El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo XXIII La desesperación de la compañera perdida
Punto de vista de Marcus
La noticia de que habían atacado la casa de los omegas se regó rápidamente por toda la fortaleza. Todos los guerreros fuimos desplegados de inmediato para cercar el perímetro e impedir que los renegados escaparan.
Mi lobo, Leo, estaba completamente desesperado en mi interior, arañando mis pensamientos y obligándome a entregarle el control. Llegué a la casa de los omegas, donde el Alfa Alexander ya se encontraba evaluando los destrozos. Al verme aparecer, su mirada fue de absoluta comprensión.
—¿A quién se llevaron? —rugió Leo desde mis entrañas, haciendo que mis pupilas rotaran al amarillo de mi lobo.
No sentíamos el olor ni el rastro de nuestra compañera destinada por ninguna parte, y eso nos estaba volviendo locos de angustia.
—Leo, devuélvele el control a Marcus. ¡Ahora! —ordenó el Alfa con una voz de mando firme e irrefutable.
Ante la orden de nuestro líder Supremo, Leo se vio obligado a ceder y replegarse. En este momento necesitábamos pensar con frialdad estratégica y no dejarnos arrastrar por la furia ciega del instinto.
—¿Dónde está Elena? —pregunté con el pecho agitado, fijando la mirada en Amelia, quien salía de la casa destruida con los ojos inundados en lágrimas.
—Se la llevaron... ¡Se llevaron a mi amiga! —respondió Amelia en un hilo de voz ahogado, lanzándose a los brazos de Alexander en busca de consuelo.
Leo amenazó con volver a tomar el control a la fuerza, pero la orden de Alexander se mantenía firme en mi mente. Sin embargo, podía sentir la agonía de mi lobo arañándome el alma. En ese instante, yo también estaba sufriendo como nunca en la vida. La culpa me carcomía por dentro.
—Rástrenlos. Aún están en nuestro territorio y no podrán cruzar la frontera —ordenó el Alfa a la guardia real.
Todos los guerreros, incluyéndome, salimos a toda marcha en búsqueda de Elena. Cada segundo que transcurría era crucial; sabíamos perfectamente lo crueles que podían ser los renegados cuando descubrieran que se habían llevado a la mujer equivocada en lugar de a la compañera del Alfa.
Camilo, el hermano de Elena, se nos había adelantado junto a un pequeño grupo de omegas y rastreadores. Ellos ya iban siguiendo de cerca la pista de los invasores. Me conecté de manera mental con Camilo. El joven estaba a la defensiva y la hostilidad emanaba de su enlace, pero no lo culpaba: fui yo quien cometió el error más despiadado de su vida al rechazar a su hermana... y ahora ella pagaba las consecuencias de mis actos.
—Después arreglaremos nuestras cuentas, Camilo. Ahora dime dónde están —ordené tajante a través de la conexión mental.
El omega compartió su enlace visual conmigo, mostrándome el claro del bosque donde se habían atrincherado los renegados. Sin dudarlo un segundo, aceleré el paso con la guardia, devorando el terreno a toda velocidad.
Al llegar al campamento temporal, la escena era dantesca. Arthur, al descubrir que la mujer capturada no era Amelia sino una simple omega, había descargado toda su ira y frustración golpeándola brutalmente. Camilo y sus hombres luchaban desesperadamente contra una fuerza de renegados superior en número y estaban a punto de ser masacrados.
—¡Ataquen! —rugí, cargando de frente junto a los guerreros de la Manada del Norte.
La embestida de la guardia real fue implacable. Arrinconados y superados en poder, los renegados no tuvieron más opción que dispersarse y huir hacia la frontera, dejando atrás el caos.
Corrí a través del humo hasta el centro del claro. Mi corazón se detuvo. Elena yacía sobre la hierba manchada de sangre, con la respiración casi imperceptible y el cuerpo destrozado por los golpes de Arthur. El dolor del vínculo rechazado y la agonía de verla así me atravesaron el pecho como una espada al rojo vivo.
Sin importarme nada, la levanté con extrema delicadeza entre mis brazos y la cargué sobre mi espalda.
—Resiste, por favor... Elena, resiste —le supliqué entre jadeos mientras corría de vuelta hacia la mansión principal a una velocidad sobrehumana.
Llegamos a los aposentos médicos de la fortaleza. Camilo venía tras de mí, con el rostro desencajado por el horror.
Los curanderos ancianos de la manada se abalanzaron de inmediato sobre el cuerpo de Elena, pero tras revisarla durante unos agónicos minutos, el curandero principal negó lentamente con la cabeza, dando un paso atrás.
—Sus órganos internos están colapsando y el veneno de acónito en sus heridas ha neutralizado su capacidad de regeneración de loba —dictaminó el curandero con pesar—. No hay nada que nuestras medicinas o la magia tradicional puedan hacer. La omega morirá antes de que vuelva a salir el sol.
Las palabras cayeron como una condena a muerte. Camilo dejó escapar un grito de dolor impotente y se dejó caer de rodillas junto a la pared. Los curanderos abandonaron la habitación para dejarnos a solas.
Me acerqué a la cama, cayendo de rodillas al lado de Elena. Tomé su mano fría y temblorosa, sintiendo cómo su vida se apagaba segundo a segundo.
—Perdóname... Por favor, Elena, perdóname por haber sido un cobarde y haberte rechazado —susurré en un sollozo ahogado, pegando su mano a mi frente—. Si mueres, mi lobo y yo nos iremos contigo.
En ese instante de dolor absoluto, la puerta de los aposentos se abrió. Alexander y Amelia entraron a la habitación. Amelia traía el alma partida en mil pedazos, cargando con el peso aplastante de saber que esos monstruos iban por ella y que su mejor amiga estaba pagando el precio de su presencia en la manada.
Amelia no dijo una sola palabra. Se acercó a la cama con los ojos desbordados en lágrimas, desplazándome suavemente para quedar junto a Elena.
—No te mueras... Por favor, Elena, no me dejes sola en este lugar —suplicó Amelia entre sollozos desgarradores.
Amelia tomó con fuerza las dos manos frías de su amiga entre las suyas y apretó los ojos, llorando desconsoladamente mientras sus lágrimas cayeron directamente sobre las heridas abiertas del rostro de Elena.
Fue entonces cuando la magia ocurrió.
Un resplandor de luz plateada y dorada brotó de las palmas de Amelia, iluminando por completo la penumbra de la habitación. Un calor celestial y una fragancia a flores frescas llenaron el aire.
Ante la mirada atónita de Camilo, mi asombro y la devoción silenciosa de Alexander, las heridas abiertas de Elena comenzaron a cerrarse y cauterizarse a una velocidad milagrosa. El color volvió a los labios de mi joven omega y su respiración se volvió profunda y tranquila.
Camilo se llevó las manos a la boca, incapaz de articular palabra, mientras yo miraba a la humana con los ojos abiertos de par en par, comprendiendo finalmente el poder divino de la mujer que mi Alfa había elegido como Luna.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto