Luego de descubrir una cruel traición y caer en un profundo coma en su mundo, transmigró al cuerpo de una sirvienta en el reino del Rey Lycan.
Ella sólo quiere entender como ha llegado a ese lugar, y él no está dispuesto a dejarla ir.
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Capítulo 15
El Gran Salón era un espectáculo monumental de decadencia y salvajismo. Enormes lámparas de araña hechas con astas de ciervo y forjadas en hierro iluminaban las largas mesas de roble, abarrotadas con jabalíes asados, jarras de hidromiel espumosa y cálices de plata. El murmullo de docenas de guerreros, nobles y enviados de las manadas del Norte y del Este resonaba contra los techos abovedados de piedra.
Alana caminaba tres pasos por detrás de Azrael, sosteniendo la pesada jarra de vino con ambas manos. A medida que avanzaban hacia la mesa presidencial, los susurros a su paso se volvieron sofocantes. Las miradas de los Alfas visitantes se clavaban en ella con una mezcla de codicia y desconcierto; su falta de olor a manada la volvía una presa extraña, una anomalía en un salón dominado por fieras.
Azrael ocupó el trono de piedra y pieles en la cabecera de la mesa principal. Alana se colocó de inmediato a su derecha, manteniendo la postura erguida y la vista fija en el metal de la jarra, tal como le habían advertido.
De repente, los trompeteros de la guardia real anunciaron a los invitados de honor.
—¡Presentando a la Delegación del Este! ¡El Alfa Kenneth y la Princesa Sara de la Manada del Sol Naciente! —retumbó la voz del heraldo en el salón.
Las grandes puertas de roble se abrieron de par en par. Un grupo de guerreros vestidos con armaduras doradas e intrincadas entró al salón, escoltando a una mujer.
Alana no pudo evitar alzar ligeramente la vista. La Princesa Sara era la definición misma de la elegancia regia. Llevaba un vestido de seda blanca con bordados de plata que se ceñía a su figura perfecta. Su cabello, de un rubio platinado casi iridiscente, caía en ondas impecables sobre su espalda, y sus ojos verdes rasgados brillaban con una astucia refinada.
Sara caminó con gracia hacia la mesa real, ignorando a la multitud. Sin embargo, en cuanto sus ojos se cruzaron con los de Azrael, su expresión dura se suavizó en una sonrisa cargada de nostalgia y una intimidad compartida que no necesitaba palabras.
—Azrael —saludó la princesa con una voz melodiosa como el cristal, inclinando la cabeza solo un milímetro antes de subir los tres escalones del estrado—. Ha pasado demasiado tiempo desde la última vez que compartimos mesa.
El Rey Alfa se puso de pie. Por primera vez en toda la noche, Alana notó que la rigidez de la mandíbula de Azrael se relajaba un punto casi imperceptible.
—Sara —respondió él con una voz grave, aceptando la mano que la princesa le extendía para rozar sus nudillos con cortesía formal—. Te ves tan implacable como siempre.
—Una necesidad en estos tiempos de guerra —contestó Sara, sentándose en el puesto de honor situado justo a la izquierda del Rey.
Fue en ese momento cuando la mirada verde de la princesa se desviará hacia la derecha de Azrael, posándose directamente sobre Alana y la jarra de plata que sostenía entre las manos. Sara arrugó la nariz con una sutileza impecable, como si hubiera detectado un aroma fuera de lugar.
—Vaya —musitó la princesa, ladeando la cabeza mientras examinaba a Alana de arriba abajo con un desdén sumamente elegante—. Veo que has cambiado al personal de tus aposentos, Azrael. No sabía que ahora permitías que simples humanas sin marca te sirvieran el vino.
Azrael tomó su cáliz y miró de reojo a Alana antes de responder, disfrutando en secreto de la tensión que acababa de instalarse en la mesa.
—Es una nueva adquisición, Sara —dijo el Alfa con tono desinteresado, aunque la sombra de sus ojos azules brilló con peligro—. Una sirvienta particular... que aún está aprendiendo cuáles son los límites de este castillo.
Sara apoyó el codo sobre la mesa y reclinó el rostro sobre la palma de su mano, dejando que su pulsera de diamantes de luna destellara bajo la luz de los candelabros. Miró a Alana con una sonrisa ladina y condescendiente, de esas que no buscan ser amables, sino recordar exactamente quién está arriba y quién abajo en la cadena alimenticia.
—Si está aprendiendo, entonces supongo que no le importará demostrar sus habilidades —dijo la princesa, señalando su cáliz vacío de cristal tallado—. Sírveme a mí primero, humana. Tengo la garganta seca tras el viaje desde el Este. Y ten cuidado con tus manos torpes; la seda de mi vestido vale más de lo que tú podrías pagar en diez vidas de servidumbre.
Alana apretó los dedos contra el asa helada de la jarra. Podía sentir la mirada de todo el estrado sobre ella: la diversión fría de Sara, el murmullo de los nobles cercanos y, sobre todo, la presencia abrasadora de Azrael a su lado, quien observaba la escena en absoluto silencio, analizando cómo reaccionaría su nueva criada.
Sin inclinar la cabeza ni bajar la vista, Alana dio dos pasos hacia la izquierda, rodeando la silla de Azrael hasta quedar junto al puesto de la princesa.
Se inclinó ligeramente con elegancia calculada y comenzó a verter el vino tinto en el cristal. El hilo de líquido oscuro cayó de manera fluida y precisa, deteniéndose a exactamente un dedo del borde, sin salpicar una sola gota.
—Aqui tiene, su alteza — dijo Alana en tono sereno, remarcando las palabras con una cortesía tan impecable que bordeaba el sarcasmo—. Espero que la cosecha sea de su agrado. En este castillo nos aseguramos de que incluso las visitas más... exigentes... reciban exactamente lo que merecen.
Sara borró la sonrisa de inmediato. Sus ojos verdes se entrecerraron con ferocidad. La humana no solo no había temblado, sino que la había mirado directo a los ojos al responder, una falta de respeto inaudita para una simple sirvienta ante una Princesa Luna.
—Qué boca tan suelta para una criatura tan frágil —siseó Sara, alzando la mano hacia el cáliz. De manera "accidental", la princesa rozó bruscamente el brazo de Alana, provocando que la jarra tropezara contra el borde de la mesa y un chorro de vino cayera directamente sobre el tapiz del suelo.
—¡Fíjate lo que haces, torpe! —exclamó Sara en voz alta para llamar la atención del salón, poniéndose de pie con dramatismo—. ¡Casi arruinas mi vestido! Azrael, tu sirvienta es un peligro. Exijo que la disculpes de la mesa y la mandes a castigar por su torpeza.
El Gran Salón guardó silencio. Todos los ojos se posaron en el Rey Alfa.
Azrael recostó la espalda contra su trono de piedra y miró el pozo de vino en el suelo, para luego fijar sus ojos azules en Sara. La sombra de una sonrisa peligrosa cruzó su rostro.
—Sara, querida —dijo el Rey con una voz grave que hizo vibrar el aire del estrado—. Alana sirvió el vino con perfecta precisión. Fuiste tú quien movió el brazo. Y en mi mesa, nadie exige castigos para mi personal salvo yo.
Sara se congeló, con las mejillas ardiendo por el desaire público del hombre al que alguna vez consideró suyo. Miró a Alana con un odio puro y apenas disimulado antes de volver a sentarse bruscamente.
Alana sostuvo la mirada de la princesa un segundo más antes de dar un paso atrás para volver al costado de Azrael, sintiendo por primera vez en toda la noche que el Rey no la había utilizado como un peón, sino que había marcado su territorio frente a su antiguo amor.