holis buenas como están espero que estén bien y si no entren a leer y en breve lo estarán los amo❤️
les quería comentar que está saga contará con diferentes temporadas la cual cada una sería un tomo iré actualizando y demás conforme vaya escribiendo ❤️
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Capítulo (especial) 16, 17 Y 18
Capítulo 16 (especial) – En las horas que nadie ve
[Punto de vista: Emily]
Las luces del bar parpadean un poco antes de apagarse. Emily se queda unos minutos más recogiendo vasos, limpiando la barra, como si tuviera miedo de volver a casa tan rápido. Le gusta ese silencio lleno de eco, donde los murmullos ya se apagaron y queda solo la memoria de las risas.
Sale a la madrugada, el aire fresco le acaricia el cuello y piensa que debería abrigarse más. Tiene un buzo enorme de Roma —no lo devolverá nunca—, una mochila con un cuaderno de dibujos y un paquete de galletitas que no llegó a abrir.
Camina hasta una parada de colectivo vacía. Se sienta sola, con los auriculares puestos, escuchando una playlist triste y suave. Mira las luces lejanas de la ciudad y piensa que tal vez podría intentar otra cosa, estudiar otra cosa, vivir de algo distinto. Pero después se acuerda de cómo odia los espacios cerrados, los horarios fijos, los jefes gritones.
El colectivo tarda en llegar. Emily observa cómo la madrugada se estira sobre las calles desiertas: un perro cruza sin apuro, un kiosco baja la persiana, un hombre fuma apoyado en una esquina. Todo parece suspendido, como si el mundo estuviera en pausa. Ella se siente parte de esa pausa, invisible y tranquila.
Cuando llega a su casa, tira la mochila y se queda unos minutos parada frente al espejo. Se saca la remera, observa sus brazos, su abdomen. Se ve bonita, pero hay días en que se siente invisible. Otros en que desea serlo. Esa noche simplemente se observa con calma.
Va a la cocina, abre la heladera y toma agua directamente de la botella. Se ríe sola: “Si Sofía me viera, me mata”. Después vuelve al living y se acuesta en el sillón en vez de la cama. No puede dormir si no está completamente agotada.
Mientras espera que el sueño la venza, recuerda una escena de su infancia: ella, sola en el jardín, tratando de hacer un fuego con ramas mojadas. Su madre gritándole desde adentro que no juegue con fuego. “Siempre te gustó lo que te podía quemar”, piensa. Y se duerme con una sonrisa rota en los labios.
Horas más tarde, se despierta de golpe. No sabe por qué. El reloj marca las 4:17. El silencio es tan profundo que casi duele. Se levanta, prende una lámpara pequeña y abre el cuaderno que llevaba en la mochila. Empieza a dibujar sin pensar demasiado: líneas torcidas, rostros que no existen, palabras sueltas.
Escribe en una esquina: “Lo que nadie ve también existe”.
Se queda mirando esa frase un rato. Después cierra el cuaderno, apaga la luz y vuelve al sillón. Esta vez, el sueño llega rápido.
Capítulo 17 (especial) – Como un jardín en pausa
[Punto de vista: Sofía]
El despertador suena a las seis. Sofía lo apaga sin abrir los ojos. La rutina la arrastra: ducha rápida, café instantáneo, coleta desprolija, mochila llena de apuntes desordenados. La universidad la espera, pero no la emociona.
Durante la clase, toma notas en tinta violeta. Los profesores la respetan, aunque pocos la entienden. Tiene fama de intensa, y eso le gusta. Sabe que su forma de sentir molesta a los que viven en la superficie.
En el recreo, se sienta sola. Saca una agenda llena de stickers y garabatos. Planifica su semana. Tacha cosas que sabe que no hará. Agrega cosas que quisiera hacer pero no tiene tiempo. A veces escribe frases sueltas en los márgenes: pensamientos que parecen poemas, pero que nunca muestra.
Trabaja en un local de cosmética durante la tarde. Vende cremas, maquillajes y perfumes como si creyera en ellos. Algunas clientas la adoran. Otras le tienen miedo. Un día, una mujer mayor le dijo que tenía ojos de diosa. Sofía se lo creyó por dos días seguidos. Después lo anotó en su diario, como si quisiera guardarlo para cuando la inseguridad volviera.
Al llegar al departamento, encuentra a Emily durmiendo en el sillón, con una frazada mal puesta. La acomoda, le deja una nota y se encierra en su cuarto.
Abre una caja que guarda debajo de la cama: fotos viejas, cartas que nunca mandó, un dije roto que le regaló su abuela. Lo agarra y lo aprieta fuerte, como si pudiera volver a sentirse en casa. El metal frío contra su piel le recuerda que hay cosas que se rompen, pero aún así siguen siendo tesoros.
Se sienta en el suelo, con la espalda contra la cama, y enciende una vela pequeña. Le gusta la luz tenue, como si el cuarto se convirtiera en un jardín en pausa. Afuera, la ciudad sigue corriendo; adentro, todo se detiene.
Esa noche escribe en su diario:
“No necesito ser amada por todos. Solo necesito no olvidarme de amarme yo.”
Cierra el cuaderno y se queda mirando la llama de la vela. Piensa que, aunque la rutina la arrastre, siempre habrá un rincón donde pueda florecer a su manera.
Capítulo 18 (especial) – Donde duelen los silencios
[Punto de vista: Lucas]
Lucas vive entre paredes blancas y dibujos colgados con cinta. Todo en su departamento es amplio, pero está casi vacío. No por gusto: por costumbre. Acostumbrado a perder, se niega a llenar los espacios. Prefiere que las paredes respiren, que los rincones no se apeguen demasiado a nada.
Trabaja en un local de ropa en el microcentro. Se pone auriculares y atiende con una sonrisa tranquila. Le gusta observar a la gente más que hablar. A veces juega a imaginar historias para cada cliente: el que compra camisas caras pero mira los precios, la que finge seguridad pero tiembla al pagar, el adolescente que se prueba una campera tres veces antes de decidirse. Es su manera de darle sentido a lo rutinario.
Al llegar a casa, se sienta en su escritorio con una hoja en blanco. Dibuja sin pensar. Deja que la mano decida. Esa noche dibuja un lobo dormido sobre una montaña. No sabe por qué, pero siente que representa algo: descanso después de la batalla, o quizás la espera de un despertar.
Hace tiempo que no invita a nadie. El eco de su departamento suele ser su única compañía. Pero desde que conoció a Roma, siente la casa menos ajena. Le regaló un cenicero hecho con arcilla que ahora usa como posavasos. Le enseñó a cocinar arroz sin que se le pegue. A veces le manda memes. Otras veces, simplemente se queda en silencio frente a él, y eso también le gusta. Ese silencio compartido es distinto: no duele, no pesa.
Lucas se acuesta mirando el techo, pensando en si debería mandar un mensaje. No lo hace. Pero deja el celular en alto volumen, por si acaso. Como si esperara que alguien lo necesitara, o que alguien lo recordara en medio de la noche.
El cuarto está oscuro, pero en su mente todavía ve el lobo dormido. Imagina que, cuando despierte, tendrá que decidir si aúlla o si se queda quieto.
Y antes de cerrar los ojos, se dice a sí mismo:
“Ojalá no me dé miedo cuando esto crezca.”