Él ahora será mi espada.
En su primera vida, Cassandra amó al hombre equivocado.
El príncipe heredero, su madrastra y su propia familia conspiraron contra ella hasta llevarla a una muerte cruel. Pero el destino le concedió una segunda oportunidad.
Al despertar diez años atrás, Cassandra recuerda perfectamente el día en que comenzó su desgracia.
Esta vez no elegirá al príncipe que la traicionará.
Cuando el emperador le ofrece escoger a su futuro esposo como recompensa por su salvar a un miembro de la familia real, Rosalind señala al hombre que todos temen: Balkan Trudeau, el Demonio de Moldavia, heredero de un reino de guerreros que cabalgan dragones.
Él es cruel. Ella es vengativa.
Él descubre que su nueva prometida esconde un corazón tan oscuro como el suyo.
Y Cassandra solo necesita una cosa de su futuro esposo:
Que sea su espada mientras ella cobra cada deuda pendiente.
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Los viejos tiempos
El príncipe heredero eligió el jardín de los naranjos para el encuentro. Por supuesto, pensó Cassandra al leer la nota. Un lugar con los testigos suficientes para que la corte los viera juntos, y los justos para que nadie oyera lo que se dijera. Edric entendía las reputaciones como un avaro entiende el oro.
Él la esperaba con la sonrisa pulida de siempre, la misma mirada confiada del banquete. La mirada de un hombre que todavía cree que es suyo.
—Cassandra. —Le tomó la mano antes de que ella pudiera ofrecerla—. Sabía que vendrías.
—Usted lo pidió, alteza.
—Y viniste. —Su pulgar acarició el dorso de la mano de ella, con la calma de un propietario—. Esta farsa con el bárbaro del norte ya ha durado bastante. Mi padre encontrará la forma de disolverla. Y entonces volveremos a lo nuestro. —Sonrió—. Tú y yo. Los viejos tiempos.
—Los viejos tiempos —repitió ella, con una dulzura que no le llegó a los ojos.
—Siempre fuiste mía, Cassandra. Desde antes de que supieras lo que significaba esa palabra.
Y alzó la otra mano, con la intención de acomodarle un mechón de cabello detrás de la oreja. Sus dedos rozaron el cuello de ella.
Cassandra no se apartó. Ni parpadeó. Solo miró esa mano.
—Sus manos están frías, alteza.
—Perdóname. El viento del jardín…
—La última vez que sostuvieron mi garganta —dijo ella, con el mismo tono con que se comenta el clima— estaban más calientes.
El silencio que siguió fue pequeño y privado, pero a Edric le sonó como una campana en medio de la noche. Su sonrisa no cayó: se agrietó.
—¿Qué…?
—Cuídelas mejor, alteza. —Cassandra retiró su mano, sin prisa—. Son lo único que le quedará cuando todo lo demás se haya ido.
Se inclinó en una reverencia perfecta y echó a andar por el sendero de naranjos.
Edric se quedó inmóvil entre las flores, diciéndose que era una metáfora. Una broma. Un capricho de mujer.
Pero esa noche, por primera vez en su vida, el príncipe heredero miró sus propias manos como si pertenecieran a otro.
Tres días después, la emperatriz recibió a la corte en el salón de las Grullas.
Cassandra encontró a Edric junto a las ventanas, y le susurró, con la voz de una confidente:
—Si de verdad cree que soy suya, dígalo hoy, delante de ella. La emperatriz respeta los viejos acuerdos. Lo apoyará.
Edric la miró. Y vio, o creyó ver, a la muchacha de siempre: la que dudaba, la que todavía podía volver a su lado.
La vieja es la tradición en persona, pensó. Defenderá la prerrogativa de la corona por encima del capricho de un bárbaro.
No supo que estaba aceptando una soga que ya tenía el nudo hecho.
Fue al final de la audiencia, con el salón entero de pie, cuando el príncipe heredero alzó la voz, cortés y envenenada:
—Abuela. Antes de que la corte se retire, debo hablar por el honor de la corona. El compromiso de la hija de un conde con el Príncipe de Moldavia es un agravio a nuestra dignidad. Esa muchacha estuvo prometida a la casa real en todo menos en escritura. Y el capricho de un bárbaro no puede pesar más que la palabra de la corona.
El salón enmudeció.
La emperatriz, que no se había levantado ante nadie en cincuenta años salvo una vez, se puso de pie por segunda.
—¿Estás diciendo —preguntó, con una calma que heló el aire— que el rey se equivocó?
—Estoy diciendo que la palabra de la corona debe pesar más que el capricho de un bárbaro.
—Bárbaro. —La emperatriz saboreó la palabra como quien escupe algo podrido—. El huésped de honor de tu padre. El hombre al que tu padre concedió un matrimonio delante de trescientos nobles. —Bajó un escalón del estrado—. Los acuerdos que yo respeto, nieto, son los que se sellan con sangre. Esta muchacha sangró por esta casa. Tú solo le has sonreído.
Bajó otro escalón.
—Arrodíllate, príncipe. Y pide disculpas a la invitada de la corona.
Edric buscó a su padre con los ojos. El rey miró hacia otro lado. Buscó a la corte. La corte ya lo estaba mirando: al heredero perfecto, al de la sonrisa pulida, con las rodillas doblando sobre el mármol, delante de todos.
Al fondo del salón, con una copa que no bebía, el Demonio de Moldavia observaba la escena con el interés de un hombre que asiste al teatro.
Bajo sus ojos, las vetas carmesí latieron, divertidas.
Esa noche, en los salones de la capital, nadie habló de otra cosa. El heredero está celoso del demonio, decían. El heredero se arrodilló como un paje.
Su brillo, el que Cassandra había prometido apagar, se había agrietado en público.
En el corredor de las antorchas, Edric la alcanzó.
—Tú lo preparaste.
—Yo solo abrí la puerta —Cassandra se acomodó los guantes, sin prisa—. Usted entró solo.
—Ella nunca habría…
—Ella odia a los mentirosos, alteza. Y usted lleva años mintiéndole a esta corte. —Se acercó un paso—. Yo solo le dije la verdad.
Pasó junto a él. Y entonces, en una voz tan baja que solo existió para los dos, dejó caer la última piedra:
—Nunca debiste creer que te amaba.
Edric no se movió. No respiró.
Porque esas palabras —no sabía por qué— le sonaron a memoria. A una frase dicha en un sueño que no recordaba haber soñado. A una sentencia que él había pronunciado en alguna parte, en algún momento, con una mujer muriendo entre sus manos.
Miró sus manos otra vez.
Y por primera vez en su vida, el príncipe heredero de Solaria tuvo miedo de una muchacha que sonreía.
Esa misma noche, en la residencia asignada a la prometida del demonio, Balkan limpiaba su daga con el paño negro.
—El heredero se arrodilló —dijo, sin alzar la vista— y tú ni siquiera levantaste la voz.
—Yo nunca toco, alteza. Ya lo sabe.
Balkan sonrió. Las vetas brillaron.
—Cada vez que creo que he visto tu tablero completo…
—Mueves una pieza que no existía —terminó ella, sirviéndose vino sin pedir permiso—. Lo sé. Ya me lo dijiste.
—¿Y qué ves cuando me miras a mí?
—Un hombre que disfruta viendo caer a los príncipes.
—Solo a los que se lo merecen. —Balkan dejó la daga sobre el paño—. ¿Cuál fue la pieza que no vi esta vez?
—Ninguna. —Cassandra bebió un sorbo, serena—. La pieza fue él. Su arrogancia. Yo solo le recordé que existía.
Mientras tanto, en la capital, dos cosas ocurrieron antes del alba.
El príncipe heredero, que no pudo dormir, envió a tres espías al sur, con una orden escrita de su puño y letra: averiguad todo lo que ocurrió el año en que esa muchacha salvó a la emperatriz. Todo.
Y en la mansión del conde, un mensajero de la casa de Vireo entregó un pliego sellado: ocho mil oros, a fin de mes, con intereses. El conde lo leyó dos veces y sintió que el suelo se abría bajo sus zapatos.
Lady Elara, desde la puerta del almacén, miraba los cofres vacíos con los ojos brillantes.
—Siempre hay algo que se puede vender —dijo.
Cassandra, en su residencia, no necesitaba verlo para saberlo. Ya lo sabía. En su otra vida había sido un cuadro imperial. En esta, sería otra cosa.
Daba igual.
La cuerda era la misma.