Camila Cordero no tiene tiempo para enamorarse. Entre sus estudios, un trabajo agotador y una familia que nunca deja de pedirle dinero, apenas consigue mantenerse a flote. Por eso Dante Salazar, su vecino reservado, parece solo un hombre extraño que prepara sopa de fideo y carga demasiados secretos.
Pero Dante no es un hombre cualquiera. En las calles de Ciudad Bravo lo conocen como el Tigre: el dueño de un imperio construido entre negocios clandestinos, pactos de sangre y enemigos que esperan verlo caer.
Cuando Camila descubre quién es en realidad, ya es demasiado tarde para alejarse. Ella ha visto la violencia de la que es capaz, pero también al hombre herido que nadie más conoce. Y cuando decide arriesgar la vida para salvarlo, cruza una línea de la que ninguno de los dos podrá regresar.
Entre capos rivales, políticos corruptos, traiciones y una guerra que amenaza con destruirlos, Camila deberá decidir si amar al Tigre significa rescatar al hombre que vive bajo su piel… o perderse con él.
Porque en Ciudad Bravo nadie ama sin pagar un precio. Y el Tigre jamás suelta lo que considera suyo.
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Capítulo 19
Capítulo 19: Quiero comprar a alguien
Al día siguiente, los periódicos apenas mencionaron lo del Imperial: "Sujeto con arma de fabricación casera intenta agresión y es abatido por seguridad privada." Tres líneas. Ni una palabra de la masacre, ni de don Genaro, ni de los dos disparos perfectos. El mundo entero parecía haberse puesto de acuerdo para no ver lo que Camila había visto con sus propios ojos.
Pasó una semana sin saber de Dante. Él no la buscó; ella tampoco supo cómo buscarlo, ni si quería. De día iba a la facultad como un fantasma, sin oír las clases. De noche daba vueltas en la cama viendo, una y otra vez, la pistola plateada humeante y el agujero en la frente del hombre caído.
Y sin embargo, para su propio desconcierto, lo que sentía no era solo miedo. Era una angustia rara, protectora. Porque entre la sangre y el espanto, Camila había entendido una cosa: ese hombre estaba metido hasta el cuello en algo que lo iba a matar. Tarde o temprano, alguien con mejor puntería o más hombres lo iba a alcanzar. Y la idea de que a Dante lo mataran le apretaba el pecho más que el recuerdo de los muertos.
Debería odiarlo, se decía. Debería tenerle pavor, alejarse, denunciarlo, huir de él a la otra punta del país. Eso haría cualquier persona con dos dedos de frente. Un hombre que mataba a dos personas de dos tiros con la misma calma con que revolvía una olla de sopa de fideo era, por donde se le viera, un monstruo.
Pero Camila no lograba encajar al monstruo con el hombre que la había cargado del cuarto oscuro, que le había hervido la sopa, que había pasado la noche en un sillón incómodo cuidándola después de la cirugía. No lograba odiar al que le decía "no te hagas la fuerte conmigo, ya te vi". Los dos eran el mismo, y esa contradicción la partía en dos. Y por más que la razón le gritaba que corriera, el corazón —ese corazón tonto que nadie había querido nunca— se le iba tras el hombre que la había querido, aunque fuera a su manera torcida y sangrienta.
Así que decidió no huir. Decidió pelear. Pelear contra el mundo que iba a matarlo, aunque no supiera cómo.
—Fer —le preguntó un día a Fernanda, en la sala de estudio, tratando de sonar casual—. Oye. Si una necesitara mucho, mucho dinero, de golpe… un dineral… ¿de dónde se saca?
Fernanda levantó la vista de sus apuntes, extrañada.
—¿Cuánto es "un dineral"?
—No sé. Millones.
—¿Millones? —Fernanda se rió—. ¿Para qué quieres tú millones? ¿Te vas a comprar una casa?
Camila miró sus manos.
—Quiero comprar a alguien —dijo, muy seria—. Sacarlo de donde está.
Fernanda dejó de reír. No entendió del todo, pero entendió que su amiga hablaba en serio, y que algo grande y peligroso se traía entre manos.
—Camila… en lo que te andas metiendo. No sé qué es, pero se te nota en la cara. Ten cuidado.
Camila no le contó. No podía. ¿Cómo se le explica a alguien normal que quieres reunir una fortuna para comprarle otra vida a un capo del hampa del que te enamoraste sin querer? Sonaba a locura porque lo era. Esa tarde hizo algo que llevaba días rumiando: obligó a Bruno —que ya andaba de velador en el pueblo, cojo pero empleado, después del susto del campo de tiro— a que la llevara a la Timba y le explicara, de una vez por todas, cómo funcionaba una deuda ahí adentro.
—¿Estás segura? —le preguntó Bruno, nervioso, cojeando a su lado, mirando de reojo a los cobradores—. Aquí no se juega, Camila. Aquí a la gente que debe le pasan cosas. Yo lo sé mejor que nadie. ¿En qué te vas a meter?
—En lo mismo en que tú me metiste a mí sin preguntarme —le contestó ella, seca, y Bruno bajó la cabeza y se calló.
En la Timba, con el ambiente de humo y fichas y hombres de mirada dura, Camila confirmó lo que sospechaba. El pagaré que Bruno había firmado, dejándola a ella de garantía, seguía vivo en los libros: doscientos mil pesos a su nombre, Camila Cordero, prenda por deuda de juego. Verlo escrito, con su nombre, le revolvió el estómago: ahí estaba, en tinta, el precio en que su propio hermano la había tasado como si fuera una prenda de empeño. Pero se tragó la náusea, porque de esa misma frialdad —de un lugar donde una persona se prestaba como garantía— podía sacar lo que necesitaba para salvar a otra.
Se acercó a un enganchador, un hombre de cadenas gruesas que evaluaba a los desesperados.
—Quiero pedir prestado —dijo Camila, con más aplomo del que sentía.
—¿Cuánto, muñeca? —El hombre la midió con desgana—. ¿Diez mil? ¿Veinte?
—Ocho millones.
Lo dijo sin pestañear, aunque por dentro le temblaba todo. Ocho millones. No tenía idea de si era una cifra razonable o una locura; solo sabía que necesitaba una montaña de dinero para ofrecerle a Dante otra vida, y que ocho le sonaba a montaña.
El enganchador se quedó con la boca abierta. Después soltó una carcajada, creyendo que era una broma.
—¿Ocho… ocho millones? ¿Tú? ¿Y con qué los garantizas, con tu carita?
—Con lo que haga falta —dijo Camila, sin bajar la mirada—. Trabajo lo que sea. Firmo lo que sea. Pero necesito ocho millones.
El hombre dejó de reírse. Vio que la muchacha hablaba en serio, y una petición así de descabellada no se resolvía en su nivel. Se disculpó, se apartó, y marcó un número hacia arriba, hacia quien de verdad mandaba en la Timba.
Del otro lado, en su oficina, contestó Beto Fierro. Escuchó el reporte —"una morra pide ocho millones, jefe, ha de estar loca, se llama…"— y cuando oyó el nombre, Beto se enderezó de golpe en la silla, palideció, y se llevó la mano a la frente.
—Camila Cordero —repitió, con un hilo de voz—. La… la mujer del patrón. Pidiendo ocho millones en la Timba. —Cerró los ojos—. Esta muchacha viene a matarme. Me va a matar. El patrón me va a colgar de los pies.
Porque Beto ya se imaginaba la escena: la mujer del Tigre, empeñándose ante desconocidos en una casa de apuestas del propio Tigre, pidiendo una fortuna que el Tigre podía firmarle con un parpadeo, todo para —según el enganchador— "comprar a alguien y sacarlo de donde está". No hacía falta ser genio para adivinar a quién quería comprar. Y si Dante se enteraba de que su gente había dejado a Camila humillarse pidiendo prestado como una desesperada, mientras ellos sabían quién era y no la cuidaban, rodarían cabezas. La de Beto, la primera.
—¡Que no se mueva de ahí! —Se levantó de un salto, agarrando el saco—. ¡Voy para allá yo mismo! ¡Y que nadie, nadie le diga una palabra de quién es dueño de esto, ni que yo vengo, ni nada! ¡Trátenla como a una reina y que no se dé cuenta! ¡Muévanse!
Colgó, se persignó —cosa rara en él— y salió disparado, rumiando cómo demonios iba a resolver el embrollo de que la mujer del patrón quisiera comprar al patrón con el dinero del patrón.