Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 7
Llegaron al claro cuando el sol ya se estaba muriendo otra vez.
La luz era del mismo color gris sucio de siempre. Nadie habló durante el camino de regreso. Solo se oían las botas sobre las hojas y la respiración agitada de Tomi, que iba el último y miraba hacia atrás cada pocos pasos.
La mochila de Mateo pesaba en la mano de Leo. La había recogido casi vacía. El teléfono roto iba dentro. El llavero con la chapita de fútbol lo llevaba Camila en el bolsillo, apretado contra la pierna.
Cuando entraron en el círculo de carpas a medio armar, el silencio se rompió de golpe.
Sofía se giró hacia Naiara.
—Tú sabías que esto iba a pasar.
Naiara dejó la botella de agua que acababa de abrir.
—Ya empezamos otra vez.
—No. Ahora sí. Mateo salió solo porque tú no abriste la boca a tiempo. Porque hablaste de historias y de comida dejada en el bosque como si fuera un cuento de campamento. Y ahora está desaparecido.
Leo dejó la mochila en el suelo con cuidado.
—Sofía, no.
—No me digas que no. Desde que llegó esta —señaló a Camila sin mirarla— todo se torció. Pero tú llevabas días sabiendo que este sitio no era normal. Y no dijiste nada claro.
Naiara dio un paso adelante. La gorra le tapaba parte de los ojos.
—Yo dije que no fuera solo. Ustedes lo dejaron ir. Leo lo autorizó. Tú también estabas ahí. No me eches toda la mierda encima porque te da miedo admitir que también te equivocaste.
Tomi levantó las manos.
—Parad. Por favor. Mateo puede estar herido. Puede estar esperando.
—O puede estar muerto —dijo Sofía. La voz le salió más baja, pero más dura—. Y si está muerto es porque alguien aquí no contó todo lo que sabía.
Camila sintió que el pecho se le apretaba. Quiso hablar y no encontró las palabras. Solo se quedó de pie, con el polvo pegado a la ropa y el llavero clavándosele en la palma.
Leo se metió entre las dos.
—Basta. Ya. Esto no ayuda a Mateo. Si vamos a pelearnos entre nosotros, los que están ahí fuera ya ganaron.
Sofía se rió sin gracia.
—¿Ahí fuera? ¿O aquí dentro?
Naiara apretó los puños.
—Di lo que quieras decir de una vez.
—Que no confío en ti. Que desde el primer día miras el bosque como si esperaras a alguien. Que cuando encontramos las trampas no te sorprendiste de verdad. Solo fingiste.
El silencio que siguió fue peor que los gritos.
Tomi se había quedado pálido. Leo tenía la mandíbula tan apretada que se le marcaban los músculos. Camila notó que sus propias manos temblaban otra vez.
Naiara habló despacio, como si midiera cada palabra.
—Mi tío desapareció en este bosque hace once años. Nunca lo encontraron. Por eso conozco las historias. Por eso sé que hay que respetar ciertas cosas. No porque sea una de ellos. Porque perdí a alguien igual que tú estás a punto de perder a Mateo.
Sofía abrió la boca y la cerró. Por un segundo pareció que iba a retroceder. Pero no lo hizo.
—Entonces por qué no lo dijiste desde el principio.
—Porque nadie cree esas historias hasta que le toca. Y porque no quería que me miraran como me estás mirando tú ahora.
Leo levantó una mano.
—Ya está. Suficiente. Nos quedamos juntos esta noche. Nadie se separa. Mañana, con la primera luz, volvemos a buscar a Mateo. Todos. Y si hay que quemar este maldito bosque para encontrarlo, se quema.
Nadie discutió.
Pero la tensión no se fue. Se quedó flotando entre ellos como el olor dulce que nunca terminaba de irse.
Empezaron a preparar lo poco que tenían. Leo revisó las linternas. Tomi intentó otra vez el teléfono de Mateo sin suerte. Camila se sentó en el tronco y sacó el llavero. La chapita de fútbol estaba rayada. La pasó entre los dedos una y otra vez.
El sol se escondió del todo.
La oscuridad bajó otra vez, espesa y completa. Encendieron una fogata más pequeña que la de la noche anterior. No querían llamar demasiado la atención, pero tampoco querían quedarse a ciegas.
Las horas se alargaron.
Hablaban poco. Cada uno miraba hacia un lado distinto del claro. Sofía y Naiara no se dirigieron la palabra. Se sentaban lo más lejos posible la una de la otra.
Fue Tomi el que lo vio primero.
Estaba de pie, cerca de la camioneta, intentando encontrar una barra de señal aunque ya sabía que no había. De pronto se quedó rígido.
—Ahí —dijo en voz muy baja.
Todos se giraron.
Entre los árboles, a unos treinta metros, había una figura.
No se movía.
Era alta. Más alta que cualquiera de ellos. La silueta se recortaba contra la oscuridad como si estuviera hecha de la misma sombra del bosque. No se le veían rasgos. Solo la forma. Ancha de hombros. Cabeza ligeramente inclinada, como si los observara.
Camila sintió que se le helaba la sangre.
Leo agarró la linterna más potente y la encendió. El haz de luz cortó la noche y apuntó directo hacia la figura.
No había nadie.
Solo árboles.
El haz se movió a izquierda y derecha. Nada.
—Lo vi —insistió Tomi. La voz le temblaba—. Estaba ahí. Os lo juro.
Sofía se levantó.
—Apaga esa luz. Nos está marcando.
Leo apagó la linterna. La oscuridad volvió de golpe, más negra que antes. Todos se quedaron quietos, escuchando. No se oía nada. Ni un crujido. Ni un paso. Solo el fuego pequeño crepitando y el corazón de cada uno golpeando en los oídos.
Camila apretó el llavero hasta que le dolió la mano.
La figura había estado ahí.
Lo había sentido.
Igual que la noche del auto. Igual que cuando Mateo desapareció.
Y por primera vez desde que llegó a Hollow Creek, entendió que la pelea entre ellos era exactamente lo que esa cosa, o esas personas, querían.
El grupo se había resquebrajado.
Y el bosque estaba escuchando.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo