Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo XXIII La amenaza de Benjamin
Daniela continuó hablando con Laura en voz baja, intentando asimilar el peso de las advertencias de su amiga, cuando de pronto el pomo de la puerta se sacudió con brusquedad. Alguien del otro lado intentaba entrar a la oficina, pero como Laura la había cerrado con llave unos minutos antes, la persona no pudo abrirla.
Ambas mujeres se tensaron al instante, cruzando una mirada de puro pánico. La sombra de Benjamín Talavera todavía se sentía demasiado real y cercana, y lo primero que cruzó por sus mentes fue que el implacable patriarca había regresado para cumplir sus amenazas.
—¡Señora! ¡Señora! ¿Se encuentra bien? —la voz potente y cargada de una desesperación contenida resonó desde el pasillo.
Al escuchar la voz de Andrés, el jefe de seguridad de Leonardo, el rostro de Daniela recuperó el color de golpe. Dejó escapar el aire que retenía en los pulmones y se levantó rápidamente de la silla para destrabar la cerradura y abrir la puerta de par en par.
—Andrés, ¿qué haces aquí? —preguntó Daniela, notablemente confundida al verlo en el área de los consultorios.
—Hubo un reporte inmediato de nuestro equipo exterior de que Benjamín Talavera ingresó a las instalaciones y se dirigió a esta área. Tenía órdenes estrictas del señor de no dejarla sola si ese hombre aparecía —explicó Andrés, con la mano peligrosamente cerca de su chaqueta, manteniendo una postura alerta y escaneando el pasillo antes de dar un paso dentro de la oficina.
Laura se había levantado de su asiento y observaba fijamente al imponente guardia de seguridad. Había algo en las facciones del hombre, en su corte militar y en la forma tan profesional de moverse que le resultaba sumamente familiar. Una chispa de reconocimiento se encendió en su mente de médico, acostumbrada a retener detalles visuales.
—Yo a ti te conozco... —pronunció Laura, dando un paso al frente y entornando los ojos mientras intentaba escarbar en su memoria—. Espera... Claro. Eres el mismo hombre. El hombre que llegó con un hombre herido aquella noche lluviosa de emergencia. El que ayudamos a sacar en secreto por la puerta trasera para que no lo encontraran…
Laura abrió los ojos de par en par, deteniéndose en seco. Sus propios recuerdos empezaron a conectarse a una velocidad alarmante. Recordó perfectamente la herida de bala de aquella noche, el misterio que rodeaba al paciente, el despliegue de seguridad idéntico al que ahora controlaba el hospital, y la forma en que Daniela había arriesgado su propia carrera para salvarle la vida a ese misterioso magnate.
Miró a Andrés, luego miró a Daniela, quien permanecía en silencio con una expresión de complicidad que no pudo ocultar, y finalmente bajó la vista hacia el imponente anillo de bodas que brillaba en la mano izquierda de su amiga.
—No puede ser... —susurró Laura, llevándose una mano a la boca mientras el asombro la desbordaba—. El hombre de la tormenta... El paciente por el que casi te botan del hospital... El hombre al que ayudamos a escapar... ¡Él es Leonardo Sterling! ¡Te casaste con el hombre al que le salvaste la vida!
Andrés intercambió una mirada rápida con Daniela, comprendiendo que el secreto mejor guardado de la suite principal acababa de ser descifrado por la perspicacia de la doctora.
Daniela cerró la puerta detrás de Andrés, suspiró profundamente y miró a su amiga con una mezcla de resignación y alivio. La verdad estaba afuera, y el tablero de juego ahora tenía un testigo que conocía el origen de todo.
—Así es, amiga. Ese hombre de la tormenta era Leonardo Sterling, quien ahora, por vueltas del destino, es mi esposo —admitió Daniela, cruzándose de brazos con una calma que contrastaba con el caos de la revelación.
Laura seguía sin poder creer lo que había hecho su amiga. Su mente de pediatra intentaba procesar la magnitud de la situación.
—Es simplemente increíble que te casaras con un hombre tan poderoso, Daniela... Y pensar que yo pasé semanas creyendo que era un peligroso criminal —comentó Laura. De repente, volteó la cabeza y se percató de que Andrés la observaba con una profunda desaprobación plasmada en el rostro—. Lo siento, señor guardaespaldas, pero es la estricta verdad —continuó, sosteniéndole la mirada a Andrés con insolencia.
—Señora —dijo Andrés, dirigiéndose exclusivamente a Daniela e ignorando por completo a Laura, quien desde el primer instante le parecía una mujer sumamente irritante y entrometida—. El señor viene en camino en este momento. Dejó la corporación hace diez minutos y quiere que vayan a almorzar juntos.
Daniela asintió con la cabeza, esbozando una sonrisa ligera y mostrando un agrado que en realidad no sentía; la idea de volver a enfrentarse a la intensa presencia de Leonardo después del beso y de la llamada de Diego la ponía a la defensiva.
Laura se despidió de su amiga con un abrazo rápido, prometiendo llamarla más tarde para que le contara absolutamente todo. Sin embargo, antes de cruzar el umbral y salir al pasillo, se detuvo un segundo y le lanzó una mirada de absoluto fastidio a Andrés, una provocación que el jefe de seguridad respondió tensando la mandíbula. Era evidente que, entre esos dos, el odio había sido a primera vista.