Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 21. EL VENENO DEL PERDEDOR
Despertar con el sol de la mañana ya no se sentía como una intrusión en mi espacio personal. Me removí lentamente entre las sábanas, sintiendo el roce suave de la tela y una calidez que me envolvía por completo. Esta vez no había pánico, ni resaca, ni la necesidad imperiosa de salir corriendo hacia mi oficina para ocultar mis debilidades. Héctor estaba profundamente dormido a mi lado, de medio lado, con un brazo fuerte y pesado descansando sobre mi cintura de forma posesiva pero extrañamente protectora. Su respiración pausada me rozaba el hombro, y por primera vez en mis veintiséis años, sentí que estar en los brazos de alguien era el lugar más seguro del mundo.
Me quedé un rato contemplándolo en silencio, disfrutando de la tregua que nos habíamos ganado. El hombre cínico de las portadas de revista se había desvanecido; en su lugar estaba el chico que amasaba harina recordando a su madre, el mismo que había arriesgado los balances de su propia constructora solo para proteger mis restaurantes. Me acerqué un poco más a él, depositando un beso suave en su mandíbula afilada.
Héctor soltó un gruñido ronco, sus ojos grises abriéndose perezosamente mientras una sonrisa lenta y genuina iluminaba su rostro mañanero. Su brazo me apretó con más fuerza contra su pecho desnudo.
—Buenos días, mi jefa —susurró, con esa voz grave que me aceleraba el pulso—. Empiezo a pensar que el sofá de la sala era un pésimo negocio. Debería haber negociado esta cama desde la primera noche en el barco.
—No cantes victoria, de la Vega —le respondí, riendo suavemente contra su cuello, aunque mis manos ya se enredaban en su cabello desordenado—. Sigo siendo la dueña de la franquicia aquí dentro. Pero admito que tus habilidades de negociación han mejorado bastante.
Pasamos la mañana del sábado entre risas flojas, café de avellana preparado con la prensa francesa y una complicidad que ya no le pertenecía a ninguna farsa mediática. Éramos una pareja real, un frente unido que había aprendido a leerse detrás de las armaduras corporativas. Sin embargo, en el mundo de los grandes negocios, la felicidad es un blanco móvil, y el rival de mi pasado estaba a punto de jalar el gatillo.
El desastre estalló a las dos de la tarde, justo en mitad del servicio del almuerzo.
Mi teléfono personal empezó a sonar con una insistencia que me heló la sangre. Al ver el nombre de Marta en la pantalla, la burbuja de paz del ático se rompió en mil pedazos.
—¿Marta? ¿Qué pasa? —pregunté, poniéndome de pie de golpe en la sala. Héctor se enderezó en el sofá, su mirada de tiburón activándose al notar la tensión en mi rostro.
—Señorita Claudia, es una pesadilla —la voz de mi asistente era un puro hilo de pánico—. Sanidad acaba de presentarse en las tres sedes emblemáticas del centro de la ciudad. Hay reportes de una intoxicación masiva. Más de cuarenta clientes de las mesas VIP y del salón principal han empezado a mostrar síntomas de náuseas y fiebre alta en la última hora. Las ambulancias están en las puertas de los locales y la prensa local ya está transmitiendo en vivo.
Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. El control de calidad de Índigo Gastronómica era legendario; mis cocinas seguían protocolos más estrictas que un quirófano. Era matemáticamente imposible que tres locales distintos sufrieran una contaminación idéntica al mismo tiempo de forma natural.
—¿Qué ingrediente tienen en común esos menús, Marta? —exigí, apretando los dientes para no dejarme arrastrar por el desespero.
—Los inspectores están haciendo las pruebas químicas ahora mismo, jefa, pero todo apunta a la salsa secreta artesanal que se distribuyó desde el almacén central el jueves por la noche. Dicen que hay trazas de una bacteria contaminante ligera.
—Richard... —el nombre salió de mis labios como un susurro cargado de puro veneno.
Colgué el teléfono y miré a Héctor, sintiendo una punzada de impotencia que amenazaba con quebrarme. El ataque del antagonista de nuestra historia no era un simple bloqueo logístico; era un atentado criminal diseñado para destruir mi reputación, cerrar mis franquicias y, potencialmente, enviarme a prisión por un delito contra la salud pública.
Héctor no lo dudó un segundo. Se puso de pie, caminó hacia mí y me tomó de los hombros con una firmeza que me obligó a respirar. Sus ojos grises brillaban con una furia gélida, pero su mente estaba funcionando a mil revoluciones por minuto.
—No te vas a caer ahora, Claudia —me dijo, su voz profunda infundiéndome una fuerza que no sabía que tenía—. Richard cree que te ha acorralado porque usó un método sucio, pero cometió un error garrafal. Esa salsa secreta se envasa en los almacenes centrales donde Arturo Gómez todavía tiene operarios de confianza. Es demasiada coincidencia.
Héctor sacó su tableta electrónica, tecleando a toda velocidad mientras me guiaba hacia la entrada del ático para buscar nuestros abrigos.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté, recomponiéndome, sintiendo que la fiera de los negocios regresaba a mi cuerpo gracias a su apoyo.
—Llamar a mi jefe de seguridad privada de la constructora —respondió Héctor con una sonrisa de lobo que prometía destrucción—. Vamos a ir directamente a las oficinas de control del almacén de distribución antes de que Gómez o Richard tengan tiempo de borrar los registros de las cámaras de seguridad del jueves por la noche. Si alguien adulteró ese lote de salsa, el sistema informático de acceso o las grabaciones lo habrán captado. Richard piensa que el dinero de su consultoría lo hace intocable, pero se le olvidó que un tiburón de la construcción sabe exactamente cómo excavar hasta encontrar las ratas en el sótano. No vamos a permitir que se salga con la suya, Claudia. Es hora de cazar al culpable en su propio juego.
Salimos del ático a pasos agigantados, el eco de nuestros pasos resonando en el vestíbulo privado como un tambor de guerra. El rival había lanzado un golpe criminal, pero la farsa del crucero había creado un monstruo de dos cabezas que estaba listo para destrozar sus planes antes de que el lunes por la mañana pudiera saborear su supuesta victoria.