NovelToon NovelToon
Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Mamá por contrato: El secreto de los gemelos del magnate

Status: En proceso
Genre:Niñero / Padre soltero / Madre por contrato / La Vida Después del Adiós / Reencuentro
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: lulu

Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.

NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Unos tacones se acercaron por el asfalto encharcado, sin ninguna prisa, con el ritmo pausado de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo.

Levanté la cara, jadeando, con el pelo pegado a la frente por la sangre y el agua. A través del ojo derecho, nublado, la vi asomarse al borde del barandal roto, un paraguas negro impecable protegiéndola de la lluvia mientras yo me ahogaba en ella, mirándome dentro del auto como quien mira un animal atrapado en una zanja: con curiosidad, sin compasión. El olor a gasolina derramada se mezclaba con el de la tierra mojada de la barranca, un aroma denso que se me metía hasta la garganta cada vez que respiraba. Abajo, muy abajo, algo crujía entre las rocas: piedras que se soltaban, arrastradas por el agua que bajaba en hilos oscuros desde la carretera.

Diez años. Diez años viviendo bajo su techo, tragándome sus desprecios, aguantando sus comentarios envenenados en cada cena, y ahora esto. Ahora esto. No supe si el pensamiento me llegó completo o en fragmentos, pero algo en mi pecho reconoció esa figura recortada contra la lluvia con una certeza más vieja que el miedo mismo. La había visto sonreír así antes, en algún funeral, en alguna sobremesa donde todos fingían no notar el filo debajo del cariño. Recordé, sin querer, la primera vez que Renata me había abrazado frente a las visitas, apenas unas semanas después de la boda con mi padre, con esa sonrisa que a los ocho años yo había creído sincera.

—Vaya, vaya. —Renata ladeó la cabeza, estudiándome como quien estudia un cuadro torcido—. Mírate. Toda esa sangre, todo ese barro, y sigues aferrada a esa canasta como si fuera a servirte de algo. Siempre fuiste terca, Ximena. Tu padre decía que lo sacaste de él, aunque a mí siempre me pareció que solo eras necia.

—No hable de mi padre —dije, con un hilo de voz que no logró sonar tan feroz como yo hubiera querido—. Usted no tiene ningún derecho a mencionarlo. Ni su nombre, ni su recuerdo, nada que le haya pertenecido alguna vez.

—¿Derecho? —Se rió, un sonido bajo, casi íntimo—. Querida, yo tengo todos los derechos que el dinero y el apellido Rosales me pueden comprar. Tú, en cambio, no tienes ninguno. Ni siquiera el derecho a que alguien te crea.

—Una mujer que se embaraza sin marido, y que encima se cree con derecho a robar niños ajenos… —Renata chasqueó la lengua, saboreando cada palabra como si fuera un caramelo—. ¿Sabes qué va a decir la gente de ti, Ximena? Ni siquiera hace falta que yo hable. La verdad sola te condena. Y cuando yo la ayude un poco a acomodarse, te va a condenar todavía más rápido.

—Renata —supliqué. El nudo en la garganta apenas me dejaba hablar, y cada palabra me costaba un esfuerzo físico que se sumaba al dolor del pie atrapado entre el metal retorcido y el asiento—. Devuélvemelos. Son míos. Son lo único que tengo en este mundo, ¿me entiendes? Lo único. No tengo nada más, ni a nadie más, desde que mi papá murió y usted decidió que yo sobraba en esta familia.

—¿Tuyos? —Se rió, bajito, un sonido que no tenía nada de gracia y todo de desprecio—. Vas a arruinarles la vida, y ni siquiera te das cuenta. Hijos de una madre soltera, sin apellido que valga, señalada por medio Valle de Bravo cada vez que alguien les pregunte quién es su mamá. Créeme, les hago un favor. Camila los va a criar como Dios manda. Van a crecer con una familia decente, con un nombre limpio, sin cargar con la vergüenza de haber salido de ti.

—Ella no es su madre —dije, y me temblaba todo el cuerpo, no solo de frío—. Yo los parí. Yo los sentí crecer dentro de mí durante nueve meses, sola, escondida, sin que nadie de esta familia se dignara a preguntarme si estaba bien, si tenía para comer, si necesitaba un médico. Yo los alimenté con lo poco que tenía, con las manos que me temblaban de cansancio a las tres de la madrugada. Yo.

—Qué dramática. —Renata soltó una risita que sonó casi genuina, igual que si de verdad le pareciera divertido—. "Los sentí crecer." Como si eso te diera algún derecho frente a un apellido, frente a un patrimonio, frente a un lugar en la sociedad que jamás vas a poder ofrecerles. El amor no paga colegiaturas, Ximena. El amor no abre puertas. El amor, en este mundo, es lo primero que se vende cuando hace falta algo más urgente.

—El amor es lo único que de verdad les va a servir en la vida, y usted no tiene ni una gota de eso para dar. Nunca la tuvo. Ni para mi padre, ni para mí, ni siquiera para Camila, aunque ella todavía no lo sepa.

Eso pareció tocar algo, apenas un segundo, un parpadeo demasiado rápido en el rostro de Renata antes de que la máscara volviera a acomodarse en su sitio.

—Nadie te va a creer. —Se acomodó un mechón de cabello con una calma que me dio más miedo que cualquier grito, como si estuviéramos hablando del clima y no de mi vida entera—. Esa es la parte más triste, querida. Puedes decir la verdad hasta quedarte sin voz, hasta gritarla en cada esquina de esta ciudad, y nadie. Te. Va. A. Creer. ¿Sabes por qué? Porque yo ya me encargué de que así sea. Desde antes de que dieras a luz. Los médicos, los papeles, hasta la comadrona que te ayudó esa noche: todos tienen ya su versión de los hechos, y ninguna coincide con la tuya.

El auto crujió y se deslizó otro poco hacia la barranca, un movimiento lento y espantoso que me sacó un grito ahogado. Sentí cómo el asiento se inclinaba unos grados más, cómo algo metálico raspaba contra la roca allá abajo, un sonido que se me clavó en los dientes. Renata dio un paso atrás, por si acaso, sin que la sonrisa se le moviera un centímetro del rostro.

—Qué pena. Con este clima, y esta carretera tan traicionera… es facilísimo tener un accidente. La gente se va a compadecer mucho de ti. Pobre muchacha, dirán, se salió de la vía en plena tormenta, cargando a saber qué en esa canasta.

Se dio la vuelta, el paraguas girando con ella, y por un instante el mundo se redujo a la espalda de su abrigo alejándose, tan tranquila igual que si acabara de terminar una conversación cualquiera sobre el clima o el menú de una cena.

—Encárguense —le dijo al hombre que sostenía la canasta, sin siquiera bajar la voz—. Que parezca lo que es.

—Renata. ¡RENATA! —La lluvia se tragó mi voz, la aplastó contra el metal retorcido del auto, la convirtió en nada. Grité hasta que la garganta me ardió, hasta que ya no supe si el sonido que salía de mí era una palabra o solo un lamento sin forma.

Sus tacones se alejaron, golpeando el asfalto en un compás que se me quedó grabado para siempre en algún rincón del cuerpo. Los faros empezaron a retroceder, uno por uno, como estrellas apagándose. Y yo me quedé ahí, colgada sobre el vacío, con el cuerpo prensado y el pecho lleno de un dolor que no venía de ninguna herida visible, un dolor que no tenía forma ni nombre, solo un tamaño: el de todo lo que estaba perdiendo.

Intenté moverme una vez más, aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba que no había caso. El auto se meció, un crujido largo y quejumbroso, como si la carretera misma estuviera decidiendo si tragarme o no. Un dolor nuevo me subió por la pierna atrapada, tan agudo que durante un instante todo lo demás desapareció: la lluvia, el frío, hasta el llanto lejano de mis hijos. Cerré los ojos con fuerza. No te desmayes. No ahora. Todavía no.

Pensé, absurdamente, en el nombre que había estado a punto de ponerle a la niña. Luz. Iba a llamarla Luz, porque desde que nació parecía traer su propio resplandor incluso en los cuartos oscuros del hospital improvisado donde había dado a luz, escondida, sin nadie más que una comadrona de confianza y el ruido de la lluvia sobre un techo de lámina. Al niño todavía no había alcanzado a ponerle nombre; cada vez que lo intentaba, algo en el pecho se me cerraba, como si nombrarlo del todo fuera hacer más real el miedo de perderlo. Cinco días. Solo había tenido cinco días con ellos antes de que Renata los encontrara. Cinco días de aprender el peso exacto de cada uno en mis brazos, la forma en que el niño fruncía el ceño al dormir, casi con enojo, y la niña abría la boca buscando algo que la calmara.

Cinco días no son nada. Cinco días no alcanzan para despedirse.

En algún lugar, más allá de la lluvia, todavía alcanzaba a oír el llanto de mis bebés. Agudo. Delgado. Alejándose, igual que si alguien lo llevara cuesta abajo por el mismo camino de grava donde una vez, meses antes, yo había prometido en silencio que nunca los dejaría solos.

—Perdónenme —susurré hacia esa noche que se los llevaba, con la voz reducida a nada, a un hilo de aire—. Los voy a encontrar. Aunque tenga que volver de la muerte para hacerlo… los voy a encontrar. Se los juro con lo poco que me queda, con lo único que todavía es mío en este mundo: esta promesa.

El llanto se hizo más lejano. Y más. Hasta que ya no supe si lo oía de verdad o si solo era la lluvia golpeando el metal, engañándome, dándome una última mentira piadosa antes de que todo se apagara. Traté de aferrarme a ese sonido como quien se aferra a una cuerda deshilachada, sabiendo que se va a romper de todos modos.

Después, ni siquiera la lluvia.

Solo el frío subiéndome por las piernas, el pie que ya no sentía, y una oscuridad que llegó despacio, casi con delicadeza, como si el cuerpo entero hubiera decidido que ya no valía la pena seguir peleando esa noche.

1
Isabella Varela
Lulú que novela tan larga nada de momentos de amor ,solo tragedia tras tragedia muy cansona no me gustó.
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play