Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
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capitulo 14
Romina
El camarero trajo el segundo plato, rompiendo el hechizo. Pero la conversación ya había cambiado. Ya no éramos dos profesionales en un viaje de negocios. Éramos dos personas. Dos personas que, de alguna manera, se estaban conociendo de verdad.
—Y tú
dijo él, retomando.
— ¿Siempre tan reservada? En la universidad, quiero decir. Te veía... bueno, siempre tan concentrada, tan en tu mundo.
Me sobresalté. ¿La universidad, Él me había visto en la universidad?
—¿Me veías?
pregunté, confundida.
Geovanny dudó. Solo un segundo, pero lo suficiente para que algo en mi interior se encendiera.
—A veces
dijo, con cautela.
— Iba a buscar a León, a asegurarme de que no hiciera tonterías. Y te veía. Era difícil no verte.
Mi corazón se aceleró.
—¿Por qué?
—Porque destacabas. No por lo que tú crees
añadió rápidamente, como si pudiera leer mi mente.
— Por tu forma de moverte, de concentrarte, de ignorar todo lo que pasaba a tu alrededor. Como si tuvieras un mundo interior tan vasto que no necesitaras nada más.
No supe qué decir. Nadie me había hablado así nunca.
—León...
empecé, pero él me interrumpió.
—Sé lo que te hizo. Lo que te hizo durante años. Y no tengo palabras para decirte cuánto lo siento. No puedo excusarlo. Es un imbécil consentido.
—No es tu culpa
dije.
—Tú no eres responsable de lo que hace tu hermano.
—Lo sé. Pero a veces siento que sí. Porque yo estaba ahí. Y no hice nada.
—Verlo lo que hacía no te hace cómplice, Geovanny.
Me miró de nuevo, y en sus ojos grises vi algo que no supe nombrar. Algo profundo, antiguo, doloroso.
—Gracias
dijo.
—Por decir eso.
La cena continuó entre confidencias y risas. Me habló de su pasión por la lectura, de los viajes que había hecho, de cómo había aprendido a cocinar siendo un niño para no depender de nadie. Yo le hablé de mi pueblo, de mis hermanos, de Laura, de lo mucho que extrañaba a mis padres.
Cuando el camarero trajo la cuenta, ya era tarde. El restaurante estaba casi vacío. La luna se reflejaba en el mar, creando un camino de plata sobre las olas.
—Ha sido una noche maravillosa
dije, sincera.
—Para mí también
respondió él, y su voz sonó casi como un susurro.
Pagó, me ofreció el brazo para caminar, y subimos juntos en el ascensor. El espacio reducido, su cercanía, su olor a hombre y a vino... todo conspiraba para que mi corazón latiera desbocado.
Llegamos a la planta. El pasillo estaba en penumbra, iluminado solo por tenues luces indirectas. Caminamos hasta nuestras puertas, una al lado de la otra. Nos detuvimos frente a ellas.
—Buenas noches, Romina
dijo él, con esa voz que me desarmaba.
—Buenas noches, Geovanny.
M ientras abría mi puerta, sentí su mirada en mi espalda. Quise girarme, quise decir algo, quise... no sé qué quise.
Pero no lo hice. Entré, cerré la puerta, y me quedé apoyada contra ella, temblando, con el corazón a mil.
Del otro lado, escuché su puerta abrirse y cerrarse.
Y entonces, en el silencio de mi habitación, me permití pensar. En sus ojos. En su voz. En la forma en que me había mirado durante la cena, como si yo fuera la única persona en el mundo.
Pero también pensé en Camila. En su prometida perfecta. En la modelo de revista que lo esperaba.
Y supe, con una certeza absoluta, que nada podía pasar. Que nada debía pasar.
Pero mi cuerpo, mi estúpido cuerpo, no estaba de acuerdo.
Pasé la noche en vela, escuchando cada ruido del otro lado de la pared. Sus pasos. El agua de su ducha. El roce de las sábanas. Imaginando. Soñando. Deseando.
Y preguntándome, una y otra vez, qué estaría pensando él.
––––
A la mañana siguiente, la reunión fue un éxito rotundo.
Los inversionistas, el señor Méndez y su socio, quedaron impresionados con nuestra presentación. Geovanny estuvo brillante, dominando cada detalle, cada cifra, cada estrategia. Y yo a su lado, complementándolo, sintiendo que éramos un equipo perfecto.
Cuando firmaron el contrato, cuando sellamos el acuerdo millonario, Geovanny me miró y sonrió. Una sonrisa radiante, de triunfo compartido.
—Lo logramos
dijo.
—Lo logramos
repetí.
Pero entonces, el señor Méndez, un hombre de unos cincuenta años, atractivo, con canas distinguidas y una sonrisa amable, se acercó a mí.
—Señorita Valera, ha sido un placer conocerla. Su inteligencia y su belleza son un combo difícil de encontrar. ¿Me permitiría invitarla a una copa para celebrar?
Me quedé paralizada. Miré a Geovanny instintivamente. Su mandíbula se tensó. Sus ojos grises se oscurecieron.
—Nos encantaría
dijo Geovanny, con una voz que no admitía réplica
— Pero la celebración la haremos todos juntos. ¿No le parece, Méndez?
Hubo un destello de algo en la mirada del inversionista. Diversión, quizás. O reconocimiento.
—Por supuesto, por supuesto. Vamos entonces.
––––
El bar al que nos llevaron era elegante, con música suave y una terraza con vistas a la ciudad. Pedimos champán para celebrar. Yo, que ya había aprendido mi lección con el vino de la graduación, decidí beber con moderación. Pero el señor Méndez insistía en llenar mi copa, y Geovanny, a mi lado, parecía cada vez más tenso.
—Es una mujer extraordinaria, Geovanny
dijo Méndez, mirándome con admiración.
— Si yo fuera veinte años más joven...
—Pero no lo es
cortó Geovanny, con una sonrisa forzada.
— Y Romina es mi asistente. Y mi amiga.
La palabra amiga me golpeó como un puñetazo. Pero también vi algo en sus ojos. Algo que no supe interpretar. ¿Celos, Eran celos?
Las copas se sucedieron. Yo, tonta de mí, seguí bebiendo. El alcohol me desinhibía, me hacía olvidar que debía mantener las distancias. Me hacía reír más fuerte, tocar más a menudo, mirar más descaradamente.
En un momento dado, mientras Méndez contaba una anécdota, sentí la mano de Geovanny en mi pierna, bajo la mesa. Un roce ligero, apenas un segundo. Pero suficiente para que todo mi cuerpo ardiera.
Lo miré. Él no me miraba. Bebía su champán como si nada. Pero su mano... su mano había estado ahí.
El resto de la celebración fue un borrón. Recuerdo reír, recuerdo brindar, recuerdo la mirada de Geovanny clavada en mí cada vez que Méndez decía algo amable. Recuerdo la tensión creciendo, haciéndose insoportable.
Cuando por fin terminó, cuando nos despedimos de los inversionistas, Geovanny me sujetó del brazo para caminar hacia el coche. Su agarre era firme, posesivo.
En el trayecto al hotel, apenas hablamos. Pero el silencio estaba cargado de electricidad. De preguntas. De deseos.
Llegamos al hotel. El ascensor. El pasillo en penumbra. Otra vez.
Nos detuvimos frente a las puertas. Otra vez.
—Buenas noches, Romina
dijo él, con la voz ronca.
—Buenas noches, Geovanny
respondí, como pude.
M e quedé quieta, mirándolo. Sus ojos grises recorrían mi rostro, mis labios, mi cuello. Podía sentir su deseo. Podía sentir el mío.
Pero ninguno se movió.
Finalmente, respiré hondo y metí la tarjeta en la cerradura. La puerta se abrió. Entré.
Y entonces, sin pensar, sin querer, sin darme cuenta por el mareo de las copas, cerré.
comencé a desvestirme. La chaqueta cayó al suelo. Los zapatos, también. La blusa de seda, despacio, deslizándose por mis hombros, por mis brazos, revelando mi piel, mis curvas, mis pechos aprisionados en el sostén.
Me quedé en ropa interior, con la luz tenue de la habitación bañando mi cuerpo. El cuerpo que siempre había odiado. El cuerpo que esa noche, borracha y deseante, casi podía aceptar.
Me tumbé en la cama, boca arriba, mirando al techo. Sentía el mareo de las copas, el calor en la piel, el recuerdo de su mano en mi pierna.
Al otro lado de la puerta, a solo unos metros, él estaba.
Continuara...