Renata necesitaba dinero para proteger a su hermana menor, Julián necesitaba redimir a su familia, honrar la memoria del único hombre que creyó en él y salvar a la mujer de la que siempre estuvo enamorado en silencio.
La solución parecía sencilla, firmar un contrato, donde la única condición era no involucrar los sentimientos. Sin embargo, en un juego donde las deudas se saldan con caricias y el pasado esconde un fraude imperdonable, la única forma de sobrevivir al deseo será rompiendo sus propias reglas.
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Capítulo 2: El primer Golpe
Al terminar la ceremonia, Renata y Emma hicieron oídos sordos a los murmullos de los presentes, y subieron al auto familiar. Rodrigo las observaba alejarse con las manos dentro de los bolsillos, mientras una sonrisa oscura se dibujaba en su rostro.
—Te voy a quitar lo engreída, Renata Lozano —murmuró para sí mismo, dedicándole a la distancia una mirada cargada de lujuria.
A unos metros de allí, Julián caminó con paso firme en dirección a su propio vehículo, ajustó la correa de su reloj en un gesto apresurado, porque en poco tiempo daría comienzo una reunión decisiva con el principal competidor de su hermano.
Mientras tanto al otro lado de la ciudad, el pesado portón de la residencia Lozano se cerró tras el automóvil donde viajaban las hermanas.
Renata abrió la puerta, bajó del auto, y se detuvo un momento para contemplar la fachada, la casa era una edificación de arquitectura neoclásica ubicada en una de las zonas más exclusivas de la ciudad Capital, y en el pasado solía ser el epicentro de una intensa vida social.
Recordó a su madre una reconocida filántropa que llenaba los salones de arte y organizadores de subastas benéficas, y a su padre, cuyas constantes reuniones de negocios mantenían la propiedad iluminada hasta altas horas de la noche. Sin embargo, esa tarde de noviembre, lo único que habitaba esa imponente estructura era un enorme vacío.
Mientras mirada tanto en la sede principal de la corporación “A”, Julián esperaba en la imponente oficina del CEO, y frente a él se encontraba Francesco un hombre que rondaba sus cuarentas, elegante y de perspicaz.
Desde su graduación en la universidad, muy pocos en el círculo financiero conocían que Julián era el verdadero genio creador detrás de uno de los sistemas de seguridad informática más influyente del país; para el mundo, él solo era el hijo menor de los Benítez, de quien nadie esperaba absolutamente nada.
Francesco se reclinó en su sillón de piel, observándolo con una mezcla de fascinación y respeto.
—Cuando me dijeron que el CEO de R&J Security quería reunirse conmigo no lo podía creer—comentó Francesco, dejando ver una sonrisa intrigada— Y menos aún al enterarme de que se trataba de Julián Benítez.
Francesco entrelazó las manos sobre el escritorio de caoba y se inclinó hacia adelante, clavando una mirada inquisitiva en el joven ingeniero.
—Así que dime, Julián… ¿De qué quiere hablar exactamente el cerebro del sistema informático más codiciado de la Capital con el principal competidor de su familia? Porque dudo que hayas venido a venderme las acciones de tu exitosa startup.
Julián no pestañeó, y se acomodó las gafas de pasta sobre el puente de la nariz con lentitud, manteniendo una compostura que contrastaba con la tormenta de culpabilidad que lo carcomía por dentro.
—No vine a hablar de R&J Security—respondió Julián con voz firme y serena—Sino a ofrecerte una oportunidad de expansión estratégica: la adquisición del negocio de la familia Lozano.
Francesco arqueó una ceja, incapaz de ocultar su sorpresa.
—¿El negocio de los Lozano? —Francesco soltó una breve risa burlona, apoyando la espalda en su sillón—Por favor, Julián, todo el mundo en la Capital sabe del interés de su familia en esa firma quebrada, además de que con la muerte de la pareja Lozano, lo único que queda de ese negocio es deudas y activos congelados, es un barco hundido.
A pesar de sus palabras desalentadoras, Francesco sí estaba muy interesado en la compañía, sin embargo, sabía que rescatarla no solo implicaba una inversión millonaria, sino de una guerra abierta contra el clan Benítez.
—Un barco solo se hunde si no hay nadie dispuesto a tomar el timón —replicó Julián, luego sacó una carpeta de su maletín y la hizo deslizar sobre la madera—La decadencia de la empresa es solo superficial; sus patentes de distribución y la fidelidad de sus clientes históricos continúan intactas.
—Siendo honestos, Julián... no sé si quiero entrar en un conflicto directo con tu hermano —admitió Francesco, midiendo sus palabras.
—Rodrigo está moviendo influencias a través de testaferros para comprar la firma a un tercio de su valor real y absorber su mercado. ¿Sabes lo que pasará con Corporación «A» cuando eso ocurra? —cuestionó Julián.
Francesco, conocía perfectamente cuál era el riesgo para la corporación “A”, si la familia Benítez absorbía el negocio de los Lozano, el monopolio de Rodrigo asfixiaría a su compañía en cuestión de meses. Abrió la carpeta que le entregó Julián, escudriñando los números preliminares con un brillo de interés calculador en los ojos.
— ¿Y tú quieres que Corporación "A" se le adelante a tu propio hermano?
Julián asintió sin titubear, porque no quería que su hermano resultara ganador luego de todo lo que había hecho, y las vidas que habían sido arruinadas por sus ,maquinaciones, y ese pensamiento motivaban cada uno de sus movimientos.
—Quiero que la compres tú a un precio justo —corrigió Julián, sosteniéndole la mirada con absoluta frialdad—Y a cambio mi startup actuará como tu socio tecnológico silencioso en la reestructuración. Tú te quedas con la cuota de mercado que Rodrigo codicia, y yo me aseguro de que el patrimonio de la familia Lozano no termine en las manos equivocadas.
Francesco lo observó en silencio durante varios segundos, evaluando la frialdad ejecutiva en el rostro de Julián, y el rigor de una estrategia diseñada para ir a una guerra en contra de su propia sangre.
—Esta es una jugada arriesgada, Benítez... y personal. ¿Qué ganas tú salvando el nombre de los Lozano?
Bajo la mesa, Julián apretó los puños, por un instante, la imagen de Renata sola frente a la tumba de sus padres, sosteniendo a su hermana bajo una llovizna, se solapó con el recuerdo de don Eduardo: ese hombre noble cuya fe en él hizo posible el nacimiento de su startup cuando su propia familia le dio la espalda, a pesar de que contaba con abundantes recursos económicos.
—Digamos que es una deuda del pasado que pienso saldar —sentenció Julián, sin dar más explicaciones.
Francesco asintió y le extendió la mano, porque tener a un socio como R&J Security era la garantía que necesitaba para enfrentarse a Rodrigo sin poner en riesgo su patrimonio.
—Una última cosa, Francesco: nadie puede enterarse de este acuerdo.
—Por supuesto, Julián, este es un trato entre caballeros…—respondió Francesco con una sonrisa calculadora, cerrando el trato con un apretón de manos firmes.
Al salir de la imponente torre de la Corporación “A”, el aire helado de la tarde le golpeó el rostro de Julián, traía consigo la carpeta con los acuerdos firmados, esta había sido una jugada limpia, arriesgada y letal que tomaría por sorpresa a Rodrigo.
Apretó los dientes mientras caminaba a paso acelerado hacia su vehículo, quería proteger a Renata a toda costa y asegurarse de que tanto ella como su hermana tuvieran un salvavidas financiero, y también aliviar la culpa que llevaba en su pecho desde que descubrió lo que había hecho su propia sangre, pero, por encima de todo, necesitaba poner a Rodrigo en su lugar.
Durante años, su hermano mayor lo había relegado al papel de “segundo hijo”, el chico friki de las gafas que solo servía para estar tras un ordenador, Rodrigo había atado su libertad a un restrictivo fideicomiso familiar que apenas le otorgaba una renta mensual, mientras su hermano mayor se pavoneaba como un rey viviendo un vida de extremo lujo.
Su hermano creía que podía aplastar a cualquiera, arruinar familias enteras como la de Renata y quedarse con los despojos sin pagar las consecuencias, pero esta vez no lo permitiría.
Julián subió a su auto, arrojó los documentos en el asiento del copiloto y encendió el motor, y al ajustar el espejo retrovisor, se topó con su propio reflejo, y allí ya no estaba el muchacho inseguro y retraído del pasado.
Sonrió con satisfacción porque al arrebatarle la firma Lozano de las garras de su hermano, le estaba asestando a Rodrigo el primer golpe directo al corazón de su arrogancia.
—Esta vez no vas a ganar, Rodrigo—murmuró para sí mismo, acelerando en dirección a su empresa.