Lo firmó con la misma mano con la que dicta sentencias: Elena Rossi será suya, quiera o no.
Dante Moretti tiene treinta y tres años, un imperio de hoteles y clubes que recorre la noche de Milán hasta el submundo y una única regla: nadie le dice que no al Don. Por eso, cuando los Rossi le entregan a su hija menor para sellar un trato, no espera resistencia. Espera una novia dócil frente al altar.
Lo que encuentra es un altar vacío.
Elena lleva toda la vida pagando por existir: golpes, hambre y una familia que la trata como mercancía. El día de su boda con un hombre al que ni siquiera conoce, se esfuma entre una multitud de turistas con documentos falsos y el dinero justo para sobrevivir. Dalila Romano, una mesera cualquiera en una ciudad ajena, debería ser invisible.
Pero hay un club en Milán donde nada pasa inadvertido, y su dueño lleva días buscándola.
Ahora Dante quiere saber por qué huyó. Y Elena empieza a sospechar que el monstruo del que escapaba tal vez no sea el que la espera.
Entre mansiones blindadas, secretos de mafia y una pasión que quema más de lo que protege, ella tendrá que decidir qué hacer con la libertad que tanto le costó conseguir… y con el hombre que jura que no volverá a perderla.
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El día
Los días pasaron arrastrándose, pero al menos las cocineras de la mansión cumplieron al pie de la letra la orden de alimentarme bien; hambre ya no volví a pasar.
Lo que me quedaba era una paciencia de hierro, la necesaria para soportar la cuenta regresiva. Ese día era el de la boda. Tal como lo habían dispuesto, no tuve derecho a opinar sobre absolutamente nada; todo lo había decidido Olivia, y a mí me daba igual. Mi único objetivo era mantener la calma, guardar fuerzas y esperar el momento exacto en que fallara la vigilancia.
Me llevaron al probador de una boutique de lujo para la última prueba del vestido. Cuando me trajeron el traje, noté lo esmerada que había sido la maldad: era un vestido pesado, de corte anticuado, feo, cargado de olanes cursis y capas de tela que me ahogaban. A mi lado, Olivia no podía contener la risa y se tapaba la boca con la mano mientras contemplaba el espectáculo ridículo.
—Vaya, pero miren nada más… Le quedó perfecto a nuestra oveja negra —se burló Olivia, con los ojos brillándole de puro placer sádico—. Combina perfecto con el monstruo que va a recibirte.
Me tragué la humillación sin replicar una sola palabra, reservando toda mi fuerza para lo que importaba. Apenas salimos de la tienda rumbo al auto que nos llevaría directo a la ceremonia improvisada, el destino decidió cooperar. Un numeroso grupo de turistas escandalosos cruzó la calle en ese instante, tapándoles la vista a los guardias y armando un torbellino de cámaras, maletas y confusión en la acera.
Era mi oportunidad.
No lo pensé dos veces. Apreté contra el pecho el bolso donde estaban a salvo los documentos falsos de Dalila Romano y el dinero ahorrado, y salí disparada.
—¡EH! ¡VUELVE ACÁ! ¡SE ESCAPÓ! —oí los gritos estridentes y desesperados de Olivia rasgando el aire, seguidos de los alaridos histéricos de mi madre llamando a los guardias.
El ruido de las voces y de los pasos pesados quedó atrás mientras yo zigzagueaba entre la multitud y me metía corriendo por callejones estrechos que conocía bien. Con el corazón en la garganta, seguí corriendo hasta llegar al barrio pobre y empujé sin aliento la puerta de la casa de Antoine.
Él ya me esperaba, con todo listo sobre la mesa rústica.
—¿Lo lograste? —preguntó, haciéndome espacio para entrar y echando el cerrojo enseguida.
—Lo logré —respiré hondo, tendiéndole el bolso.
Sin perder un solo segundo, Antoine tomó un frasco de tinte oscuro que había conseguido. Sentada en la silla de madera, dejé que transformara mi aspecto y borrara cualquier rastro de la antigua Elena Rossi. El tinte cubrió los mechones claros y me cambió por completo el rostro, mientras él me ayudaba a cambiarme el vestido ridículo por ropa común y discreta.
Todo estaba en orden. Al anochecer, con la nueva identidad firme en los documentos y el valor renovado en el pecho, por fin cruzaría esa frontera, lejos de todo el infierno que dejaba atrás.
El sudor me resbalaba por la frente mientras Antoine pisaba a fondo el acelerador del auto viejo, tomando carreteras secundarias y caminos de tierra para evitar las autopistas principales, donde la vigilancia de mi familia y de sus matones seguramente habría levantado retenes. Por la ventanilla, el paisaje se difuminaba en tonos grises, pero la tensión dentro del vehículo era cortante como vidrio roto. Sabíamos que cada segundo nos alejaba o nos acercaba al abismo.
Cuando por fin divisamos la silueta del aeropuerto regional, lo que vi me hizo caer el estómago a los pies. Era un hormiguero caótico de autos de lujo negros, sedanes de vidrios polarizados y hombres corpulentos de traje que corrían de un lado a otro gesticulando con sus celulares. Reconocí de inmediato la postura letal de esa gente: eran los enviados de los Rossi o, peor aún, los emisarios de aquella boda, que ya cazaban a la novia fugitiva por tierra y aire.
Antoine arrimó el auto a las sombras y tragó saliva antes de mirarme.
—Llegamos, Dalila. Es ahora —dijo en voz baja y tensa, sujetándome el brazo un instante.
Mientras me acomodaba la correa del bolso, con los documentos falsos y el dinero pegados al cuerpo, una patrulla local frenó en seco justo en la entrada de la terminal, con las luces altas cortando la penumbra. El oficial bajó con la mano firme sobre la funda de la pistola y los ojos atentos, rastreando el movimiento hasta clavarse en mí.
El policía dio dos pasos al frente y me cerró el camino con una carpeta en la mano, donde llevaba la alerta de búsqueda y una foto del rostro impresa. A su lado, uno de los matones de los Rossi miraba por encima de su hombro cuando Antoine preguntó:
—¡Oiga, oficial! ¿Buscan a alguien peligroso?
El policía, con la expresión firme y autoritaria, miró de reojo al hombre de traje antes de volver los ojos hacia mí y responder con frialdad:
—Sí. Una fugitiva peligrosa —el oficial me clavó la mirada y luego la desvió hacia los documentos a nombre de Dalila Romano que yo extendía con las manos temblorosas, disimulando el agotamiento.
El silencio duró lo que un latido. Pero el dineral que Antoine había desembolsado cumplió su labor en silencio. El policía cerró la carpeta, devolvió los papeles con un gesto seco y me dejó pasar, fingiendo ignorar el cerco que se tejía justo detrás.
No esperé a que lo repitiera. Corrí hacia el interior de la terminal, me metí entre la multitud de pasajeros y logré abordar la avioneta bimotor que haría el primer tramo del viaje.
Horas después, tras bajar en una ciudad del interior, polvorienta y silenciosa, cambié de transporte a toda prisa y tomé un taxi cansado que recorrió kilómetros hasta cruzar la frontera definitiva.
Cuando el letrero que indicaba la entrada a Milán se reflejó en los vidrios polvorientos del auto, sentí que el aire volvía a mis pulmones por primera vez en años.
Las luces urbanas de la metrópoli brillaban en la inmensidad de la noche, indiferentes a mi existencia.
Estaba sin techo, sin rumbo fijo y con poco dinero, pero, mientras le pagaba al taxista y caminaba hacia las calles concurridas de aquella selva de cemento, la única certeza que me latía en el pecho era indestructible: era libre.