banco de la barra, tomando su copa. Ella y Aurora se bajaron de los bancos después de beberse los shots y se fueron a la pista de baile.
Sentí a Alexander gruñendo a mi lado; casi tuve que arrastrarlo para alejarlo de Aurora. Nos quedamos a una distancia razonable, vigilando cada uno de sus movimientos.
Bailaban juntas y se reían.
Aurora sonreía y, por primera vez, se veía feliz de verdad.
Jess tenía ese efecto en ella, y su sonrisa era contagiosa.
Tenía los brazos echados sobre los hombros de Aurora, y sus cuerpos estaban pegados.
Se veían contentas, disfrutando su noche, borrachas hasta las chanclas. Y como si fuera poco, todos los hombres las miraban, devorándolas con esas miradas hambrientas, carajo.
Maldita sea.
Era como si ellas no llevaran nada puesto, por cómo las veían.
Me daban ganas de agarrar a Jess e irme, llevármela lejos de este lugar.
No era un pedazo de carne, y estos imbéciles no le iban a poner las manos encima.
Un hombre se le acercó por detrás a Jessica y le puso las manos en las caderas. Me hirvió la sangre, y la rabia me recorrió las venas.
Alexander me apretó el brazo, y el gruñido que le salió bastó para que esos idiotas salieran corriendo.
La música estaba a todo volumen y el club estaba abarrotado.
Pero yo solo lo veía a él.
Bailaba con ella y le restregaba la cadera. Al principio ella sonreía, pero después se notó incómoda. Él se inclinó hacia su cuello y le susurró algo al oído.
Ella sonrió con incomodidad, y él se le acercó otra vez.
No alcanzaba a oírlos, pero bastaba con ver cómo se alejaba de él, cómo trataba de poner espacio entre sus cuerpos.
No pude controlarme, y cuando me di cuenta ya iba hacia ella hecho una furia. Le puse las manos en los hombros y lo aparté de ella de un empujón.
Era un poco más bajo que yo, y tenía la cara colorada.
—¿Qué carajos crees que haces, pendejo? ¿Quién carajos te crees para venir a empujarme y quitarme a mi chica? Lárgate de aquí.
—Lo dudo, hijo de puta. Lo único que vas a hacer es largarte antes de que te rompa tu maldita cara.
—Aléjate de mí, maldito imbécil.
—No te estoy hablando a ti.
Abrió mucho los ojos, y luego le cayó el veinte.
—¿Te refieres a la puta? Sí, con ella hago lo que se me dé la gana. Estaba rogando por mi verga, nada más le estoy haciendo un favor.
Apenas terminó de decirlo, le estampé el puño en la cara y cayó sentado.