### Un grano de café para el lobo ruso
Una noche de traición los unió por error: ella, huyendo de una trampa; él, un temido mafioso ruso envenenado por sus enemigos. Al amanecer, ella desapareció dejando atrás una pequeña cadenita con un grano de café.
Lejos de Rusia, comenzó una nueva vida en Estados Unidos, sin imaginar que aquella noche cambiaría su destino para siempre. Mientras ella guarda un secreto capaz de alterar dos mundos, el lobo ruso mueve cielo y tierra para encontrar a la única mujer que logró escapar de sus garras.
Pero cuando sus caminos vuelvan a cruzarse, ¿será el amor más fuerte que la traición o terminarán destruyéndose mutuamente?
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Capítulo 3: La jauría de cristal
A las ocho de la mañana, la lluvia de la capital caía sucia sobre el asfalto agrietado de las barriadas del norte.
Maira Beltrán subió los cuatro tramos de escalera de caracol de su edificio de inquilinato con una mano aferrada al pasamanos de hierro oxidado y la otra apretando los jirones de su vestido verde contra el pecho. Cada escalón era un suplicio: los músculos de las piernas le temblaban por el esfuerzo acumulado y una punzada aguda le quemaba el vientre. Tenía las plantas de los pies ensangrentadas por haber corrido descalza varias cuadras hasta encontrar un autobús de línea que la alejara del hotel.
Al llegar al rellano, la puerta de madera aglomerada de su cuarto estaba abierta.
Camila estaba arrodillada en el suelo, llorando frente a una maleta deshecha con el teléfono pegado a la oreja. Al escuchar el crujido del suelo, la chica levantó la cabeza. Cuando vio a Maira apoyada en el marco, con el dobladillo rasgado, la piel pálida como el yeso y el labio roto, el móvil cayó sobre la alfombra con un golpe sordo.
—¡Maira! —gritó Camila, lanzándose hacia ella para sostenerla antes de que sus rodillas tocaran el piso—. ¡Dios mío, Maira! Te busqué por todo el hotel... Fui al salón y ya no había nadie. Fui a la policía y me dijeron que tenía que esperar veinticuatro horas... ¿Qué te hicieron? ¿Dónde estabas?
Maira no pudo hablar. El peso de la noche, el veneno residual y la vergüenza le taparon la garganta como una mano de cal viva. Se desplomó en los brazos de su amiga, temblando de forma descontrolada mientras Camila la arrastraba hacia el colchón y la envolvía en una manta gruesa de lana.
—Julián... —apenas logró susurrar Maira, con la voz rota en un graznido áspero—. Julián me dio algo en la copa, Cami... Me vendió a un conserje.
Camila palideció, cubriéndose la boca mientras los ojos se le llenaban de un odio asesino:
—Ese maldito... Ese perro miserable.
No tuvieron tiempo de asimilar el golpe.
El eco de unas risas arrogantes subiendo por la escalera comunitaria resonó en el pasillo como el ladrido de una jauría.
Un segundo después, Julián Monteverde cruzó el umbral sin golpear.
Vestía la misma camisa de diseñador de la fiesta, con la corbata aflojada y una lata de cerveza en la mano. Detrás de él venían Valeria y dos de los muchachos del último año de la facultad, con las caras hinchadas por el alcohol de la fiesta privada que habían continuado en la madrugada.
Julián se detuvo en mitad de la habitación minúscula, barriendo con la mirada las máquinas de coser, los rollos de hilo barato y las cajas de cartón con el desprecio de quien entra a un establo:
—Vaya, miren quién volvió arrastrándose —soltó él, apoyando un hombro en el marco con una sonrisa cínica que le heló la sangre a Maira—. Creí que te habías tirado al río después del espectáculo que diste en el ascensor, campesina.
Maira intentó levantarse de la cama, aferrada a la manta, pero el cuerpo le falló. Levantó la vista, clavándole a Julián unos ojos oscuros que ardían con un dolor desgarrador:
—¿Por qué? —su voz tembló, no de debilidad, sino de una furia que empezaba a hervir bajo las cenizas—. Yo te quería, Julián... Trabajé turnos dobles para pagarte la mitad de tus proyectos de grado. Te di todo lo que tenía.
Julián soltó una carcajada abierta, compartida por Valeria, que se abanicaba con descaro:
—¿Tú me diste todo? ¿Una provinciana muerta de hambre que huele a café amargo y a retales de tela barata? —dio un paso adelante, arrojando la lata vacía sobre la mesa donde reposaba el título universitario recién obtenido de Maira—. Eres una becada, Maira. Te usé para que me hicieras las tesis de diseño y te dejé creer que éramos iguales porque me divertía ver cómo te desvivías por complacerme. Mi padre es el principal accionista del grupo textil del país. ¿De verdad pensaste que un Monteverde se iba a casar con una costurera sin apellido?
—¡Lárgate de aquí, basura! —rugió Camila, interponiéndose entre él y la cama con una tijera de sastre empuñada en la mano derecha—. ¡Lárgate antes de que te corte la garganta!
Julián no se inmutó. Miró a Camila con asco y luego volvió a clavar los ojos en Maira, bajando el tono a una amenaza helada:
—Ni se te ocurra ir con historias a la policía, Beltrán. En este país, la palabra de una becada drogada que se escapó a revolcarse con sabe Dios quién en los pisos ejecutivos no vale una mierda contra el apellido de mi familia. Si abres la boca, me encargo de que a tu familia le embarguen hasta la última mata de café en su pueblo... y de que tu título de ingeniera no sirva ni para envolver pescado en el mercado.
Valeria soltó una risita burlona desde el pasillo:
—Felicidades por la graduación con honores, Maira. A ver de qué te sirve.
Dieron media vuelta y bajaron las escaleras entre carcajadas que resonaron como latigazos contra las paredes descascaradas del inquilinato.
En el cuarto, el silencio volvió a caer como plomo derretido.
Maira se quedó inmóvil sobre el colchón. Las lágrimas ya no caían; se habían secado sobre sus mejillas como salitre. Se llevó la mano temblorosa al cuello para buscar el consuelo de su único tesoro, el amuleto que la mantenía atada a la tierra digna de sus abuelos.
Sus dedos solo tocaron la piel desnuda.
La cadena no estaba.
La cápsula con el grano de café se había quedado atrás, perdida en el infierno de la suite presidencial, en las manos del monstruo de ojos grises que la había devorado en la oscuridad.
Un sollozo seco, ahogado y desgarrador se le escapó del pecho.
Camila tiró las tijeras al suelo, corrió hacia ella y la estrechó con fuerza entre sus brazos:
—Nos vamos, Maira —susurró Camila, con una determinación de hierro en la mirada—. Esta ciudad está podrida y ellos son dueños de todo aquí. Mi tía tiene un contacto en un taller de confección en Nueva Jersey. Vendemos las dos máquinas Singer, juntamos lo poco que tenemos y nos subimos al primer vuelo con visa de trabajo. Aquí no queda nada para nosotras.
Maira miró su título de honores tirado sobre la mesa, manchado por la cerveza de Julián.
Luego miró sus manos: manos con callos, curtidas por la aguja y el trabajo duro. La ingeniera y la diseñadora que habían intentado aplastar no estaban muertas.
Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas:
—Prepara las maletas, Cami —dijo Maira, y por primera vez en su voz no hubo temblor, sino una dureza de acero recién templado—. Nos vamos hoy mismo.
A diez kilómetros de allí, en el helipuerto privado del Hotel Gran Almirante, el viento azotaba las aspas del helicóptero corporativo listo para despegar rumbo a Europa.
Alekséi Volkov estaba de pie al borde de la pista de aterrizaje, vestido con un abrigo negro de lana que le caía hasta las rodillas. Tenía el rostro pétreo, pero la mandíbula tensa delataba la tormenta que hervía bajo su cráneo.
Dmitri Orlov se acercó a paso rápido, con una tableta en la mano y el semblante sombrío:
—Pakhan... Terminamos la purga del hotel.
Alekséi no giró la cabeza:
—Habla.
—El conserje del turno nocturno fue interrogado en el sótano —dijo Dmitri, tragando saliva ante la mirada de hielo que su jefe le lanzó de reojo—. No tiene conexión con el cártel rival ni con la emboscada. Confesó que un grupo de universitarios adinerados le pagó para encerrar a una compañera de estudios en los cuartos de servicio tras drogarla en la fiesta de graduación.
Alekséi se congeló.
—¿Graduación? —la palabra sonó como un filo cortando el aire frío.
—La mujer que subió al piso cuarenta y cinco no era una operaria, señor. No era una espía. Se escapó de esa trampa por el ascensor de servicio y entró en su suite por pura desesperación, buscando refugio.
El silencio que siguió a las palabras de Dmitri fue aterrador.
Por primera vez en muchos años, Alekséi Mikhailov Volkov sintió un golpe helado en el fondo del estómago. El recuerdo de la noche regresó a su mente con una nitidez demoledora: la resistencia desesperada, los dientes clavados en su hombro, las lágrimas que ardían contra su pecho tatuado... y las manchas de sangre virgen que habían quedado sobre el lino negro.
No había castigado a un asesino. Había destrozado a una civil inocente que huía de sus propios verdugos.
—¿Dónde está? —preguntó Alekséi, con una voz tan baja y cargada de veneno que su lugarteniente dio medio paso atrás por instinto.
—No lo sabemos, Pakhan —admitió Dmitri con la cabeza baja—. El sistema de cámaras del vestíbulo fue quemado por nuestro propio inhibidor de señales durante el tiroteo en la sala de juntas. No hay registros faciales limpios. No sabemos su nombre.
Alekséi metió la mano derecha en el bolsillo de su abrigo.
Sus dedos callosos se cerraron sobre la diminuta esfera de resina que guardaba el grano de café tostado y la letra M grabada en la montura de plata rota.
Apretó el amuleto con tanta fuerza que el metal casi se le incrustó en la carne:
—Dejas un equipo permanente en esta ciudad, Dmitri —ordenó el ruso, clavando sus ojos grises en la inmensidad gris del horizonte urbano—. Revisan cada registro de esa universidad, cada lista de graduados y cada hospital.
Alekséi subió la escalerilla del helicóptero con la zancada pesada de una fiera que acaba de recibir una herida que no puede coser:
—Y cuando la encuentren... no la tocan. Me informan de inmediato. Porque no pienso descansar hasta tenerla frente a mí y descubrir qué demonios me hizo esa mujer para no poder sacármela de la cabeza.