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Papá Por Accidente

Papá Por Accidente

Status: En proceso
Genre:Padre soltero / Malentendidos / Aventura
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Migu

La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.

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Capitulo 12

El reloj de la pared marcaba las dos y cuarto de la madrugada cuando un gemido agudo, delgado y desesperado cortó el silencio absoluto de mi habitación. No era el llanto típico de hambre con el que Isabella solía despertarse para pedir su biberón nocturno; era un sonido constante, quejumbroso y frágil, como el zumbido de un animalito herido que no encontraba consuelo en ninguna parte.

Me desperté de un brinco, con el corazón golpeándome las costillas y el sudor frío pegándome la camiseta a la espalda. Encendí la pequeña lámpara de noche de un manotazo torpe y me acerqué a la cuna con los pasos tambaleantes por el sueño.

—¿Qué pasa, pequeña? ¿Tienes hambre? ¿Es la hora de tu toma? —balbuceé con la voz ronca, estirando los brazos para levantarla.

En cuanto mis manos tocaron su cuerpo, sentí una ola de calor tan intensa que me hizo retroceder por instinto. Isabella estaba ardiendo. Tenía la carita completamente roja, la piel sudorosa y caliente como una brasa, y los ojos cerrados con fuerza mientras respiraba de forma rápida y superficial, soltando pequeños suspiros que me helaron la sangre.

—No, no, no... por favor, no —susurré sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones.

Toqué su frente con la palma de la mano y retiré los dedos de golpe. Tenía fiebre alta. Mucha fiebre. Para un bebé de su edad, una temperatura así no era una simple molestia; era una alarma roja, un peligro invisible que amenazaba con quebrarla por completo en cuestión de minutos.

El pánico me invadió de golpe, paralizándome los músculos durante un segundo eterno. Mi mente, acostumbrada a resolver problemas fáciles o a ignorar las complicaciones de la universidad, se quedó totalmente en blanco. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Despierten, por favor! —grité a todo pulmón, corriendo hacia el pasillo y golpeando la puerta de mis padres con los puños cerrados—. ¡Despierten, algo le pasa a Isabella! ¡Está ardiendo en fiebre!

La puerta de su habitación se abrió de un golpe seco casi al instante. Mi papá apareció en pijama, con el rostro descompuesto por el susto, y mi mamá salió detrás de él con los ojos abiertos de par en par, atándose la bata con torpeza.

—¿Qué pasa, Esteban? ¿Qué tiene la niña? —preguntó mi mamá con la voz temblando.

—¡Tiene fiebre alta, miren cómo quema! ¡No para de llorar! —respondí con la respiración agitada, temblando de pies a cabeza mientras les mostraba a la bebé, que se retorcía incómoda entre mis brazos.

Mi papá no perdió ni un segundo en hacer preguntas innecesarias. Su rostro se puso serio y firme de inmediato.

—No podemos esperar a que baje con remedios caseros. Hay que llevarla a urgencias a la clínica privada de inmediato. ¡Sube al coche, Esteban, yo manejo! —ordenó mi papá, corriendo hacia la entrada para buscar las llaves.

El trayecto en coche hasta la clínica infantil fue una auténtica pesadilla en cámara lenta. La ciudad a esas horas de la madrugada estaba completamente desierta, oscura y silenciosa, pero para mí cada semáforo en rojo era una tortura insoportable. Mi mamá iba en el asiento trasero, sosteniendo a Isabella contra su pecho e intentando calmarla con paños de agua tibia en la frente, mientras yo iba al lado del piloto con las manos apretadas en los puños, rezándole a cualquier fuerza invisible para que resistiera.

—Aguanta, Isabella... por favor, aguanta, ya casi llegamos —repetía una y otra vez en voz baja, sintiendo que las lágrimas de impotencia me quemaban los ojos.

Cuando mi papá aparcó el auto frente a la entrada de urgencias de la clínica, ni siquiera esperé a que apagara el motor del todo. Abrí la puerta de un golpe, salté a la banqueta con la bebé en brazos y corrí hacia las puertas automáticas como si me persiguiera un demonio.

—¡Ayuda! ¡Por favor, alguien ayude a mi hija, tiene fiebre muy alta! —grité en la recepción con la voz rota y desesperada, llamando la atención de las enfermeras de turno.

En menos de treinta segundos, todo se movió a nuestro alrededor con una velocidad vertiginosa. Una enfermera con uniforme celeste apareció con una camilla rodante, tomó a Isabella con manos expertas pero delicadas y gritó hacia el pasillo interior: "¡Código pediátrico, fiebre de origen desconocido, pasen a la sala de urgencias número dos!".

Me intentaron detener en la puerta de la sala, diciéndome que los familiares debían esperar afuera, pero me planté en el marco con una determinación feroz.

—No me voy a mover de aquí. Es mi hija. Me quedo con ella —dije con la voz temblando pero firme. Nadie se atrevió a sacarme.

Entré a la pequeña sala blanca, fría y alumbrada por luces fluorescentes que me dolían en los ojos. La doctora Valeria Rivas, que al parecer estaba de guardia esa noche, apareció de inmediato con una bata blanca impecable y un estetoscopio colgado al cuello. Su expresión habitual, seria pero calmada, se transformó al ver el estado en el que traíamos a la pequeña.

—Tranquilos, papás, déjenme verla —dijo la doctora Rivas con una voz firme y profesional, acercándose a la camilla donde mi mamá acababa de acostar a Isabella.

Los minutos que siguieron se sintieron como horas eternas. La doctora Valeria revisó sus oídos, auscultó su pecho con el estetoscopio frío, le midió la temperatura con un termómetro digital y le revisó la garganta mientras Isabella lloraba con desesperación, un llanto débil que me desgarraba el alma desde adentro.

Cada segundo que pasaba sin saber qué le pasaba era una puñalada directa en el pecho. Me quedé de pie en una esquina de la habitación, con las manos aferradas al borde de la camilla, sintiendo un terror visceral que jamás había experimentado en toda mi vida. No era el miedo a reprobar un examen, ni el miedo al qué dirán mis amigos, ni el miedo a quedarme sin dinero. Era el terror puro y absoluto de perderla. De darme cuenta de lo increíblemente frágil que era la vida de mi hija y de lo poco que yo podía hacer para protegerla del dolor.

—¿Qué tiene, doctora? ¿Es grave? ¿Por qué tiene tanta fiebre? —pregunté con la voz quebrada, sintiendo que las lágrimas finalmente rompían la presa y rodaban por mis mejillas sin importarme quién me viera.

La doctora Valeria dejó los instrumentos médicos sobre la charola de metal, se giró hacia nosotros con una expresión comprensiva y exhaló un suspiro suave.

—Tranquilo, Esteban. Respira hondo —comenzó a decir la doctora con una calma que me devolvió un poco el aliento—. No es una infección grave ni nada pulmonar. Por lo que veo en la revisión y en los síntomas iniciales, parece ser una reacción típica por la salida de sus primeros dientes, combinada con un pequeño cuadro viral que le bajó las defensas. Su cuerpecito está reaccionando a eso, de ahí el pico tan alto de fiebre.

—¿De verdad? ¿No corre peligro? —preguntó mi papá con la voz todavía tensa, acercándose a la camilla.

—No corre peligro si la controlamos a tiempo —respondió la doctora con seguridad—. Vamos a aplicarle un medicamento antipirético por vía intravenosa para bajarle la temperatura de inmediato, y la dejaremos en observación aquí en urgencias durante un par de horas hasta asegurarnos de que el cuadro ceda por completo. Pero va a estar bien.

Un alivio gigantesco, tan pesado que casi me hace doblar las rodillas, recorrió todo mi cuerpo. Apoyé la frente contra el borde de la pared fría de la clínica y cerré los ojos con fuerza, dejando escapar un sollozo ahogado de puro cansancio y tensión acumulada.

Mientras las enfermeras le colocaban con mucho cuidado una pequeña vía en su bracito para administrarle el medicamento, me acerqué despacio a la camilla. Isabella había dejado de llorar un poco; seguía con los ojitos llorosos y la carita sonrojada, pero su respiración empezaba a volverse más tranquila y pausada.

Extendí la mano y tomé su manecilla diminuta entre mis dedos grandes y ásperos, marcados todavía por la grasa del taller mecánico de Martín.

En ese preciso instante, mirando su cuerpecito pálido sobre las sábanas blancas del hospital, experimenté una mezcla extraña de amor inmenso y una culpa punzante. Me di cuenta de que ser padre no significaba solo ganar batallas en la universidad o trabajar hasta cansarse para comprar pañales; significaba también cargar con el peso invisible de la vulnerabilidad. Estar dispuesto a temblar de miedo en una sala de urgencias a las tres de la mañana, sabiendo que por mucho que quisiera protegerla de todos los males del mundo, ella seguía siendo frágil y el mundo seguía siendo un lugar impredecible.

Apreté suavemente su manita, sintiendo cómo sus deditos respondían al contacto por instinto.

—Aquí estoy, mi amor... perdóname por no saber qué hacer al principio, pero te prometo que voy a aprender a cuidarte mejor —susurré con la voz rota, mientras la fiebre empezaba a ceder lentamente bajo el efecto de la medicina.

Afuera, la madrugada seguía fría y oscura, pero dentro de esa pequeña sala de urgencias, sentado junto a la camilla de mi hija, comprendí que el verdadero valor de un padre no se mide por no tener miedo, sino por ser capaz de enfrentarse al infierno entero con tal de ver a su hijo respirar en paz.

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Cliente anónimo
Quiero leerla , se ve interesante
bruja de la imaginación 👿😇
q manera de llorar 😭 senti como si su dolor fuera mío
bruja de la imaginación 👿😇
ay no😭😭 por favor
Jazmín Adriana Muelas Morales
me encanta 😍es hermoso como muestra todo lo que puede llegar a pasar
Jazmín Adriana Muelas Morales
me alegro 🥰 todo esfuerzo tiene recompensa 👏
bruja de la imaginación 👿😇
me encantó está historia y más está parte donde le explican a veces los adultos intentan tapar verdades o mentirle a los niños Pero verdaderamente no es necesario darles la cruda realidad Pero tampoco envolverlos en cuentos de hadas con paciencia y amor ellos pueden comprender
bruja de la imaginación 👿😇
me encantó está historia 🥰
Kookie
que chico más irresponsable algún día tendrá consecuencias
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