🎄 El esposo que apareció en invierno
Una joven de 18 años es abandonada por el amor de su vida justo cuando descubre que está embarazada de cuatrillizos. Sin familia, sin apoyo y completamente rota, termina viviendo uno de los momentos más difíciles de su vida… hasta que el destino interviene.
Una noche fría de invierno, es encontrada desmayada en la calle con fuertes dolores por un hombre desconocido que decide ayudarla y llevarla al hospital. Allí, un malentendido con los medios los obliga a fingir ser esposos para evitar el escándalo. Lo que comienza como una mentira por necesidad, se convierte en un matrimonio real.
Él, un hombre que siempre soñó con ser padre pero que fue herido por una relación pasada, decide aceptar a la joven y a sus cuatrillizos como su familia. Les da su apellido, los protege y los presenta ante su propia familia en plena Navidad, como su esposa y sus hijos.
Entre momentos de dolor, protecció.
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Capitulo 24: El valle del rio de plata
El descubrimiento del diario había cambiado todo.
La búsqueda ya no era una simple investigación familiar.
Ahora tenían una pista real.
Una dirección.
Un lugar.
Y quizás, por fin, el camino hacia el medallón perdido.
Pero también sabían algo más.
No estaban solos.
Alguien los vigilaba.
Alguien que parecía conocer la historia tanto como ellos.
El sol comenzaba a ocultarse cuando Adrián, Ricardo, Alejandro y Esteban regresaron a la mansión.
Lucía los esperaba en la entrada.
Tenía a Valentina en brazos y una expresión preocupada.
En cuanto vio a Adrián, caminó rápidamente hacia él.
—¿Están bien?
Preguntó.
Adrián sonrió.
—Sí.
Pero encontramos algo importante.
Aquella noche, después de cenar, toda la familia se reunió en la biblioteca.
Los cuatrillizos dormían en la habitación de los bebés bajo el cuidado de Rosa.
Ricardo colocó el antiguo diario sobre la mesa.
Y comenzó a explicar todo lo ocurrido.
La caja escondida.
Las cartas.
Las fotografías.
Y la última frase escrita por su abuelo.
"El guardián llevará la llave donde descansa el Río de Plata."
Lucía escuchaba atentamente.
—Entonces el medallón está allí.
Dijo.
—Eso creemos.
Respondió Adrián.
—Y si Ricardo tiene razón, ese lugar existe.
Ricardo asintió.
—Existe.
Lo recuerdo perfectamente.
Cuando era niño fui una vez con mi abuelo.
Está escondido entre las montañas.
Muy lejos de cualquier ciudad.
Esteban observó el mapa.
—¿Y cuánto tardaremos en llegar?
—Unas cuatro horas.
Respondió Alejandro.
—Tal vez más.
El camino es complicado.
El silencio llenó la habitación.
Porque todos comprendían lo que aquello significaba.
La búsqueda estaba cerca de terminar.
Pero también podía volverse más peligrosa.
Más tarde, cuando todos se retiraron, Lucía encontró a Adrián en el jardín.
Sentado bajo las estrellas.
Pensativo.
—Sigues preocupado.
Dijo ella.
Adrián sonrió levemente.
—¿Tan evidente es?
—Mucho.
Respondió.
Lucía se sentó a su lado.
—¿Qué ocurre?
Preguntó.
Adrián tardó varios segundos en responder.
—Tengo miedo de que algo salga mal.
Lucía lo observó.
—Siempre has enfrentado problemas.
¿Por qué este es diferente?
Adrián miró hacia la mansión.
Hacia la ventana iluminada de la habitación de los bebés.
—Porque ahora tengo algo que perder.
Aquellas palabras hicieron que el corazón de Lucía latiera más rápido.
Por primera vez comprendió que Adrián ya no estaba luchando por una herencia.
Ni por una fortuna.
Ni siquiera por el apellido Valcárcel.
Estaba luchando por ellos.
Por su familia.
Por ella.
Y por los cuatro pequeños que dormían dentro de aquella casa.
A la mañana siguiente comenzaron los preparativos.
El viaje al Valle del Río de Plata sería largo.
Y posiblemente difícil.
Ricardo insistió en acompañarlos.
A pesar de las protestas de todos.
—No pienso quedarme aquí.
Declaró.
—He esperado décadas para descubrir la verdad.
No voy a perderme el final.
Isabella soltó una carcajada.
—Nadie puede discutir contigo.
—Por supuesto que no.
Respondió Ricardo orgullosamente.
Mientras tanto, Lucía ayudaba a preparar todo.
Aunque en el fondo deseaba que Adrián no fuera.
Aquella sensación extraña seguía creciendo.
Ese presentimiento que no lograba explicar.
Poco antes del viaje ocurrió algo inesperado.
Mateo comenzó a llorar.
Lucía lo tomó en brazos inmediatamente.
Pero el pequeño no se calmaba.
Algo raro en él.
—¿Qué le pasa?
Preguntó Victoria.
Lucía negó con la cabeza.
—No lo sé.
Entonces Adrián se acercó.
Y apenas tomó al bebé en brazos...
Mateo dejó de llorar.
El silencio fue inmediato.
Todos comenzaron a sonreír.
—Mira eso.
Dijo Isabella.
—Definitivamente te reconoce.
Adrián observó al pequeño.
Y sintió una emoción profunda.
Porque cada día era más difícil recordar que aquellos niños no llevaban su sangre.
En su corazón ya eran sus hijos.
Cuando llegó la hora de partir, Lucía acompañó a Adrián hasta la entrada.
Los demás ya estaban en los vehículos.
Esperando.
—Volveré pronto.
Prometió él.
Lucía intentó sonreír.
—Más te vale.
Porque cuatro bebés y una familia entera te estarán esperando.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
Mirándose.
Cada vez más cerca.
Cada vez más conscientes de lo que sentían.
Pero antes de que alguno dijera algo más, Ricardo tocó la bocina.
—¡Vamos!
¡La historia no se descubrirá sola!
Todos terminaron riendo.
Los vehículos comenzaron a alejarse.
Y Lucía permaneció observándolos hasta que desaparecieron.
Sin saber que aquella expedición estaba a punto de cambiarlo todo.
Porque en el Valle del Río de Plata no solo encontrarían nuevas pistas.
También encontrarían enemigos.
Secretos.
Y una verdad capaz de sacudir los cimientos de la familia Valcárcel.
Mientras tanto, oculto entre las sombras, el hombre desconocido observaba los vehículos alejarse.
Y sonrió.
—Perfecto.
Murmuró.
—El juego ha comenzado.
Y esta vez...
no todos regresarán siendo los mismos.