Scarlett Harrington lleva tres años casada con Ethan Collins. Durante todo ese tiempo creyó tener el matrimonio perfecto, construyendo un hogar junto al hombre que amaba y en quien confiaba plenamente.
Sin embargo, todo cambia el día que regresa antes de lo previsto de un viaje de negocios para sorprender a su esposo. La sorpresa termina siendo para ella cuando encuentra a Ethan en la cama con su propia mejor amiga. En un solo instante, el amor, la confianza y los sueños que había construido se hacen pedazos.
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Capitulo 2
El taxi se detuvo frente a su casa cuando apenas caía la tarde. Scarlett pagó y bajó con una sonrisa que no se le borraba, apretando contra su pecho la caja del postre favorito de Ethan y la botella de vino que él guardaba para ocasiones especiales. Había conseguido adelantar su vuelo un día entero, y ya se imaginaba la cara de sorpresa y alegría que pondría al verla entrar por la puerta.
Sacó la llave con manos ansiosas, abrió con suavidad para no hacer ruido y entró de puntillas. El silencio la recibió, pero no le extrañó: supuso que Ethan estaría descansando o trabajando en su estudio. Dejó la maleta en el recibidor, se quitó los zapatos y caminó despacio, conteniendo la risa.
—¿Ethan? —llamó bajito, sin obtener respuesta—. ¿Mi amor? ¿Estás ahí?
Caminó hacia la sala, vacía. Luego hacia la cocina, también vacía. Al acercarse al pasillo de la habitación principal, empezó a escuchar voces. Primero pensó que hablaba por teléfono, hasta que reconoció el tono de su risa… y luego la voz de una mujer que le resultaba demasiado familiar.
Se detuvo en seco, con el corazón golpeándole tan fuerte que temió que lo escucharan ellos mismos. Dio un paso más, y al llegar a la puerta entreabierta, escuchó con claridad:
—Eres increíble… —decía la mujer, con voz suave y arrastrada—. No sé cómo aguantas estar tanto tiempo lejos de mí.
—Cállate… —respondió Ethan, y esa voz le dolió en el alma a Scarlett, llena de una ternura que ella creía exclusiva para ella—. Sabes que no puedo hacer nada hasta que ella no esté. Pero cada día que pasa es una eternidad. Tú eres quien realmente me hace sentir vivo.
—¿Y cuándo vas a decirle la verdad? ¿Cuánto más vamos a esperar?
—Pronto… te lo prometo. Ella no se merece mi vida, ni mi tiempo… eso es solo tuyo.
La caja y la botella cayeron al suelo con un estruendo que rompió el aire.
El silencio cayó de golpe dentro de la habitación. La puerta se abrió de golpe. Ethan apareció, desnudo de la cintura para arriba, con los ojos desorbitados y la cara pálida como la nieve. Detrás de él, asomó la mujer: Valeria, su mejor amiga desde la infancia, la misma a la que le había contado todos sus sueños y secretos.
—¿Scarlett…? —tartamudeó Ethan, dando un paso hacia ella con las manos temblorosas—. ¿Qué haces aquí? Pensé que volvías mañana…
Scarlett no pudo moverse. Sentía que el suelo se abría bajo sus pies, que el aire le faltaba y que todo lo que había sido su vida se deshacía en un segundo. Lo miró a él, luego a Valeria, y sus ojos se llenaron de un frío que nunca antes había sentido.
—¿Qué hago aquí? —repitió ella, con una voz que apenas reconocía, rota y baja—. Vine a sorprenderte. Pensé que te alegrarías de verme un día antes.
—¡No es lo que parece, Scarlett, te lo juro! —gritó él, intentando acercarse más, pero ella retrocedió instintivamente—. Por favor, déjame explicarte, no sabes nada… esto es un error, un momento de debilidad…
—¿Un momento de debilidad? —la mirada de Scarlett se posó en Valeria, que se cubría con una sábana, sin atreverse a levantar la vista—. ¿Tú también? ¿De verdad tú, Valeria? ¿De todas las personas del mundo, tenías que ser tú?
Valeria alzó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas falsas.
—Scarlett… perdóname… no quise hacerte daño… pasó sin querer… él y yo…
—¡Cállate! —la interrumpió Scarlett, con un grito que le salió de lo más profundo del pecho—. ¡No quiero escuchar ni una sola palabra que salga de tu boca! ¡Traicionaste mi amistad, traicionaste mi confianza, y te metiste en mi casa, en mi cama, con mi marido!
Ethan intentó tomarle la mano, pero ella se la arrancó con violencia.
—¡No me toques! —le dijo, mirándolo con una frialdad que le heló la sangre—. Ayer me juraste que yo era tu única prioridad. Me dijiste que no había nadie más en tu vida. ¿Eran todas mentiras? ¿Todo este tiempo… todo lo que construimos… fue una farsa?
—No, Scarlett, por favor, escúchame… te amo, te juro que te amo a ti, esto no significó nada… —suplicó él, con lágrimas que ya no le importaban.
—¿Nada? —repitió ella, y una lágrima se le escapó, pero se la secó al instante con rabia—. ¿Llamas a esto nada? Me destruiste, Ethan. Me destruiste de la peor forma posible. Y no voy a quedarme aquí escuchando mentiras ni excusas. Ya no hay nada que decir.
Dio media vuelta, sin esperar respuesta. Escuchó los pasos de Ethan detrás de ella, llamándola por su nombre, suplicando que no se fuera, pero ella no miró atrás. Caminó hacia la salida, sintiendo que el corazón se le hacía pedazos, pero con la certeza absoluta de que esa puerta que cerraba tras de sí, era la misma que cerraba para siempre a la vida que había creído tener.
—¡Scarlett, espera! —gritó Ethan alcanzándola en el recibidor, agarrándola suavemente del brazo—. Por favor, déjame hablar.
Ella se soltó con brusquedad, mirándolo con ojos llenos de dolor y rabia.
—¿Qué quieres decirme? ¿Que no es lo que veo?
—Cometí un error… un error horrible —balbuceó él con voz quebrada—. Te juro que no significó nada.
—¿Nada? —repitió ella con amargura—. Eso es lo que menos duele: que para ti no haya significado nada.
—Te amo a ti, solo a ti…
—Ya no me creo nada, Ethan —lo cortó con frialdad—. Ya no.
Y salió cerrando la puerta con fuerza, dejándolo solo en silencio.