Sienna Hale tiene veinticuatro años, un título de diseño de modas y ninguna intención de volver a ser la hija obediente de nadie. Cuando por fin consigue escapar de su pasado, su hermano Wes le ofrece un refugio: un apartamento en lo más alto de Larkspur Tower, en Vale Harbor, donde la espera una regla muy simple. Mantente lejos de Ronan Kestrel.
Ronan es el mejor amigo de Wes, el hombre al que todos en la ciudad le hablan en voz baja y a quien nadie se atreve a decirle que no. Tiene la mirada de quien ya decidió algo y una cocina donde, a las tres de la madrugada, hay cosas que Sienna no debería haber visto.
Ella necesita un trabajo, un nombre propio y un lugar donde no tenga que demostrar nada. Él necesita que ella sea intocable. Pero entre cenas incómodas, miradas que duran un segundo de más y una puerta que alguien deja entreabierta, los dos empiezan a descubrir que la prohibición solo hace más difícil resistirse.
Mientras Sienna construye la carrera con la que siempre soñó, el mundo de Ronan, con sus familias, sus deudas y sus enemigos, empieza a acercarse demasiado. Y confiar en el hombre equivocado puede costar mucho más que un corazón roto.
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Capítulo 7
Capítulo 7: Su rodilla entre mis muslos
Sienna
Puede que él también esté ahí. Me quedé mirando el celular todo el trayecto. Casi le pedí a Owen que diera la vuelta. Casi.
Pero no era cobarde.
Bueno, era un poquito cobarde. Pero tenía hambre, quería ver a mi hermano y no iba a permitir que un solo hombre me sacara de un restaurante.
Aunque ese hombre me hubiera visto mirarlo. Aunque, seis horas después, yo le hubiera dado una toalla para secarse la sangre de las manos. Todavía no sabía de quién era esa sangre.
No quería saberlo.
Para distraerme, pensé en Juno. Antes de salir del local le pregunté cómo habían abierto ella y Jules un lugar tan precioso siendo tan jóvenes. Tenían apenas veintisiete años.
—Papá rico —dijo, encogiéndose de hombros—. Vio que íbamos en serio y nos compró el local. No me da vergüenza. Ahora nos ganamos cada dólar.
Me gustó que no fingiera. Yo tenía veinticuatro años, ni dinero ni plan, y un trabajo que tenía desde hacía exactamente seis horas.
Pero bueno. Era un comienzo.
Olive & Ash no era lo que esperaba. Pensé que sería un lugar acartonado, con manteles blancos. En cambio, era cálido y oscuro, con paredes de ladrillo y olivos en enormes macetas en medio del salón. Velas por todas partes. Jazz suave. Todas las mesas ocupadas.
Menos una sección al fondo. Esa estaba acordonada y completamente vacía.
—Hola —dijo la anfitriona—. ¿Mesa para uno?
—En realidad soy la hermana de Wes Hale. Dijo que les diera su nombre.
Abrió mucho los ojos. Se enderezó.
—Por supuesto, señorita Hale. Por aquí, por favor.
Me llevó directo, pasando el cordón, hasta un gran reservado de cuero en la esquina. Mi hermano tenía su propia mesa. En un restaurante. Con cordón.
¿Qué demonios hacía para ganarse la vida?
Me senté y abrí el menú. Fue entonces cuando noté a los hombres de la barra. Era una barra redonda al fondo, y cuatro o cinco hombres de traje impecable estaban de pie alrededor, con copas en la mano.
No dejaban de mirarme. No de forma coqueta. Más bien como si trataran de averiguar quién era yo.
Mantuve los ojos en el menú. Leía por tercera vez la misma descripción de pasta cuando alguien se deslizó en el reservado frente a mí.
—Vaya, hola, preciosa. ¿Y tú quién eres?
Era guapo de una manera escandalosa. Hombros anchos, pelo oscuro peinado hacia atrás, una cadena de oro asomando por el cuello abierto de la camisa. Un palillo en la comisura de la boca.
Se recargó en el respaldo como si el lugar fuera suyo. Quizás lo era.
—Soy Sienna Hale —dije—. La hermana de Wes. ¿Lo conoces?
Levantó las cejas de golpe.
—¿Conocerlo? Cariño, trabajamos juntos.
—¿Dónde?
Parpadeó. No se lo esperaba.
—Aquí y allá —dijo con una sonrisa.
Qué bien. Otro más.
—¿Tienes nombre?
—Theo. —Se inclinó sobre la mesa y me tendió la mano—. Theo Kestrel.
Se me revolvió el estómago.
—¿Kestrel? ¿Eres pariente de Ronan?
—Primo. —Me estrechó la mano y no la soltó—. Wes me contó que su hermana venía a la ciudad. Olvidó mencionar que era tan hermosa.
Retiré la mano y sonreí con cortesía. Nunca le creía a la gente cuando decía eso. En mi cabeza siempre oía a mi padre. Arréglate el pelo. Párate derecha. Podrías ser bonita si te esforzaras más.
—Podría recomendarte algunos platillos —dijo Theo, acercándose—. Como es tu primera vez. El...
Se calló. Sus ojos se fueron a algo detrás de mí y se echó hacia atrás de golpe, como si lo hubieran jalado de un hilo.
—Ronan —dijo.
El corazón se me fue a los pies. No me volví. Miré el menú con tanta fuerza que las palabras se me nublaron.
—Lárgate.
Dos palabras. Graves, planas y peligrosas.
—Tranquilo, primo. Solo saludaba a la pequeña Hale.
Sentí a Ronan de pie junto al reservado. No levanté la vista, pero lo sentía. Así era él. Llenaba una sala sin decir nada.
—Sienna.
Mi nombre en su boca. Era la primera vez que lo decía así. No como vuelve a la cama, Sienna. Solo mi nombre. Grave y lento, como si lo saboreara.
Tragué saliva y alcé la vista. Gran error. Traje negro. Camisa abierta en el cuello. Su rostro estaba calmado y serio, pero sus ojos decían algo que no pude descifrar. Tenía los nudillos amoratados. Aparté la mirada rápido.
—Eh. Hola.
Fue todo lo que pude decir.
Chasqueó los dedos una sola vez.
Theo suspiró y salió del reservado.
—Está bien. Sé cuándo estorbo.
Y Ronan se sentó en su lugar.
Justo frente a mí.
Quise meterme debajo de la mesa. Él no parecía avergonzado. Ni por la recámara. Ni por la cocina. Se veía completamente tranquilo, como si no hubiera pasado nada. Se recargó y extendió un brazo a lo largo del respaldo. Como un rey en su trono.
—¿Vas a seguir fingiendo que no estoy aquí?
Su voz de verdad era como miel vertida sobre grava. No pude hablar. Solo negué con la cabeza. Luego asentí. Luego ya no supe qué hacía. Levantó la otra mano y se pasó despacio el pulgar por el labio inferior. Lento. De un lado a otro.
Apreté los muslos bajo la mesa con tanta fuerza que me dolieron.
Y entonces lo sentí. Su rodilla. Bajo la mesa, su rodilla tocó la mía. Pensé que fue un accidente. El reservado era pequeño. Él era un hombre grande, pero entonces presionó.
Con suavidad. Despacio. Justo entre mis rodillas. Se me cortó el aire. Siguió empujando. Sin fuerza. Solo constante. Paciente. Mis rodillas empezaron a abrirse, una pulgada a la vez, y no pude detenerlas.
No quise detenerlas. Su rodilla se movió entre mis muslos y se quedó ahí. Justo ahí. Manteniéndome las piernas abiertas bajo la mesa, en medio de un restaurante lleno, mientras sonaba el jazz y parpadeaban las velas y nadie en el mundo lo sabía.
Su expresión no cambió en absoluto. Solo me miraba con esos ojos azul oscuro, con el pulgar aún apoyado en el labio inferior. Me aferré al borde de la mesa. La piel me ardía. De pronto el corsé me apretaba muchísimo. Sentía mi propio pulso latiendo entre las piernas, tan cerca de donde estaba su rodilla.
Si la movía una pulgada más...
—¿Por qué me evitas?
Lo preguntó tan bajito. Como una pregunta cualquiera. Como si su rodilla no estuviera entre mis piernas. Abrí la boca. No tenía idea de qué iba a salir.
Porque te vi tocarte.
Porque me toqué después.
Porque anoche vi sangre en tus manos y aun así quería que me besaras.
—Yo...
—Hazte a un lado.
Wes. Mi hermano estaba de pie junto al reservado, haciéndome señas para que me recorriera. La rodilla de Ronan desapareció. Así, sin más. Como si nunca hubiera estado ahí. Me deslicé sobre unas piernas temblorosas. Wes se dejó caer a mi lado.
—Perdón por la tardanza —dijo mi hermano, animado—. ¿Ya ordenaron?
Al otro lado de la mesa, Ronan tomó su menú.
—Todavía no —dijo.
Y no volvió a mirarme.