Cassidy Evans sabe arreglar casi cualquier cosa, excepto su propia vida. Entre un taller que apenas se sostiene, un padre que consume todo lo que toca y un futuro que parece decidido por otros, ha aprendido a confiar solo en sus manos, su ingenio y su hermano.
Adamo Greco nació para un mundo completamente distinto. Heredero de una familia mafiosa, peligroso, arrogante y demasiado acostumbrado a conseguir lo que quiere, llega a Idaho buscando algo que ni siquiera sabe nombrar.
Una Ducati averiada los pone frente a frente. Lo que comienza con provocaciones, discusiones y una atracción imposible de ignorar pronto se convierte en una obsesión capaz de arrastrarlos a ambos.
Cassidy no sabe quién es realmente Adamo.
Adamo sí sabe que debería mantenerse lejos de ella.
Pero hay adicciones que empiezan con una sola mirada… y terminan costándolo todo.
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Carrera
Cassidy
Hay pocas cosas en este mundo que me gustan más que demostrarle a un hombre que está equivocado.
Una de ellas es hacerlo mientras conduzco.
La arena sale disparada detrás de mi Suzuki cuando acelero al subir la pendiente.
Mantengo el cuerpo adelantado, las rodillas flexionadas y dejo que la moto se mueva debajo de mí en lugar de luchar contra ella.
Ese fue uno de los primeros errores que cometí cuando aprendí a conducir sobre arena.
Intentar controlar cada movimiento.
No puedes.
La rueda delantera busca su propio camino, la trasera se desplaza, el terreno cambia debajo de ti cada dos segundos.
En arena no ordenas.
Negocias.
Acelero un poco más antes de llegar a la cresta.
La moto pierde peso durante un instante.
Ese instante.
Mi favorito.
No llego a volar demasiado.
Lo suficiente.
La rueda trasera toca primero, después la delantera, y absorbo el impacto con las piernas mientras la suspensión hace exactamente aquello para lo que está diseñada.
Perfecto.
Escucho el motor de Adamo detrás.
Sonrío dentro del casco.
Viene siguiéndome desde hace casi veinte minutos.
Eso, por sí solo, ya es bastante impresionante.
La mayoría de los tipos que llegan aquí con motocicletas caras creen que la potencia puede reemplazar la técnica.
No puede.
La arena castiga el ego con una eficiencia admirable.
Tomo una curva amplia por la ladera de una duna, manteniendo velocidad suficiente para no enterrar la rueda.
Cuando termino el giro y miro hacia atrás, Adamo sigue conmigo.
Más lejos.
Pero sigue.
Mierda.
Es bueno.
No quiero que sea bueno.
Ya tiene demasiadas cosas a favor.
Finalmente llego hasta una zona más plana y reduzco.
Adamo aparece unos segundos después.
Se detiene a mi lado.
Levanto la visera. Él hace lo mismo.
Tiene arena pegada en un lado del casco.
—Eso estuvo bien —dice.
—¿Bien?
—Muy bien.
—Gracias.
—No pareces sorprendida.
—Porque ya lo sabía.
Se ríe.
Ese sonido empieza a gustarme demasiado.
Mala señal.
Señalo hacia atrás.
—¿Viste el segundo salto?
—Sí.
—Eso es algo que una Ducati jamás podría hacer.
Adamo gira lentamente la cabeza hacia mí.
—No dijiste eso.
Sonrío.
—Lo dije.
—Retíralo.
—No.
—Cassidy.
—Adamo.
—Acabas de insultar a mi moto.
—Estoy describiendo limitaciones mecánicas.
—Eso sonó personal.
—Es personal. —Sus ojos grises cambian. Conozco esa mirada—. No.
—¿No qué?
—Lo estás pensando.
—No estoy pensando nada.
—Sí estás pensando.
Mira hacia la misma duna que acabo de bajar.
Oh, mierda.
—Adamo. —Acelera—. ¡ADAMO!
Sale disparo sobre su Ducati.
—¡Hijo de puta! —grito en su dirección.
Ahí va otra vez.
A destruir la moto que acabo de arreglar.
Qué injusta es la vida.
Hay personas que nacen con dinero suficiente para comprar cosas preciosas y absolutamente ninguna capacidad emocional para cuidarlas.
Yo nací con treinta dólares en mi cuenta corriente y sentido común.
Dios claramente reparte atributos al azar.
Acelero detrás de él.
Adamo toma la pendiente más rápido que yo.
Demasiado rápido.
Por un momento creo que va a levantar antes.
No lo hace.
La Ducati sale de la cresta.
Mucho más alta que mi Suzuki.
—No, no, no...
Aterriza.
La suspensión se comprime brutalmente, pero aguanta.
La moto se desvía hacia un lado.
Adamo corrige y sigue.
Me quedo mirándolo.
El imbécil levanta una mano.
Está celebrando.
Me río.
No debería, pero lo hago.
Acelero hasta alcanzarlo.
—¡Estás completamente enfermo!
—¡Pero funcionó!
—¡Eso no demuestra nada!
—Demuestra que estabas equivocada.
—¡Demuestra que tienes más dinero que cerebro!
Se ríe.
—Carrera.
—¿Qué?
Señala una duna a lo lejos.
—Hasta allá.
—Estás loco.
—¿Tienes miedo?
Eso fue un error.
—No.
—Entonces vamos.
—¿Reglas?
—Primero en llegar.
—Eso no es una regla.
—Es la única necesaria.
Lo miro.
Después miro la duna.
Después vuelvo a mirarlo.
—Vas a perder.
Baja la visera.
—Eso quiero verlo.
Sale antes de que yo pueda responder.
—¡TRAMPOSO!
Voy detrás.
Lo odio.
No realmente.
Ese es el problema.
Hace mucho tiempo que no me divierto así.
No recuerdo cuánto exactamente.
Quizá demasiado.
Corremos.
Nos adelantamos.
Nos cerramos el paso sin llegar a hacerlo de verdad.
Él tiene más potencia.
Yo conozco el terreno.
Eso equilibra bastante las cosas.
En las subidas largas me alcanza. En las zonas más técnicas lo dejo atrás. En una curva comete el error de entrar demasiado abierto y yo paso por dentro.
Lo miro mientras lo adelanto y le enseño el dedo del medio.
Su carcajada se escucha incluso sobre los motores.
Cuando finalmente llegamos a la duna que escogió, gano yo.
Por poco.
Pero gano.
Freno arriba y levanto ambos brazos.
—¡Te dije!
Adamo llega segundos después.
Se quita el casco.
—Hiciste trampa.
—¿Cómo exactamente?
—Conoces el terreno.
—Eso se llama ventaja competitiva.
—Eso se llama hacer trampa.
—Pierde con dignidad, Greco.
—Nunca.
Nos reímos.
No puedo evitarlo.
Él tampoco.
Y durante un rato simplemente seguimos.
Sin hablar demasiado.
Sin necesidad.
Esto es lo que me gusta de las motos.
No tienes que llenar silencios.
No tienes que explicar qué piensas.
No tienes que escuchar a nadie justificarse.
Solo existe el ruido del motor, el terreno delante y las decisiones que tomas en fracciones de segundo.
Velocidad.
Peso.
Ángulo.
Tracción.
Todo tiene sentido.
Las personas no.
La física sí.